sábado, octubre 2

Una placa en Struhof


Hace pocos días un amigo me remitía, desde Lyon, un par de fotografías y un texto para informarme de la colocación de una placa en recuerdo de las personas asesinadas en un campo de concentración nazi por el hecho de ser homosexuales. Repasé aquellas letras con atención y leí por primera vez el nombre de uno de esos lugares de muerte con que se pobló Europa hace setenta años. Me llamó la atención que en este caso, el escenario del horror se encontraba en Francia.
Struhof es el nombre de un campo de concentración levantado por los nazis en la Alsacia francesa una vez que este departamento fue anexionado al III Reich, tras la derrota de junio del 40. Este lugar fue ampliando progresivamente sus instalaciones, de manera que pudo albergar una gran cantidad de prisioneros. En 1943 se habilitó una cámara de gas y un horno crematorio. Fue el destino final de lo que se llamaron prisioneros NN, Nacht und Nebel, esto es, noche y niebla, términos que aludían a los mecanismos de desaparición de opositores políticos, ideados para burlar, al amparo de una perversa normativa, la Convención de Ginebra. Más de cincuenta mil personas padecieron un particular infierno en aquel lugar. Veintidós mil perdieron la vida. Y de ellas más de doscientas fueron exterminadas por el hecho de ser homosexuales.
Mucho se ha escrito sobre la homosexualidad y la actitud manifestada frente a ella por los dogmatismos religiosos y los totalitarismos políticos. Sabemos de la hoguera, de las decapitaciones y ahorcamientos. Bajo el imperio de lo que se conoció como socialismo real la represión se articuló ante el "vicio burgués". Los científicos al servicio del nacional socialismo consideraban por su lado que la homosexualidad podía ser contagiosa, circunstancia que ponía en riesgo la continuidad en el tiempo de la raza aria. La consecuencia de aquello fue obvia. Más de diez mil homosexuales, por el hecho de serlo, fueron asesinados en los campos de concentración y exterminio nazis.
Tras el final de aquella pesadilla, a diferencia de otras víctimas y combatientes reconocidos y en ocasiones exhibidos como abnegados ejemplos para el resto de la ciudadanía, sobre las víctimas homosexuales se extendió un manto de silencio. Quizá no sea muy difícil entender el porqué de esta vergonzosa actitud: La normativa sancionadora prevista por el código penal para el "delito de homosexualidad" (endurecida por los nazis), fue conservada en mayor o menor medida en la Alemania del Este, donde desapareció en 1968. Un año después, sucedería otro tanto en la República Federal Alemana .
Struhof fue el primer campo de concentración liberado por las fuerzas aliadas. Los soldados americanos entraron en él y encontraron un horroroso escenario casi vacío. Únicamente habían quedado deambulando entre los barracones vacíos a dieciséis prisioneros. El resto habían sido deportados a otros campos, fundamentalmente a Dachau.
Ahora, cuando llegan estos días en los que unas letras de metal sirven para poner un punto y final a tantos años de injusto y vacío silencio, he tenido la suerte de saber de este homenaje y que fue organizado por la asociación "Les oubliés de la memoire"; y que a él asistió Rudolf Brazda, de 97 años, último superviviente de aquellos que llevaron como distintivo un triángulo rosa. También siento cierto orgullo al saber que en un acto semejante participó alguien a quien conozco, circunstancia que implica en cierto modo -y este es un sentimiento personal- que el Gran Oriente también estuvo presente.
Memoria, honor y reconocimiento.

* Fotografías amablemente cedidas por M.C.