sábado, enero 10

La democracia en peligro, un artículo de Daniel Keller

La democracia en peligro

Miércoles por la tarde, al igual que sucede en todas las ciudades de Francia, un grave silencio se adueña de la Plaza de la República, en París, donde decenas de miles de hombres y mujeres se concentraron espontaneamente para decir que  la barbarie jamás tendría la última palabra. En un momento en el que resulta preocupante la fragementación de la sociedad, la unidad puesta de manifiesto ante una prueba tan doloros muestra que el compromiso democrático no es una palabra vacía y que los ciudadanos no están dispuestos a renunciar a sus derechos.
Es la democracia la que se ha visto amenzada desde el mismo momento en que se ha atacado a una de sus libertades fundamentales, a saber, la libertad de prensa. Es algo que cobra aun más sentido al referirnos a la caricatura, pues no existe ningún tipo de límite al derecho a la risa. Por su poder corrosivo, la acción del caricaturista hace que la democracia pase a ser el objeto del que quieren vengarse todos los fanatismos, para los que admitir que uno pueda reirse no deja de ser una forma de herejía. Pero el caricaturista no es el nuevo impío de los tiempos modernos, por el contrario es la encarnación última de una libertad en cuyo nombre ninguna norma, ninguna creencia, son son a priori intocables.
La democracia es igualmente hija de un humanismo opuesto a la barbarie que ensangrienta de ciegamente numerosos países del globo. En un tiempo en el que el genio humano permite vislumbrar la conquista del planeta Marte, ¿cómo no sentir un escalofrío ante una barbarie de otra época que sigue llamando a nuestra puerta?
Estaríamos olvidando que el fanatismo es una constante en la historia de la humanidad, se trate ya de los carniceros de la Inquisición, de la barbarie nazi o del terrorismo que noos golpea en nuestros días. Este fanatismo impone una nueva forma de guerra, sin cara, sin campo de batalla. Se podrá vencer a esta barbarie de rostro inhumano mediante al reafirmación intangible de nuestros propios principios, rechazando ceder al dictado de la violencia, y merced a la capacidad intratable del lápiz para desafiar los cánones establecidos.
También se trata de mostrar que la civilización de los derechos humanos y las libertades se haya en condiciones de vencer a sus enemigos, merced a la dimensión emancipadora que la sustenta y a la diversidad de derechos que promueve, a condición no obstante de renunciar al síndrome del odio. Sólo una sociedad unida y que crea en su propio futuro será capaz de hacer retroceder al terrorismo.
En un momento en el que ese terrorismo instrumentaliza la religión, nada sería peor que ceder a la tentación de amalgamar, apuntar cabezas de turco, o confundir la parte con el todo. Por contra, ante el clima de confrontación al que pueden llevarnos tales actos, es tiempo de recordar que la organización laica de nuestra sociedad es la única capaz de preservar el indispensable clima de concordia del que la República necesita para enterrar el terrorismo. En estas condiciones, el vivir juntos no podría basarse nunca en la reivindicación de una multitud de militancias confesionales. Bien al contrario, ha llegado el momento de entender la necesidad de hacer prueba de moderación. Si esto no sucede, serán los terroristas los que ganarán la guerra sucia que nos han declarado.
No olvidemos que los miembros de Charlie Hebdo, a los que no hace mucho y en nuestro propio suelo se quiso procesar por un delito de blasfemia, son soldados caídos en el campo de honor de la libertad, sirviéndose como únicas armas de su lápiz y su libertad de pensamiento.


Reproducimos este artículo para su libre difusión en la red, a partir de la traducción que del mismo hemos hecho al castellano. La fuente original en francés pueden consultarse en el diario digital Mediapart

La fotografía que ilustra este post procede del Blog La Lumière, de François Koch.