martes, junio 22

Laicismo para convivir mañana

Desde Madrid me hacen llegar el texto de la intervención pronunciada por Aimé Battaglia, miembro de la dirección del Gran Oriente de Francia, el pasado día 17 de Junio en el Ateneo de Madrid, con ocasión de la presentación del Manifeisto Laico de las Obediencias masónicas liberales y adogmáticas, integradas en el Espacio Masónico de España: Gran Logia Femenina de España, Gran Logia Simbólica Española, Derecho Humano y el Gran Oriente de Francia.

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Texto íntegro de la intervención:

En 1902 Ernest Lavisse, Director de la Escuela Normal Superior, miembro de la Academia Francesa, autor de una Historia de Francia, F.·.M.·., escribía:
"Ser laico
No es limitar el pensamiento humano al horizonte visible, ni prohibir al Hombre el sueño y la perpetua búsqueda de Dios; es reivindicar para la vida presente el esfuerzo del deber.
No es querer violentar, no es despreciar las conciencias todavía detenidas en el encantamiento de viejas creencias; es negar a las religiones –que pasan- el derecho de gobernar a la Humanidad –que permanece.
Es combatir el espíritu de odio que sopla desde las religiones y que fue causa de tanta violencia, matanza y ruina.
Ser laico
Es no consentir la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano ante lo inaprensible.
Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, amar esta vida, rechazar la definición “Tierra, valle de lágrimas”, no admitir que las lágrimas sean necesarias y beneficiosas, ni que el sufrimiento sea providencial; es no sacar provecho de ninguna miseria.
Es no remitirse a un juez con sede en un más allá, para saciar a los que tienen hambre, dar de beber a quienes tienen sed, reparar las injusticias o consolar a los que lloran; es presentar batalla al mal en nombre de la justicia.
Ser laico
Es tener tres virtudes: caridad, es decir, amor a los Hombres; esperanza, es decir, benéficos sentimientos de que llegará el día, en la lejana posteridad, en el que se realizarán los sueños de justicia, paz y felicidad por los que suspiraban, mirando al cielo, nuestros lejanos ancestros; fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo permanente
".

La laicidad se distingue de la noción de tolerancia, tan cara a las ideologías anglosajonas que, confundiéndolas, favorecen el concepto de comunitarismo. La laicidad no es una opción entre otras, una creencia o ideología que se opondrían igualmente a las prácticas espirituales o religiosas, y tampoco no se reduce a una lucha por el poder entre iglesias y Estado.
El carácter restrictivo de la tolerancia lo definió Locke, el primero que incitó a separar la política de lo religioso y que, en su “Carta sobre la tolerancia” de 1689, admitía gustosamente que se pudiera no creer en el poder divino, pero que, sin embargo, aconsejaba excluir a los no creyentes, pues no se podía, según él, admitir en una sociedad a gente en cuya palabra no se pudiera creer. Para Locke, los vínculos religiosos eran el fundamento de toda sociedad. Se trataba ya, pues, de una forma de comunitarismo.
Pierre Bayle da la vuelta al argumento de Locke, afirmando que los no creyentes deben ser admitidos, porque no pueden apelar a una autoridad transcendente, a un dios, y así se someten directamente a la ley. Son, de alguna manera, más obedientes que el resto.
Para Catherine Kintzler, una autoridad en la promoción y defensa de la laicidad, no se trata sólamente de hacer coexistir personas y comunidades tal cuál, sino de hacer coexistir todas las libertades pensables en un mismo momento. Es lo que, según ella, hace de la laicidad un mínimo común, en la medida en que se puede pensar más allá de toda referencia sagrada comunitaria, e incluso más allá de una referencia a la sacralización de un vínculo social.
Laicidad y tolerancia son, de hecho, complementarias ; no conviene asimilar la laicidad a una voluntad de control totalitario, ni tampoco a una postura anti religiosa. Esto nos haría caer en un fundamentalismo laico que, en la misma línea del integrismo religioso, confunde espacio público y espacio privado, no aceptando, de hecho, la libertad de opinión, creencia o pensamiento más que a título privado y limitando su expresión. Son éstas, por otro lado, nociones totalmente opuestas a nuestra pertenencia al G.·.O.·.D.·.F.·. .
Retomemos una de las frases de Ernest Lavisse : « Ser laico es no consentir la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano ante lo inaprensible.” No nos dice que la creencia, y a fortiori la fe, no tengan derecho de ciudadanía, sino que la razón no puede someterse a ellas. En efecto, ¿puede el Hombre vivir sin creencia? ¿Puede haber una verdad sin creencia? ¿Puede haber un F.·.M.·. sin mito? Es necesario, pues, hacer cohabitar armoniosamente entre nosotros, sobre todo en nuestros templos, Razón y Creencia, estableciendo así la Laicidad.
Kant, en su “Crítica de la razón pura”, escribió: “La creencia, que consiste en considerar verdadero algo, es un hecho que entendemos puede descansar sobre principios objetivos, pero requiere también causas subjetivas para el espíritu del que efectúa el juicio.”
Para Alain, “Creencia es la palabra que designa toda certeza sin prueba…//… Cuando la creencia es voluntaria y jurada a partir de la alta idea que hay del deber humano, su verdadero nombre es fe.”
Históricamente los laicos, los F.·.M.·., han opuesto razón y creencia o fe; la razón permite buscar y a veces conquistar el saber, y discernir lo que es real, mientras que la creencia sólo procura una seguridad subjetiva, cuyo fundamento a menudo no es verificable, ya que se trata de objetos de dudosa existencia. Voluntad del espíritu que en ningún caso puede ser aceptada como universalmente verdadera, pues sólo apela al deseo de un individuo particular en circunstancias particulares, la creencia sería, por definición, irracional y, muy a menudo, irrazonable. Pero, desde el momento en que se admite que las creencias sólo son un deseo de una voluntad individual, se admite que pueden escapar de la razón y, sin embargo, expresarse. Es el campo del libre albedrío, el del pensamiento laico y la libertad del F.·.M.·. .
En efecto, ¿Con qué derecho, en nombre de la razón, pueden ser tratadas con desprecio creencia y fe? ¿Qué es más importante para nosotros? ¿Por qué desde siempre los Hombres han tenido creencias y por qué las consideran a menudo como lo más precioso? Sería tentador responder asignando creencia o fe al registro de la psicología y de la subjetividad afectiva: los Hombres necesitan creer para adquirir seguridades o para forjarse armas de dominación. ¿Pero no volvería esto a meter en el mismo saco, etiquetados como creencias, actitudes y pensamientos fundamentalmente diferentes?
Estas preguntas se suscitan en las relaciones entre los Hombres. Dichas relaciones suponen siempre un diálogo que no será verdadero sin la práctica del respeto a las exigencias de la razón. Pero estas exigencias, a su vez, ¿no suponen la existencia de Hombres libres que dan su palabra no sólo para que ésta sea comprendida sino también creída, sin dogmatismo y con profundo respeto a la alteridad?
En justicia, todos los Hombres tienen la misma facultad de juicio y todos están inclinados a creer. La inercia de la mente produce una pereza que puede entumecer la inteligencia. Las religiones asocian a este principio su poder sobre los Hombres. Es necesaria una singular vivacidad de espíritu, una continua curiosidad intelectual para que la inteligencia permanezca siempre despierta. La pereza intelectual favorecerá siempre el conformismo respecto de las ideas recibidas, así como la aceptación de los dogmas. Efectivamente, el debilitamiento del espíritu crítico deja el campo libre a la credulidad, actitud con la que el espíritu avala sin examen previo ideas o informaciones, a menudo de manera subliminal. La credulidad es una forma irracional de pensamiento que conduce a creer lo que sea, a admitir sin explicación, a inclinarse a la superstición. La forma exacerbada de la credulidad es el fanatismo. La adhesión del fanático a una creencia es masiva, incondicional, estrecha y totalmente desprovista de espíritu crítico.
F.·.M.·., Hombres libres profundamente comprometidos con la laicidad, no por ello somos menos humanos y tenemos necesidad de creer. De creer que el Hombre, a través de su entrega personal y por su participación en la empresa colectiva, podrá mejorarse y mejorar la sociedad, si obra con rectitud en función de orientaciones morales, escapando a toda influencia religiosa colectiva. Nuestras creencias son, de derecho como de hecho, revisables en tanto en cuanto permanezcamos abiertos al diálogo y conservemos nuestro espíritu crítico. F.·.M.·. miembros del G.·.O.·.D.·.F.·., no podemos, nos negamos a dividir el mundo en creyentes y no creyentes. Más absurdo sería aún imaginar que la fe está únicamente del lado de los creyentes, y la ciencia y la razón sólo del lado de los no creyentes. En el mundo humano, en la sociedad laica, en nuestros templos, sólo nos encontramos con creyentes en algo, en lo que sea.
En su discurso de Yaoundé, Benedicto XVI dijo: “Si creo, no es por credulidad sino porque lo que se me da a creer es creíble. Mi razón examina mi acto de fe y lo encuentra posible, probable y no contrario a ella misma. La fe es creíble.”
Ciertamente no comparto esta opinión, pero la respeto. No la comparto pues para mí, ateo de nacimiento, falta la realidad de la prueba, en este caso la de la existencia de Dios. Pero Benedicto XVI es papa y se expresa ex cathedra. ¿Cómo podría expresarse de otro modo? Pero si se expresara como Hombre, lo que yo pienso es ¿qué derecho, qué razón me autorizarían a mí, F.·.M.·., a poner en duda la sinceridad de su convicción y de su fe? ¿Debería prohibírsele toda expresión de su libre albedrío, por la única razón de que es uno de nuestros más acérrimos adversarios? ¿Porque se ha expresado en público? De ninguna manera, porque F.·.M.·. y laicos lucharemos siempre por la libertad de pensamiento y de expresión –conforme a la frase de Voltaire que nos es particularmente querida-, a condición de que dicho pensamiento y su expresión no atenten contra la integridad y la libertad del Hombre.

¿Qué clase de laicidad para convivir? La que conocemos, fruto del combate librado durante siglos por los hombres libres contra la intolerancia y el fanatismo religioso. La que no tiene que ser ni moderna, ni abierta, ni positiva pues es armonía y la base de la convivencia.

Muchas gracias.

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