lunes, agosto 23

Los secretos masónicos

Los secretos masónicos

Autor: Alain Bauer

Fue Gran Maestro y presidente del Consejo de la Orden del Gran Oriente de Francia y profesor en diferentes unversidades, tanto francesas como extranjeras. Es autor de Violencia e inseguridad urbanas (PUF, 5e éd. 2000); América, violencia y crimen (PUF, 2e éd. 2000) ; La Policía en Francia (PUF, 2001); La regularidad masónica (EDIMAF, 1999) ; Los Grados de sabiduría del Rito Francés (À l’Orient, 2000).

Los masones prestan un juramento con el que prometen observar estrictamente "el secreto masónico". Para la mayor parte de ellos esta obligación es inherente a la pertenencia a la Orden misma. Sin embargo, las Constituciones de Anderson de 1723, texto fundacional de carácter universal, nunca utilizan tal expresión. Aconsejan únicamente la prudencia. (1)
Para las antiguas cofradías gremiales (lo que llamamos "operativos"), el único secreto estribaba en la "palabra del masón", que permitía al operario ser reconocido en las obras como aprendiz, encontrar trabajo y, lógicamente, obtener un salario. Una especie de título oral precursor de los convenios colectivos. La propia iniciación parecía quedar reducida a la más simple expresión, quedando a veces limitada a la mera comunicación de la palabra. Secretos eran también el buen hacer, las técnicas, los métodos y modos de cálculo. El manuscrito Regius, de 1390, al igual que todos los textos del "compagnonnage", aclara esta situación que constituye en aquel tiempo una garantía de empleo e ingresos. (2)
Para la masonería especulativa, que definitivamente no parece ser la continuadora de los llamados operativos -al menos en Inglaterra-, fue necesario crear símbolos y rituales mucho menos profesionales y más iniciáticos. El secreto del buen hacer se convirtió así en el secreto de la iniciación. Todos los escritos del siglo XVIII, ya defiendan o denigren a la masonería, subrayan la importancia del secreto entre los "misterios" proclamados de la Orden.
Sin embargo, a partir de 1738 (las primeras logias inglesas datan de 1717, las primeras escocesas aparecen en Francia en 1649, y la primera Gran Logia de Francia, ancestro del Gran Oriente de Francia, se constituye en 1728), el ritual masónico, que recoge los diferentes procedimientos de iniciación, es divulgado por el teniente de la policía de París René Hérault, en "Le Secret d´un frey-maçon". En 1744, el abad Pérault, que publica su famoso "Secret des francs-maçons" escribe: "El secreto de los francmasones reside principalmente en la forma en que se reconocen." En 1745 aparece "La Orden de los francamasones traicionada y sus secretos revleados". Posteriormente, en 1751, "El Masón desenmascarado". Y la divulgación por difusión ya no cesará nunca. Las propias obediencias, para asegurar la coherencia entre sus miembros al federar nuevas logias, se ven obligadas a elaborar e imprimir los rituales.
Durante la ocupación nazi, la aplicación de las leyes antimasónicas (predecesoras de la legislación antijudía) permitirá la publicación en el Diario Oficial de Vichy de los nombres de todos los francmasones, previamente identificados por un servicio de sociedades secretas instalado en la sede parisina de la que el Gran Oriente de Francia había sido despojado. El servicio publicará durante cuatro años un boletín (Los Documentos Masónicos) y llegará incluso a producir una película (Fuerzas Ocultas).
Para ser breves diremos que, cuanto podía conocerse de la masonería, de sus modos de iniciación o sus procedimientos internos, fue publicado antes de que se cumplieran diez años desde la constitución de las obediencias francesas. Ya en 1737 el caballero de Raucour manifestaba su sorpresa: "A día de hoy nos siguen por todas las calles de París, ¡y no hay empleado de cualquier tienda que no nos salude haciendo uso de nuestros signos!". Su interlocutor en Épernay le confirmará a vuelta de correo que otro tanto sucede en provincias. (3)
Opuesta al secreto y juramento masónicos, la Iglesia católica no va a tardar en poner a la masonería en el Índice y a combatir a los francmasoners por todos los medios a su alcance. La bula In eminenti, publicada en 1738 por Clemente XII, no será más que la primera de una larga serie (1751, por Benedicto XIV, 1865 por Pío IX, e incluso una encíclica, (4) Humanum genus, en 1884, por León XIII). Pero aplicada de manera desigual en distintos países europeos, no llegará a ser sometida a la consideración del Parlamento de París. En 1801, la aplicación del Concordato va a permitir ¡por fin! excomulgar a los francmasones franceses. El Código de Derecho Canónico de 1917, revisado en 1983, se olvida de la francmasonería, algo que no va a impedir que la Congragación para la Doctrina de la Fe (heredera del Santo Oficio) considere la adhesión a la misma como un pecado grave.
(5) Tégase también en cuenta que la masonería inglesa, a pesar de su status casi oficial, no ha estado tampoco a cubierto, hasta el punto de que la Iglesia anglicana la ha obligado a rectificar sus rituales a finales de los años ochenta.
En definitiva, a pesar de que hayan pasado más de doscientos cincuenta años de la publicación de los rituales masónicos, el supuesto secreto sigue suscitando la presencia de innumerables fantasmas. Porque tras el secreto masónico lo que se quiere encontrar o busca descubrir es la "sociedad secreta". Ligados desde la creación de los talleres masónicos con maneras de hacer insoportables para los integrismos políticos y religiosos, y abriendo al tiempo la logia a debates prohibidos en el exterior, los francmasones aparecen en su momento como unos conspiradores en potencia.
Sin embargo, esta masonería inicial fue más de tabernas que de cavernas. En una Inglaterra desgarrada por guerras civiles, religiosas, por ocupaciones al norte y oeste, donde la reunión de unas cuantas personas estaba prohibida y no había más que espías ¿cómo crear una sociedad secreta? Los amigos de Newton, de la Royal Society, se reunían precisamente en sitios públicos. Y el secreto de la creación de la Orden en Inglaterra fue la magistral y valiente decision de prohibir los debates religiosos en la logia, acogiendo a cada masón con la sóla condición de no ser "ni un ateo estúpido, ni un libertiro irreligioso", sin exigir un credo particular, y, para eliminar todo signo de distinción de clase o nivel social, demandando al noble compartir el privilegio del porte de espada o el aparejo para llevarla en tenida**. En Francia, la marca de fábrica del Gran Oriente de Francia fue la imposición por las logias de provincias frente a las de París, de la democracia en el procedimiento de elección de los Venerables y por cortos períodos de tiempo.
La masonería tradicional, comprometida, va a practicar un secreto muy relativo. A menudo las logias desfilan tras sus estandartes en las fiestas de ciudades y pueblos. En 1848, los masones del gobierno revolucionario se reunieron utilizando todos sus distintivos. Durante la Comuna podremos verlos en las barricadas. También es habitual que en provincias las logias se instalen en calles con un nombre evocador (calle de la Logia, del Albañil, de la Albañilería, de la Acacia...). Incluso antes de la guerra, muchos periódicos de provincias publicaban el programa de actividades de las logias en sus páginas. Hay que concluir que la masoneria nunca fue clandestina, con la notable excepción del período representado por la ocupación nazi. Las propias "Constituciones de Anderson" imponen al masón en su artículo segundo "...no implicarse nunca en complots o conspiraciones contra la paz y el bienestar de la Nación, ni conducirse de manera irrespetuosa ante los magistrados...".
Sin embargo, hay un secreto masónico, el único que se puede identificar. Se trata de un secreto íntimo que afecta a la experiencia vivida durante la iniciación. Sin tener una estructura clerical y sin ejercer sacramento alguno, la masonería, en sus prácticas iniciáticas, no prepara a nadie para lo inevitable. Permite renacer y permanecer vivo. La logia es, en primer lugar, una esperanza. La masonería no es una Iglesia. No proclama únicamente el amor entre los seres humanos sino que procura también su mejora. Desde un primer momento tiene que desvelar -de forma inmediata- el contenido de sus promesas, que no pueden postergarse al momento de alcanzar un paraíso, el purgatorio o los infiernos. Se hace necesario comenzar a explicar y a instruir sobre esos "secretos" que no pueden preservarse en nombre de la preparación para el más allá. Es la propia masonería la que ha creado las condiciones para esa imposible preservción del secreto masónico, del cambio experimentado por el profano o profana en el momento de su iniciación. Descrito continuamente por los nuevos iniciados, el sentimiento vivido parece ser indescriptible e imposible de reproducir. En suma, el secreto en cuestión tiene tal fortaleza que incluso quienes lo conocen y pueden hablar sobre él tienen dificultad para hacerlo. Quienes han leído las experiencias anteriores de otros, garantizan no haber encontrado en su propia iniciación aquello que les fue contado "por sus mayores".
Otra faceta del secreto masónico atañe a la discreción relativa a la pertenencia. El traumatismo que supuso la Ocupación (29.000 masones en 1939, 5.500 en 1945), las humillaciones, persecuciones, asesinatos y deportaciones, hicieron que los francmasones se volvieran especialmente pruentes. Pero en cualquier caso, ni las tradiciones ni los reglamentos prohiben manifestar la pertenencia personal a la Orden. Símplemente no se admite desvelar la pertenencia de un hermano o hermana que no hayan expresado tal deseo. Al igual que las organizaciones sindicales o las políticas, las obediencias masónicas no difunden la lista de sus miembros, pero sí las de quienes han sido elegidos para ser sus responsables. El Consejo de la Orden o las instancias ejecutivas se reúnen raramente a puerta cerrada: la mayor parte de los francmasones pueden asistir a las reuniones. Éstas son tan discretas como las de cualquier consejo de administración de una gran empresa, o gabinete de redacción de un gran medio de comunicación nacional.
La tercera faceta del secreto surge al abordar los problemas ligados al deber de solidaridad o ayuda mutua, que constituye una parte esencial de la pertenencia a la masonería. Así, y porque la obligación en cuestión se expresa en términos muy generales, este principio fundamental ha servido en ocasiones para la creación de entramados de negocios, protección de corruptores o corruptos y a la defensa de personajes dudosos. Desde un punto de vista cuantitativo son poco numerosos (menos de una treintena sobre 43.000 miembros en el Gran Oriente de Francia). Desde hace ya tiempo a todos se les persigue, se les suspende o excluye. Pero con una discreción que podría parecer, para el exterior, algo así como una complicidad pasiva. Desde hace ya años, esta dimensión del secreto se ha visto suprimida de hecho, y las instancias judiciales de la masonería asumen a menudo su misión "mandiles limpios", poniendo de relieve la diferencia entre la inmensa mayoría de masones íntegros y honestos y aquellos que, como en cualquier sociedad humana, se sirven pero no sirven. A menudo, las Fraternales, que agrupan directamente a masones por afinidades ideológicas o profesionales, fuera del control de las obediencias, son las que han permitido la constitución de estas redes para ser, finalmente, objeto de la suspicaz atención de todas las Obediencias. (6)
Hay otra dimensión más compleja del secreto masónico a la que se refiere Jean Mourges, que escribe: "No hay más derecho que aquel a la verdad que se ha sabido descubrir". El secreto sería así simplemente un modo de instrucción, (7) una herramienta progresiva de comprensión del conocimiento. Para entendernos, el esquema de un circuito integrado o un programa informático, cuya existencia es públicamente conocida, pueden aparecer como un misterio más para quien no es un técnico ni un informático. "¿Cuál es pues la diferencia entre un secreto que nadie conoce y un secreto que no existe?".
Visto así, el secreto es en primer lugar una disciplina cuyo objeto consiste en determinar la calidad del postulante: A diferencia de las sectas, es difícil entrar en la fracmasonería y facil salir, y el coste es menos elevado que el abono a la televisión por cable o satélite. Se trata de crear una puesta en escena, valiéndose de cierta teatralidad, desde el momento mismo en que se formula la demanda, continuando luego, cuando llega el momento de la iniciación. Las entrevistas y el pase bajo venda son elementos que refuerzan la idea de la existencia de un secreto.
El secreto vendría a ser igualmente un medio para validar el nivel del candidato, incluyendo su capacidad de trabajar para comprender a largo plazo aquello que no puede percibir de manera inmediata. Los símbolos aparecen como un mero conjunto de herramientas y deben sufrir un proceso de interiorización que supera al propio aprendiz y que lo orienta hacia su emancipación. La iniciación se concibe como una liberación con un recorrido complejo que se conoce de manera paulatina: Este secreto en concreto se desvela de forma progresiva.
En defintiva, el secreto masónico es un concepto múltiple, evolutivo y a menudo mal comprendido incluso por quienes defiende el principio mismo. La historia de la masonería prueba hasta qué punto el respeto de esta obligación es aceptada sin reservas por todos los masones, y ello a pesar de la dificultad para perfilar su contorno. Pero, en el ámbito de la masonería, hay que recordar siempre que la promesa de respetar el secreto masónico es aceptada libremente por hombres y mujeres que saben que su obligación es, en primer lugar, un contrato suscrito con ellos mismos.
Podríamos interrogarnos en la actualidad acerca de la sobrevaloración de la transparencia, que recuerda más bien a un higienismo social concebido para ser aplicado a los demás; que deja a un lado los más íntimos y personales secretos y que, por fuerza, entraña una deriva totalitaria conforme a la cual la vida privada no puede existir si no es pública, negando así la primera de las libertades.
Probablemente Oswald Wirth -uno de los grandes pensadores de la masonería del último siglo- es quien mejor se ha expresado al reflexionar sobre esta cuestión, afirmando ante los suyos, al hablar del secreto masónico, aquello de que: "Nada hemos de temer al revelar la verdad, porque nadie la cree."

* Extraído del sitio web Cairn.Info y traducido al español por el autor de este blog.
El acceso al artículo se ha tenido tras su publicación en francés en el blog Gadlu.Info.
** El porte de espada era en la época un privilegio de la aristocracia que, sin embargo quedaba difuminado en las Logias, donde podían llevarla también aquellos que pertenecían a lo que conocemos como Tercer Estado.

(1) Ver la traducción francesa de Daniel Ligou, EDIMAF
(2) Ver varios números de la excelente publicación Renaissance traditionnelle, especialmente los 1-2, 3-4, 49 y 122.

(3) Citado por G.H. Luquet en La Francmasonería y el Estado en Francia durante el siglo XVIII, Vitiano, 1963.
(4) Humanum genus.
(5) 26 de noviembre de 1983.
(6) La Masonería es plural. Las obediencias francesas son el Gran Oriente de Francia, GODF, masculino, nacido en 1728 y estructurado en 1773, practicando y regulando la totalidad de ritos; la Gran Logia de Francia, masculina, nacida en 1821 y estrcturada en 1894; la Gran Logia Nacional Francesa, masculina, nacida de una escisión del Gran Oriente en 1913; la Logia Nacional Francesa, masculina, creada en 1968; la Gran Logia Tradicional y Simbólica Opera, masculina, nacida en 1958 de una escisión de la Gran Logia Nacional de Francia; la Gran Logia Femenina de Francia, femenina, creada en 1946; Derecho Humano, mixta, nacida en 1893. Existen también obediencias de rito egipcíaco como la Gran Logia Femenina de Memphis-Misraïm, u otras más recientes y mixtas como es el caso de la Gran Logia Mixta de Francia y la Gran Logia Mixta Universal.
(7) El pensamiento masónico, PUF, 5ª edición, 1999.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena traducción. Excelente blog y excelente trabajo.
Un fraternal saludo desde Chile. Claudio A. Lombardero.(Nieto de una abuela asturiana)

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