martes, septiembre 27

Logia Rosario Acuña: Punto de partida

Composición de J.M.H. Reproducción autorizada por el autor.

Hace nada, cuatro días, la Logia a la que pertenezco reanudaba su andadura interrumpida por el paréntesis veraniego y vacacional. Es constumbre -y mecánica habitual de funcionamiento de los talleres masónicos- que en ese momento de reinicio de la actividad tomen posesión de sus cargos los miembros de la Logia elegidos para dirigirla. Para las personas ajenas a la masonería que leen este blog, se trata de algo muy similar a la incorporación a la junta directiva de una asociación de los nuevos cargos electos, si bien en nuestro caso, el acto en sí viene revestido de una serie de formalidades que son al tiempo una característica identitaria de la institución, y una muestra más del lazo que la une a sus orígenes, perdidos en los albores del siglo XVIII, reproduciendo una ceremonia heredada de quien nos precedió en el recorrido del mismo camino.

La página web de la Logia Rosario Acuña, dejando a un lado en esta ocasión el mero anuncio protocolario del inicio del año masónico, reproduce el discurso de instalación del que, en un lenguaje asequible para todo lector, deberíamos calificar como el presidente de la asociación. Se trata de una reflexión interesante y de cierto recorrido, en la que uno puede reencontrarse con algunos elementos que han sido el hilo intelectual que en esta materia -y también en otras- nos ha guiado a muchos, al poner el acento en los peligros que surgen de una cultura "cortoplacista" que premia el éxito y no el trabajo; en unos modos de hacer ajenos al pensamiento enunciado hace tanto por Kavafis en un célebre poema, esto es, modos que desprecian el "viaje" vital en sí y que sólo tienen ojos para la llegada a puerto; en un sistema convivencial que tiene pavor al fracaso y en el que, como consecuencia, los individuos que lo integran se instalan en dos comportamientos paralelos y nefastos: la inactividad (provocada por el miedo al fracaso mismo) y la crítica fácil, continuada, desmedida e improductiva con la que se disfraza la esclerosis propia.

Reproduzco aquí un discurso que me ha gustado como pocos, contando con la enorme fortuna de conocer a su autor y compartir desde hace muchos años buena parte del mismo germen intelectual, algo que me ha permitido reconocer sin mucha complicación los puntos clave fijados por unas palabras que, en mi modesta opinión, bien puede ser asimiladas como uno de esos pequeños textos fundamentales que sirven de punto de partida de una sólida reflexión, útil para quien la haga, ajena a todo exhibicionismo y exenta de reproches formulados a título gratuíto. Como siempre, muy buena lectura.

............................................

Discurso de Instalación del V.·.M.·. de la R.·.L.·. Rosario de Acuña al Oriente de Gijón.

22 de septiembre de 6011.

Queridos Hermanos y Hermanas:

La sociedad actual se enfrenta a grandes amenazas y a grandes retos. Nos encontramos ante un momento histórico crítico, un momento salpicado de grandes riesgos para el mantenimiento del bienestar de nuestras sociedades. Probablemente no nos hemos enfrentado a retos similares desde el final de la segunda gran guerra.

Durante los últimos años hemos pensando que nos enfrentábamos a una gran crisis económica que provocaba unos efectos dramáticos en el estado de bienestar. Este planteamiento encerraba una visión cortoplacista al entender que era una contingencia puntual y limitada en el tiempo. En definitiva, era un momento de recesión económica que nos afectaría, pero teníamos la seguridad absoluta que llegaría un momento en que la economía volvería a crecer, y con ello nuestro nivel de vida se recuperaría.

Pero la economía no parece recuperarse… Y ya se oyen voces que apuntan a una nueva recesión. ¿Y si nos equivocamos en el análisis?¿Y si no nos estamos enfrentando a una crisis económica fuerte pero limitada temporalmente? ¿y si nos encontramos ante el fin de un determinado modelo económico? ¿y si nos encontramos ante el fracaso de un determinado modelo de desarrollo social?

Cuando observamos las respuestas que como sociedad hemos dado a la actual crisis observamos que se basan esencialmente en repetir las mismas fórmulas una y otra vez. Incluso en plantear las mismas medidas que fueron las causantes de la actual crisis. Buscamos las respuestas a los problemas en el modelo imperante, pero ¿y si nos encontramos ante el fracaso del modelo…? ¿Hallaremos en él las soluciones?

Quizás nos estemos encontrando ante una crisis que lo que refleja es algo más profundo que una simple recesión económica, una verdadera crisis de valores en nuestra sociedad.

Quizás hemos construido una sociedad donde el crecimiento económico, el PIB, en definitiva el poder económico, la riqueza y la capacidad adquisitiva se han transformado en los indicadores de desarrollo de una sociedad, y una medida indirecta del grado de bienestar de los ciudadanos. Y donde los valores de justicia social, de equidad en el reparto de los recursos, han sido progresivamente abandonados.

Quizás hemos construido una sociedad donde el valor en alza es querer tener cada vez más; una sociedad marcada por la búsqueda insaciable de más recursos y por el consumo irrefrenable como modelo de desarrollo; olvidándonos del desarrollo equilibrado de todas las sociedades e individuos que habitan el planeta y condenando con ello a naciones enteras a malvivir de los despojos que les arrojamos.

Quizás hemos construido una sociedad donde los valores imperantes tienen que ver con el individualismo egoísta, donde lo único importante es el "yo mismo"; y donde el otro no existe, o existe sólo en función de la capacidad que tiene para satisfacer nuestras propias necesidades y deseos. La importancia de la comunidad frente al individuo ha pasado a mejor vida y la solidaridad como elemento estabilizador de las sociedades también.

Quizás hemos construido una sociedad marcada por un modelo productivo que, en la loca carrera de buscar el enriquecimiento rápido ha adquirido como valores preponderantes la especulación sobre valores intangibles, y ha puesto el énfasis en el dinero como si fuese un “producto final” de nuestra sociedad; abandonando anteriores concepciones del mundo artesanal, donde el valor lo ostentaban los objetos que se elaboraban y fabricaban, las construcciones que se realizaban, en definitiva en objetos tangibles con valor intrínseco y no por lo que representan. En estas sociedades se valoraba la habilidad manual, las cosas bien acabadas, la calidad de los materiales, y el dinero era algo que facilitaba el intercambio mercantil, pero no era el objeto de producción en sí mismo.

Quizás hemos construido una sociedad donde sólo hay un objetivo legítimo, la consecución del éxito. Una sociedad que no tolera el fracaso. Una sociedad que no valora el caminar, el avanzar sino el llegar a la meta. Donde no valora como interesante el aprendizaje que adquirimos con el viaje vital, sino que lo único verdaderamente importante es la meta, el éxito. Esta fijación con el éxito ha generado como respuesta reactiva, el miedo al fracaso. Ese miedo al fracaso nos lleva a huir de la toma de decisiones por el miedo a equivocarnos, a preferir delegar la responsabilidad y dejar que otros tomen nuestras decisiones. Si no tomamos decisiones no podemos equivocarnos, y al no equivocarnos no podemos fracasar. Pero invadidos por ese miedo cedemos nuestra voluntad, y con ella nuestra libertad; y nos anclamos en el cómodo sillón de la crítica constante, así nos convertimos en espectadores de nuestra propia vida. Así hemos cedido nuestra voluntad a gobiernos y a mercados, que son los que toman nuestras decisiones.

Quizás hemos construido una sociedad marcada por la incansable búsqueda del placer inmediato; una sociedad marcada por la impaciencia y por la necesidad de disponer de estímulos que cambien continuamente. Una sociedad marcada por la continúa generación de necesidades, y consecuentemente la génesis de una insatisfacción permanente, para cuya resolución precisa la búsqueda de nuevos estímulos, generando un bucle eterno.

Quizás seamos una sociedad de consumo rápido, donde el tiempo no se disfruta sino que se pierde, una sociedad donde la serena reflexión no tiene cabida sino que la impulsividad es el modelo de reacción imperante.

Quizás nos encontramos ante una crisis cuya solución no es ahondar más en los valores que la han causado, sino construir una sociedad basada en otros valores.

Queridos hermanos y hermanas, creo que nos encontramos en un momento clave. La Masonería aspira a construir una sociedad donde los valores imperantes se basen en el reconocimiento de la sociedad, donde la comunidad sea lo importante y donde el bien general se imponga al individual. La Masonería pretende lograr una sociedad marcada por los principios de tolerancia mutua y del respeto a los otros desarrollando un clima de fraternidad universal. Una sociedad que reivindique la libertad y con ella la responsabilidad en la construcción de la propia vida y de la sociedad universal.

La Masonería pone el énfasis en lo que somos cada uno de nosotros y en nuestra mejora intelectual y moral; y no en lo que tenemos, o en lo que poseemos.

La reflexión propia y colectiva se configuran como herramientas necesarias en un momento donde debemos construir un nuevo modelo social, debemos huir de la reactividad impulsiva que nos invade en el mundo profano.

El diálogo sincero y honesto desde el respeto profundo a cualquier interlocutor se vislumbra como una herramienta esencial para crear un espacio público de entendimiento que pueda dar como resultado un sociedad tolerante, que respete a las minorías y mantenga el respeto a la igualdad y la libertad de los ciudadanos, alejándonos de sociedades basadas en dogmas excluyentes y estigmatizantes.

Queridos hermanos y hermanas es momento de seguir trabajando y de estar muy atentos a las amenazas que nos acechan, evitando traer al Taller la crispación, la intolerancia, la impulsividad irreflexiva, el individualismo alienante, y la comodidad de instalarnos en la crítica destructiva en lugar de aportar elementos a la construcción de la Logia sin miedo al fracaso sino con la ilusión de contribuir al proyecto colectivo.

Es el momento, en que debemos trasladar los valores e ideales masónicos al mundo profano ya que constituyen una herramienta útil para la construcción de un nuevo modelo social.

Queridos hermanos y hermanas es el momento de que cada uno de nosotros y nosotras reflexione desde la sinceridad con uno mismo, qué es lo que estamos haciendo para contribuir a construir no sólo nuestro Taller, sino esa sociedad tan deseada.

Intentando dar continuidad al trabajo masónico, y al igual que el Gran Maestro citó un párrafo de “La Montaña Mágica”, de Thomas Mann, en su discurso de instalación, yo deseo hacer lo mismo y citar de nuevo un fragmento de esa gran obra literaria y que espero nos invite a la reflexión… “El hombre no vive únicamente su vida personal como individuo, sino que también consciente o inconscientemente, participa de la de su época y de la de sus contemporáneos.”

Hermanos y hermanas construir un nuevo modelo social es una ardua tarea que no permite reposo. Debemos ser conscientes que la situación actual nos invita a participar, y creo que no podemos ni debemos eludir esa responsabilidad.