martes, junio 15

Como el rosario de la aurora


*Fotografía tomada el sábado último por un buen amigo en la rue du Portneuf, en Bayona.

Son varias las versiones que explican el significado de esa expresión tan famosa en España, a la que todos hemos recurrido en alguna ocasión. Decir que esto va a acabar como el rosario de la aurora viene a ser algo así como oler en el aire el tufo de la catástrofe, verla venir.
Con esa sensación he vuelto de Bayona. Allí he estado este último fin de semana participando en el Congreso Regional celebrado por las Logias del Gran Oriente ubicadas en lo que conocemos genéricamente como "Sur", y que comprende las cuencas del Adour, el Gers y el Garona. Por supuesto, en la misma demarcación geográfica y administrativa trabajan los Talleres que el Gran Oriente tiene distribuídos por toda España, razón ésta que explicó mi presencia en el País Vasco francés estos días pasados.
Una vez más no pude evitar la sensación placentera que me provoca cruzar la frontera, encima acrecentada por un viaje que se me hizo especialmente ligero y agradable. Pero una vez allí... Una vez allí, habiendo huído del agua que ha anegado mi pequeño país, he creído percibir cercanos negros nubarrones.
El ser humano es ciertamente el único animal que tropieza repetidamente en la misma piedra. Presiento que en este caso sucederá otro tanto, sorprendiéndome especialmente cómo en la cuna de la democracia moderna, en el que ha sido el hogar en el que ha recibido el calor el concepto de Estado-Nación y la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, no se entienden -o no se quieren entender- conceptos básicos sobre los que se asienta la democracia moderna. Presiento la cercanía de cierto totalitarismo asambleario, no sé si jaleado por aplausos a la búlgara o a la rumana; también un desvanecimiento del espíritu de Montesquieu provocado por una momentanea pérdida del conocimiento y, por qué no decirlo, días en los que dos cofradías se encontrarán, alumbrándose con sus faroles, rezando un particular rosario en un angosto callejón, de donde quizá no saldrán hasta la aurora sino llenos de magulladuras. Yo, lo tengo claro, no veré la procesión desde lejos.
A mi regreso he vuelto a encontrarme con el agua. Pero vivir de nuevo la cotidianeidad en mi casa no me ha permitido olvidar a un buen amigo, primera víctima de esta sinrazón que parece se está adueñando de todo. Es un viejo defecto mío: no olvidar bajo ninguna circunstancia o concepto a quienes me defraudan; y deberme por encima de todo al sentimiento de la amistad.
Podrá entenderse que sigo pensando como pensaba: No cejar, no abandonar la discreción y no apearme de la burra, sabiendo que más temprano que tarde -que diría don Salvador- en Asturias la papeleta quedará resuelta.
Pero, y esto es fundamental, o reina la cordura y se entiende que hay un camino para que quepa todo el mundo, o el ridículo y la falta de credibilidad lo desbordarán todo.

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