miércoles, mayo 9

Una semana fuera de casa: Breve cuaderno de viaje



Llego de nuevo a mi casa tras pasar una semana fuera de ella. Llego y una vez más escribo. Primero me entero de lo que ha sucedido durante mi ausencia y proceso la información. Luego rememoro toda la experiencia vivida: Han sido varios días en París en compañía de buenos amigos con los que comparto la activa militancia en mi Logia y en el Gran Oriente de Francia.
Al llegar veo en primer lugar que pocas cosas han cambiado: En el más profano de los sentidos, Asturias sigue desgobernada; y el país todo entero cabalga sin rumbo fijo en medio de una vorágine de signos negativos que se ciernen por todos los frentes. También en el más profano de los sentidos sigo percibiendo que la sandez y el disparate asoman sin pudor por mi tierra. Pero así es y así seguirá siendo en todas las tierras del mundo, pues es una fatídica ley universal aquella que proclama que de donde no hay no se puede sacar.
Durante estos días de ausencia he tenido tiempo para acercarme hasta el Muro de los Federados, en el parisino cementerio de Père Lachaise, donde se levanta el paredón ante el que cayeron los Mártires de la Comuna. He tenido tiempo también para visitar el Museo de la Masonería, ubicado en los bajos de la sede del Gran Oriente de Francia, y en cuya fachada se anuncian nada menos que tres siglos de humanismo e historia. He podido ver las más antiguas Cámaras de Reflexión y los más hermosos templos: Roëttiers de Montaleau, Lafayette o Joannis Corneloup. Curiosamente pisaba este último taller pocos días después de haber recordado aquí la película "Forces Ocultes", y me encontraba, al ver sus paredes, con los decorados que Jean Marquès-Rivière -el orientalista fracasado que dejó la masonería para colaborar con los nazis- utilizó en 1942. He podido admirar el trabajo de Olivia Chaumont, gran conocedora del patrimonio arquitectural masónico y responsable de la decoración y configuración de dos nuevos talleres en los que la lectura simbólica termina haciéndose con todo el bagaje que llevamos dentro.
Los paseos me permitieron recorrer rue Cadet de arriba abajo. Vi los puestos de aparentes anticuarios que siempre tienen la reproducción de cerámica masónica a punto para ser vendida al mejor precio. Sufrí -sufrimos- la prueba iniciática del entrecôte XXL en el "Royal Cadet", en compañía de los buenos amigos que se desvelan para que ese Museo de la Francmasonería siga siendo una referencia cultural de primer orden. Y pude ver con mis propios ojos la exposición dedicada a la obra de Hugo Pratt, que recomiendo de nuevo desde esta página a quienes tengan la suerte de visitar la ciudad de las Luces.
No es la primera vez que entro en la sede de rue Cadet. Estuve hace muchos años perdiéndome por los pasillos; creo que en el 2005 en una Conferencia de Congresos, coincidiendo con la dimisión de quien entonces era Gran Maestro; y en el 2008, con ocasión de una tenida especial organizada por las Logias de la Región de París en presencia de Jean Michel Quillardet, que entonces estaba al frente de la Obediencia. De aquel viaje recuerdo su carácter "relámpago". Era el tiempo de la "mixité" y se fraguaban los pasos para propiciar el cambio. Entendí que por coherencia y responsabilidad tenía que estar allí: Llegué, me bajé del avión, fui hasta el Hôtel Cadet, y me volví a mi casa a la mañana siguiente. Sin embargo en esta ocasión la visita ha sido especial como ninguna otra antes. Creo que la delegación de la que formé parte tuvo el privilegio de ver rue Cadet de un modo muy particular, acompañados por los mejores amigos, ésos que creen en el "humanismo de combate" y no se cansan nunca de perseguir utopías a medida que estas van huyendo, siguiendo veloces el curso de la historia.
Hay otras cosas que también será imposible olvidar: la imagen del pequeño estandarte de la Logia Rosario Acuña agitándose entre las innumerables insignias de tantos talleres masónicos; encontrarnos después, en medio de aquella multitud, con una bandera republicana que quizá atesore ya su propia historia de recuerdos y emociones, y que esa mañana heredó el mástil que tan trabajaosamente nos procuramos en una pequeña ferretería de las proximidades de la Place des Victoires; participar en una Tenida muy especial en el inmenso y restaurado Templo Groussier bajo la atenta e inmensa mirada de la Mariana de Jacques France...
Son todas estas unas notas no tan apuradas como someras. En ellas sólo he pretendido dibujar a muy grandes rasgos el paisaje visual y emotivo que he podido presenciar o percibir estos días pues, como muchas veces he escrito, cuando hablamos de masonería lo hacemos acerca de una vivencia; una experiencia personal, íntima... Cuando hablamos o escribimos sobre masonería lo hacemos sobre un sentimiento -ése es al menos mi caso-, y una mínima y ligerísima partícula de ese sentimiento es lo que he intentado transmitir con este particular y desordenado cuaderno de viaje. Al menos es original.