sábado, agosto 13

De lo que es a lo que debe ser...


* Escaparate de una confitería en Oviedo durante estos días

Criticaba no hace muchos días Emilio Huerta, concejal la agrupación ovetense de Izquierda Unida, el acuerdo adoptado por las dos fuerzas políticas que encarnan el espectro conservador de la ciudad (casquistas y gabinistas) y que ha permitido desviar en estos días de agonía financiera, 38.700 euros desde la Sociedad Ovetense de Festejos al Arzobispado de Oviedo. De lo abultado de la asignacion presupuestaria se hacía eco el diario El País; y el propio Emilio Huerta firmaba en la prensa regional no hace muchos días un artículo sobre el particular.
Compartiendo el sentimiento de indignación y escándalo de que hace gala el concejal comunista, por no entender cómo pueden ir a parar casi cuarentamil euros de una sociedad de festejos a un arzobispado, no dejo de apreciar en sus palabras la habitual confusión entre el deber ser y la realidad. El equívoco se añade -y mantiene lazos inquebrantables- a la confusión terminológica que se maneja en muchas ocasiones desde el Partido Socialista, y que obedece en unos casos a no saber de qué estamos hablando realmente y en otros a evitar, mareando la perdiz, enfrentarse a la contundente cotidianeidad: España no es laica, es aconfesional.
Los dos conceptos son muy diferentes y de momento, con la excepción del movimiento ciudadano que poco a poco parece que va consolidándose -ya veremos en qué para-, un escaso número de nuestros representantes sabe realmente que la aconfesionalidad es perfectamente compatible con el sistema público de subvenciones; con la exoneración del Impuesto de Bienes Inmuebles; con la gratuidad fiscal a la hora de afrontar el Impuesto de Sucesiones; con el hecho de que el Estado se convierta en máquina recaudadora en beneficio de una confesión religiosa concreta; con la circunstancia de que nuestro sistema educativo esté empapado de religiosidad o, cuando menos, de la influencia confesional filtrada a través del sistema de conciertos...
Con ocasión de la próxima visita del Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano se ha ido generando un sentimiento de rechazo que, creo no equivocarme, por primera vez parece que ha logrado cristalizar. La causa de este fenómeno es fundamentalmente económica: En España, se sea ateo, musulmán, agnóstico o se participe de cualquier otra creencia, todos acabamos haciendo frente a los dispendios de una determinada confesión, aunque estos tengan lugar en medio de una situación de crisis económica que afecta a los más débiles en el "mundo rico", y que en el "mundo pobre" pepetúa una escena de miseria y hambre. La afirmación ha sido desmentida una y otra vez por la organización del evento, pero los hechos no admiten mucha discusión: Establecimientos públicos destinados sin coste a la acogida de partícipes en una manifestación religiosa; reducciones o gratuidad en los desplazamientos en transportes públicos; subvenciones como la de Oviedo acordadas a través de cualquier instrumento -una sociedad de festejos-... Por ser del dominio de la economía de mercado, dejemos a un lado los patrocinios de conocidas marcas del sector empresarial español o el vergonzante "merchandising" puesto en marcha para sufragar esta concentración. Todo pergeña una realidad en la que una determinada confesión goza de unos privilegios de los que no disfrutan otras porque las administraciones públicas ignoran toda noción de neutralidad; y lo que es peor, la realidad dibujada por semejantes hechos implica que se reconoce a tal confesión religiosa un status que le permite influir en la vida ciudadana, pretendiendo hacer pasar por bueno y universal un código de valores o conducta que sólo debería ser aplicable a quienes libremente han decidido participar de tales convicciones.
Así las cosas, la confesión religiosa en cuestión, escoltada por voluntarios de una Bandera de la Legión, con el decidido apoyo de unos poderes públicos reaccionarios y el "bajar la cabeza" de otros, dará el pistoletazo de salida a una esperada involución ideológica, y podrá hacer resonar con fuerza su mensaje, descalificando -por citar algún ejemplo- el matrimonio civil, la concepción que tienen acerca de la vida muchos ciudadanos, la del final de la existencia humana, o la legítima capacidad del Estado para legislar al margen del hecho religioso. No se está atacando una concepción laica de las cosas durante estos días porque tal concepción laica no existe. Símplemente, con el hacer de unos y el dejar hacer de otros, en el estricto marco de la aconfesionalidad del Estado, se persiste en la consolidación de un estado de cosas que pretende evitar que tal concepción llegue un día a existir, haciendo descarrilar el tren de ese laicismo calmo y tranquilo, siempre insuficiente, que había logrado introducir alguna reforma en nuestra estructura normativa.
No confundamos pues lo que es y lo que debería ser. Pero aprovechemos las circunstancias para poner de manifiesto qué es lo que queremos: Queremos una España laica. ¿Y qué significa eso?: El laicismo no combate en modo alguno la libertad religiosa; no combate el hecho de que personas provenientes de diversos lugares del mundo puedan manifestar su religiosidad o escuchar la palabra de su representante. El laicismo únicamente exige la total neutralidad del Estado con la finalidad de que toda creencia o no creencia goce del mismo nivel de respeto, con el objeto último de que la libertad de conciencia de cualquier ciudadano no se vea menospreciada como sucede en la actualidad. Es complicado, sí. Y más complicado aun cuando uno vislumbra la que se nos viene encima. Pero recordando las palabras de E. Galeano, hoy por hoy el laicismo en un país como el nuestro, que atesora una historia de autos de fe, cruzadas y evangelizaciones, es una utopía que no deja de desplazarse en el horizonte. Eso al menos nos permitirá caminar, pues nunca bastó con indignarse.

* La fotografía que ilustra el apunte ha sido realizada por el autor.