lunes, julio 18

18 de julio: Recuerdos de una guerra



Mirando hacia atrás, la primera memoria que guardo de la guerra la encuentro en mi familia materna. Con mi abuela aprendí a cantar la Internacional. Recuerdo que íbamos en el coche por una carretera polvorienta de Castilla. Allí me llevaban “a secar”, como buen asturiano, para prevenir los catarros del año siguiente. Camino de León, los dos, sentados detrás de mi padre y mi madre, íbamos desgranando las estrofas “Arriba los pobres del mundo…” Benigna, mi bisabuela, me enseñó otra letra: “Somos la joven guardia, que va forjando el porvenir…” Ella era la que me contaba, de vez en cuando, episodios aislados de la historia familiar: A su suegra la mataron los soldados en la casa de La Teyera, en Langreo, porque se resistió a entregar la bandera del sindicato minero. La pobre mujer era analfabeta y no sabía ni cómo era la dichosa bandera. Cuando la tiraron al suelo le dieron patadas hasta que la reventaron. Mi bisabuela fue la única que tuvo el valor de entrar en la casa a socorrerla. Cuando llegó ya la encontró muerta en el suelo. Me decía que lo que no podía olvidar era el charco de sangre y el olor a mierda. Luego supe que aquello sucedió con la ocupación del pueblo tras la Revolución de Octubre, en 1934.
Del 18 de julio de 1936, sábado, mi abuela recuerda a su padre llegando a casa. Habían ido a buscarle a la huerta. Un vecino había comenzado a gritarle: “Gil, estalló la guerra”. Mi bisabuelo murió de silicosis en el año 1981. De él recuerdo muchas cosas. Su extraordinaria paciencia. Su bondad. Y recuerdo que en una ocasión, un día de Reyes, subí a recoger el billete de mil pesetas que él y mi abuela me daban. Llevaba conmigo mis juguetes nuevos preferidos, que luego sacaba a la calle para entretenerme. Mis padres había atendido todas las peticiones recogidas en la carta, y entre ellas estaba un "geyperman" uniformado, con pistola al cinto, y con una BMW con sidecar que llevaba montada una ametralladora. No se me olvidará la cara de asco de mi bisabuelo cuando vio aquello. Ni la zozobra de mi madre cuando se dio cuenta del detalle y me despachó a toda velocidad para que saliera a la calle y mi pobre bisabuelo perdiera aquello de vista. Luego pregunté. Y mi madre me contó: “Es que “güelito” hizo la guerra. Le mataron a la madre. Y a varios hermanos. Y estuvo preso. Las guerras no son como en las películas”. Con los años he sabido que sí, que mi bisabuelo había hecho la guerra y la había perdido. Que estuvo cargando burros con dinamita que lanzaban con la mecha encendida contra las posiciones enemigas. Que en una retirada, vencido y harto, tiró el fusil a un río y se fue a casa. Que allí vio como ocupaban el pueblo los moros y como él tenía que salir de casa. Paciente, muerto de miedo, hasta aceptaba el te que le ofrecían y veía horrorizado que los ocupantes encendían el fuego en el suelo de la cocina porque no sabían lo que era una cocina de carbón. A Gil lo deportaron a varios campos de trabajo. Sé que estuvo en Figueras; también en Soria y en Peñaranda de Bracamonte, donde uno de sus cuidadores se dedicaba a mortificarle contándole día a día los detalles del avance alemán en los frentes de Europa. Un día le dijo “Gil, ya estamos en Stalingrado"...
Mientras mi bisabuelo sufría los rigores del cautiverio, Benigna soportaba la ocupación de La Teyera. Mi abuela habla del pánico que sentía cuando veía a los moros y que habían pintado en una tapia “Tercer Tabor de Regulares”. Y me ha recordado todavía no hace mucho cómo torturaron a su madre porque la acusaban de dar cobijo a “fugaos”, que es como llamaban al maquis en Asturias. Ella era una niña. Estaba escondida detrás de la puerta mientras el militar al mando, Constantino “El Puro”, golpeaba a mi bisabuela. Parece ser que la puerta chirrió. Mi abuela bajó rodando por las escaleras y cuando pudo entrar de nuevo en la casa encontró a su madre completamente “negra”, amoratada por los golpes. No la mataron porque, según dijo “El Puro”, no valía la bala que tenían que gastar. Constantino “El Puro”, que había ido a parar a una zona de enorme actividad guerrillera, apareció tiempo después agonizante en una "tená" (un pajar). Estaba comiendo un pedazo de pan con chorizo cuando alguien le pegó un tiro en la garganta. Benigna soportó estoicamente los registros en su casa; los robos de "los fugaos" de las patatas y castañas; las "incautaciones" de la Guardia Civil, que en una ocasión, ya con mi bisabuelo en casa, se llevó un bote lleno de "pesetas" de plata y las botas para trabajar en la mina. Benigna, toda valor, las recuperó: Si su marido no podía picar carbón nadie comería en casa.
Mi abuela también fue la primera que me habló del pan negro y de la cartilla de racionamiento. Era -y sigue siendo- el alma emprendedora de la familia. La casa de La Teyera se encontraba justo sobre la línea que demarca dos municipios, Mieres y Langreo. Mi abuela se hizo con dos cartillas. Utilizaba una en Sama de Langreo y la otra cuando bajaba a Mieres. Aceleraba el paso al pasar cerca de los moros o de su cuartel. Recuerda el uniforme con gran precisión: el turbante, que desenroscaban para matar, uno a uno, todos los piojos que allí anidaban. El calzón ancho, que casi arrastraba por el suelo. La cinta que les recubría las pantorrillas. El fusil. La suciedad. El lenguaje incomprensible que todavía hoy imita. Los correajes. La tez oscura. La mirada. Las risas cuando ella pasaba. El terror cuando paraban a alguien y le pedían la “papela con cara”… Mi abuela dice que nunca olvidará un desfile en Mieres. No recuerda quién desfilaba pero sí que todo el mundo miraba y levantaba el brazo. Recibió una patada en el culo. Dice que todavía le duele: “¿Qué pasa? ¿No sabes saludar?”.
No quería dedicarle hoy a la efemérides del 75 aniversario del comienzo de la Guerra Civil ninguna proclama resonante. Con el tiempo creo que he dejado de ser rehén –aunque no del todo- de aquella historia que pesó en mi casa como la enorme tragedia que fue. Con ese peso, el de la derrota de mis abuelos, crecí. Quizá sin saberlo mis padres; quizá sin ser conscientes todos aquellos que tanto amor me dieron y que ya no están. Pero con su palabra, con sus relatos, fueron dejando en mi ánimo un sentimiento dolorido del que todavía hoy me cuesta librarme. Si un día llega el día, tengo la certeza de que no haré lo mismo; tengo la voluntad de que en mi casa no vuelva a entrar la guerra sin uso de razón; y más me pesará en el ánimo mirar al futuro y dar días felices a quien haya de ser un buen ciudadano o ciudadana. Quién sabe.

2 comentarios:

Utopia, pero menos. dijo...

joer, joer, joer

Anónimo dijo...

Salud Ricardo. Gracias por tus recuerdos.

Layret