jueves, agosto 26

26 de agosto: Primera Declaración de Derechos en Europa



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Hay días que amanecen sin que se sepa si determinadas cosas han quedado reducidas a una pura exhibición teatral, vacía por completo de contenido y hecha para el recreo público general, útil para alimentar a la par la convicción de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Así, todos sabemos que en la bella Francia, para desviar la atención olfativa que emana sin cesar del oscuro sótano de eso que solemenemente recibe el nombre de "cuestión de Estado", el Presidente de la República ha puesto en marcha, como en aquellos viejos y malos tiempos, un deshumanizado sistema de deportaciones. Mientras, en otras casas, gozosas del gran capital atesorado con los años, formado por los mejores valores y principios, se vive de las rentas de otro tiempo olvidando, de paso, que una democracia es incompatible con el ejercicio absoluto del poder por cualquiera de aquellos órganos de los habló Motesquieu.
Son los nuestros tiempos en los que, en cierto modo, triunfa una especie de incultura general, conviviendo juntos, en un espacio muy reducido, quienes desprecian los textos normativos cuando no se ajustan a su momentáneo capricho; asimismo, aquellos que todo lo fían a la omnisciencia asamblearia, desconociendo que el espíritu dictatorial siempre sabe vestirse con las mejores sedas; y finalmente, los que todo lo prostituyen en propio provecho, haciendo posible que el descrédito del sistema se extienda como una mancha de negra tinta derramada.
El legado de aquel revolucionario 26 de agosto de 1789 no es ya tanto el texto que aquí solemnemente se declama, sino el hecho comprobado de su cristalina fragilidad; de la necesidad de seguir diciendo, con hechos más que con palabras, que todos los seres humanos nacen y permanecen libres.