viernes, julio 16

Argentina: Reforma del matrimonio civil

Ha sucedido hace unas horas. Creo, por lo que leo, que ha sido en el albor del día 15 de julio que el Senado de la República Argentina ha decidido, por un estrecho margen, reformar el Código Civil y no atender al sexo de los contrayentes para admitir la posibilidad de celebración de un matrimonio civil. En España ya conocemos la feliz experiencia. Y en el caso argentino el proceso ha venido aderezado más o menos con los mismos ingredientes que en nuestra casa, obispo diciendo memeces incluído. Quizá la peculiariedad ha venido representada por el hecho de que algunos jueces osaron en los últimos tiempos, ante el silencio específico de la ley, por autorizar como válido el consentimiento de los contrayentes antes de que la propia reforma haya visto la luz. La batalla que ha durado tres años parece que acaba de terminar.
No me gusta hablar de "matrimonio gay". No existe tal cosa. Ni es un enfoque acertado insistir machaconamente en colocar sobre la institución jurídica en cuestión -el matrimonio- la referencia a la orientación sexual de los contrayentes, por muy feliz que uno pueda estar al lograr que una reivindicación histórica encuentre su espacio entre las letras de la norma escrita. No hablamos, o no deberíamos hacerlo, de matrimonio interracial; tampoco le atribuimos un especial calificativo si los contrayentes mantienen una sensible diferencia de edad. Creo que es mucho más acertado hablar de matrimonio civil y, si se quiere, de los avances que implica para la figura en cuestión la reforma operada.
Sí, hablemos de matrimonio civil para reclamar de paso algo obvio pero que a menudo se olvida: Que las sociedades deben regirse mediante los preceptos que se otorgan dentro de una estructura democrática, en la que se aplica un principio de legalidad que constituye en sí la iterdicción de lo arbitrario; y en donde ha de existir también una estricta separación entre "lo terrenal" y otros dominios ajenos a esa esfera pero que, machaconamente, pretenden filtrar sus dogmas y verdades absolutas, condicinando lo que no son sino actos pacíficos y cotidianos, por ejemplo, casarse.
La historia ya es vieja. Recordemos que en España, cuando por primera vez se reguló el matrimonio civil en el siglo XIX, un destacado clérigo se negó a reconocerle valor a "aquello" que calificó como "ley de amancebamiento".
No nos importe la voz de los necios ni tampoco la de los fanáticos; pero enfrentémonos una y otra vez a ellos hasta que la luz de la razón resplancezca.