viernes, octubre 8

Apunte sobre el suplicio de la guillotina

Ilustración: Grabado anónimo "Robespierre guillotinando al verdugo tras haber guillotinado a toda Francia"

En el año 2007 apareció este pequeño libro, editado por "A l´Orient" dentro de una colección dedicada a la publicación de textos inéditos o poco comunes. Cayó en mis manos hace poco y, a pesar de su brevedad, me ha dejado una imprensión particularmente intensa.
En la tarde del 17 de julio de 1793, en el corazón de la Plaza de la Revolución (que debía estar situado, más o menos, en las cercanías del Obelisco que hoy se levanta en la plaza de la Concordia), el ayudante del verdugo agarra por el pelo la cabeza de una mujer que acaba de ser guillotinada y la muestra al público expectante; acto seguido la abofetea y, con estupor, todo el mundo observa como aquel rostro sin vida enrojece, quizá de indignación, quizá por la vergüenza de verse sometida en aquel trance a semejante trato. El rumor inunda primero París; más tarde Francia entera.
La cabeza pertenecía a Charlotte Corday, la joven que asestó a Jean Paul Marat una certera cuchillada cuando, según imaginó el instante el pintor Louis David, redactaba algo mientras tomaba un baño medicinal para combatir un eccema. Y el rubor que cubrió aquella cara ante los atónitos ojos de una masa proclive a creer en todo tipo de prodigios, alimentó una polémica científica de la que fueron protagonistas dos médicos de la época, Jean Sue y Pierre Cabanis.
Cabanis encarnó quizá la voz de la razón, rechazando aquellas tesis que admitían la posibilidad de que la cabeza desgajada del cuerpo pudiera seguir conservando un hálito de vida y, lógicamente, percibir el espanto y el sufrimiento ligados a una muerte atroz. En su "Apunte sobre el suplicio de la guillotina" no se limitó a hilar un discurso cinetífico. También se manifestó, abierta y explicitamente en contra de la pena de muerte.
A mi modo de ver el valor del texto de Pierre Cabanis radica precisamente en atreverse, en el momento en que lo hace (con Francia anegada en sangre tras haber vivido la pesadilla del Terror), a oponerse a la pena capital. No sé si lo que he leído es el primer alegato contrario a semejante castigo, pero sí creo que es un gesto valeroso como pocos.
Pierre Cabanis fue miembro del Gran Oriente de Francia. Formó parte de una Logia muy conocida de la que hablaremos otro día: Las Nueve Hermanas (o las nueve musas); en ella trabajaron personajes de la talla de Benjamín Franklin, Condorcet, Sieyès o Joseph Ignace Guillotin.
A Guillotin se le atribuye la invención de la máquina que lleva su nombre. Sin embargo sobre este dato existe una gran cantidad de inexactitudes, pues lo que Guillotin hizo realmente fue apoyar una modificación del Código Penal para acabar con la disparidad de medios con los que se aplicaba la pena capital en función del delito -algunos de los cuales eran particularmente crueles- y de la clase social, para proponer la mecanización de la decapitación con una doble finalidad: ahorrar sufrimiento al penado e introducir una cierta noción de igualdad social en la aplicación del máximo castigo. Recordemos aquí una frase de Rosario Acuña con la que algunos han pretendido desacreditarla, pero que encaja precisamente dentro de esa declaración de intenciones que animó a Guillotin: "La guillotina fue el primer signo de igualdad de la Historia".
Guillotin, hombre político, vivió con espanto el gobierno del Comité de Salud Pública, y no debió nunca de lamentar lo suficiente que la fatídica máquina terminara llevando su nombre. Sabedor de los riesgos que corrían muchos de sus compañeros en la Logia Las Nueve Hermanas, distribuyó entre buena parte de ellos un veneno que él mismo se había procurado y que fue conocido como "el pan de los hermanos". La finalidad era evitar a la víctima todos los prolegómenos previos al cadalso. Algunos, como fue el caso de Condorcet, terminaron utilizándolo.
Probablemente Pierre Cabanis contempló estupefacto todo el horror provocado no tanto por la máquina como por la voluntad exterminadora del poder mal concebido o de los sueños de la razón que terminan pariendo monstruos. Quizá eso le llevó a escribir este breve y contundente alegato contra la pena de muerte aprovechando una cuita científica que hoy podría parecernos un tanto inocente o absurda. Francia, la Francia de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, abolió la pena capital en el año 1981. Sin embargo, ya en 1796 el doctor Pierre Jean Georges Cabanis reflexionaba así sobre el efecto ejemplarizante del castigo:
"Cuando se guillotina a un hombre, es cosa de un minuto. La cabeza desaparece y el cuerpo se retira al momento cayendo a un cesto. Los espectadores no ven nada; no se escenifica una tragedia ante sus ojos; no tienen tiempo para emocionarse. Lo único que ven es la sangre chorreando. Si pueden extraer alguna lección de este espectáculo no será otra que su endurecimiento para verterla con menos repugnancia en medio de la borrachera que levantan las más furiosas pasiones. Por contra, es el más precioso de los sentimientos que puede albergar un corazón humano -el que le hace compadecerse ante la angustia y la destrucción de sus semejantes- lo que debería cultivarse cuidadosamente por todas las instituciones y acciones públicas."

1 comentario:

Larra dijo...

Realmente un horror la pena de muerte, en cualquiera de sus manifestaciones, desde la mazzolata a la igualmente incivilizada inyección letal... Aún recuerdo la película sobre Salvador Puig Antich... qué horror también "nuestro" deleznable garrote vil. Que no vuelva a suceder. No a la pena de muerte.