viernes, febrero 8

El sueño al que me agarro


Hace ya muchos días, en medio del lejano verano, alguien muy cercano a mí dejaba escrita esta reflexión: "Entré en masoneria porque tenía fe y esperanza, esperanza de poder ser mejor persona y fe en que podíamos construir una sociedad mejor. A este sueño me agarro..." Mi primera reacción -inevitable- fue una sonrisa cómplice, pues me identifico con la conviccion expresada en esas dos líneas. Pero seguidamente surgió inevitable una pregunta: ¿buscamos todos los mismo cuando ingresamos en la masonería? Lo que he vivido hasta la fecha -y supongo que algo parecido le sucederá a muchas personas- me lleva a contestar que no. Es indudable que la masonería tiene una cierta "vis atractiva" que resulta poderosa e inevitable para egos inconmensurables. De un día para otro surgen especialistas de todo tipo que, en vez de ilustrarte, te arrojan su saber -que no el saber- a la cara. Buscan en la masonería cosas ajenas a ella y muy diferentes de los anhelos de mejora que enunciaba la sentencia que abre en cursiva esta nota de hoy.
A lo largo de este lento recorrido que emprendí en 1994 creo que he aprendido algunas cosas -o me las han enseñado-: Una de ellas consiste en saber relativizar. Aunque, todo hay que decirlo, no sé si eso es del todo bueno a la larga (se verá). Porque esa actitud me llevó a concluir entre otras cosas y tras escuchar algunas posiciones que, ni todos los jóvenes son intelegientes, ni todos los viejos respetables... He ahí el valor de relativizar y considerar las sentencias y pensamientos por su propio peso e importancia, y no tanto por la supuesta calidad masónica de quien oficia en logia -o en cualquier otra parte- en un determinado momento.
Pero hay veces que se genera confusión sobre algunos aspectos: Hay quien piensa que la fraternidad consiste en soportar estóicamente -muy al modo de poner la otra mejilla- todo tipo de humillaciones, sin rechistar. Hay quien sigue atribuyendo jerarquía al color de los mandiles o al tiempo de permanencia en un taller -el plus de antigüedad como ley natural-. Y hay quien piensa que el comportamiento fraternal consiste en un permanente pasamanos cargado de adulación. Del mismo modo hay quien concibe la logia como un  espacio idílico per se, donde la conflictividad humana no existe. Aunque peor es la situación que se da cuando se confunde el espacio de debate que ha de ser un taller con un campo de batalla -campal, por cierto, las más de las veces-.
Sin embargo la conflictividad sí existe. Lo importante es saber cómo gestionarla, pues la logia es una obra humana y como tal, frágil y perecedera.
El ideal de fraternidad se articula sobre algunos ejes: sinceridad, seriedad y respeto. Pero se olvida habitualmente que estos trazos maestros no sólo se han de proyectar en nuestra relación con los demás. Hemos de ser serios, sinceros y respetuosos en primer lugar con nosotros mismos. Tan perverso es para la fraternidad agredir como consentir la agresión, a nosotros o a los demás. Es indudable que entrar en una logia no implica acceder a un remanso de paz inalterable. Pero ese ha de ser el anhelo y somos responsables cuando contribuímos a que el clima que se respira en un taller sea un infierno. Porque en efecto puede ser eso. Puede ser un auténtico infierno. Todo depende de cómo hagamos las cosas. Todo depende de qué hagamos cada uno de nosotros para que la cuerda no se tense hasta romper. Todo depende de que comprendamos que la imperfección es una realidad, que existe, que se puede sentir y hasta saborear; que de ella puede derivarse una lesión sobre el patrimonio personal propio o ajeno. Somos imperfectos porque con nuestros actos o con nuestras omisiones podemos provocar dolor. Dolor inmediato. O dolor a largo plazo. En nosotros mismos o en los que nos acompañan.
Sigo conservando la confianza y la esperanza como el primer día. Comparto la misma idea que leía en el mes de julio, expresada con tanta franqueza como sencillez. Y pienso que al referirme a la vida en logia, a la experiencia masónica, lo importante es saber que entramos en un espacio en el que hemos de ser conscientes de que "el deber ser" radica en que el daño -propio o ajeno- no debe existir; en que antes que resaltar el defecto ajeno hemos de prestar atención al propio que, por otro lado, es el único que nos ha de interesar. ¿Cómo? desde el ideal de igualdad, la prudente expresión libre -propia y ajena- que permiten, a partir de la reflexión, moldear nuestro propio ser. Nadie nos ha de moldear... A nadie hemos de moldear... A este sueño me agarro yo también para construir una sociedad mejor.

Dedicado a quien emitió el pensamiento que me ha dado pie para escribir este apunte, que vive un momento intenso y especial que también comparto, y que ha entendido a la perfección "todo".

*Fotografía realizada por el autor del blog.

1 comentario:

Anónimo dijo...

sinceridad, seriedad y respeto.Lobolarssen