martes, septiembre 21

Lo que queda en el tiempo


Recuerdo que en la última Semana Santa leí algo en la biografía de Clara Campoamor que me impresionó sobre el proceso al que fue sometida para su afiliación en Izquierda Republicana. Creo que más o menos es conocido el papel que esta mujer tuvo en la "humanización jurídica" de España, y en especial en la dignificación del régimen republicano. A todo el mundo le viene enseguida a la cabeza el nombre de Clara Campoamor como defensora de lo que inexactamente denominamos voto femenino, pues realmente de lo que se trataba era de configurar como una realidad -y no como mero principio teórico- el sufragio universal. Pero además, esta hoy renombrada jurista, abogó ante la comisión constitucional republicana por la instauración en aquella norma fundamental del principio de no discriminación por razón de sexo; por la igualdad de la descendencia a todos los efectos legales, comprendiendo tanto a los hijos nacidos dentro de matrimonio como fuera del mismo; o por la regulación de la disolución del vínculo marital mediante divorcio ¡Esto en la católica España, allá por los años 30!
Todo lo anterior -bagaje suficiente para dejar con la boca abierta a cualquiera- lo fui asumiendo con cierta naturalidad mientras iba leyendo el texto que tenía entre las manos. Supe así que a la izquierda española le había pasado en 1931 lo mismo que al Gran Oriente de Francia pocos años después a la hora de enfrentarse al derecho de voto de las mujeres. Un no rotundo se levantaba entre sus filas ante semejante posibilidad: La mujer vivía atrapada entre la faldas de los curas y así, voces como la de Victoria Kent, se oponían a poner en jaque a la República asumiendo un derecho de voto cuyo ejercicio beneficiaría directamente al enemigo.
Clara Campoamor se enfrentó a todo aquello y ganó el debate por tan sólo cuatro votos. Se apoyó en el sector del P.S.O.E. opuesto al ovetense Indalecio Prieto y en algunos republicanos de derechas, llevándose por delante a los radicales socialistas, a los radicales de Lerroux (su propio partido), a Prieto, que abandonó enfurecido el Congreso de los Diputados, y a los mismísimos partidarios de Manuel Azaña. Cuando en 1933 gana la derecha y Alcalá Zamora encarga a Alejandro Lerroux la formación del nuevo Gobierno, Clara Campoamor, señalada por todos los dedos como responsable de aquella victoria, ve cómo se apaga su estrella. Un último intento de permanecer en la vida política contará con el apoyo de un gallego que será Jefe de Gobierno dos años después un fatídico 18 de julio, Santiago Casares Quiroga. Con su intermediación, Clara Campoamor solicitará su ingreso en el partido recién constituído Izquierda Republicana. Pero lejos de "perdonarle la afrenta" o responderle con una simple negativa, la dirección política decide abrir un expediente y someter el proceso de admisión a una especie de examen público. Clara Campoamor había ingresado unos años antes en la Logia Reivindicación, así que el procedimiento elegido no debió resultarle del todo extraño: Una votación con bolas negras y blancas.
Al llegar a este punto de la historia es donde me encontré con el dato sorprendente: Dos afiliadas de Izquierda Republicana exhibieron sin pudor, mientras se acercaban a la urna, sendas bolas de color negro, satisfechas, sonrientes, plenamente realizadas y felices por lo que iban a hacer. Aquel gesto tuvo que simbolizar como ningún otro la certificación de la defunción política de Clara Campoamor. No he podido saber quiénes fueron estas dos mujeres tan orgullosas de sí mismas. Pero la verdad es que tampoco me molesté mucho en buscar o conocer su identidad. De ellas no quedó en el tiempo más que el tufo de su ruindad. Y ocuparse de la miseria, al fin y al cabo, no deja de suponer tenerle una consideración que no merece. Prefiero saber quién es Clara Campoamor, qué hizo. De ella quedó una obra sólida y no ruido. Una obra que es, y esperemos que siga siendo, uno de los soportes fundamentales de la democracia muy a pesar de aquellas dos infelices.

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