miércoles, abril 21

La riña

Las dos pinturas ilustran en cierto modo lo mismo. Sólo en cierto modo. Una de ellas ha sido utilizada en múltiples ocasiones para representar el amor que se profesan las dos Españas, las mismas que se siguen guardando recíprocamente el corazón en el congelador. Pero por una vez, ni el litigio gatuno ilustra las reyertas nacionales, ni tampoco la riña de garrotes rescata el envenenamiento secular mutuo. He querido cruzar imaginariamente la frontera y me ha gustado para recrear el paso la pintura de Francisco de Goya, aunque mis razones no sé si resultarán obvias para todo el mundo.
Viene todo esto al caso de la sincera alegría que ha inundado a muchos de nosotros en los últimos días a cuenta del comunicado del Consejo de la Orden del Gran Oriente de Francia del pasado 9 de noviembre. Alegría en unos supuestos, silencio -y seguro que también pitos y rechinar de dientes- en otros.
Bien sabido es que no tengo por costumbre revelar asuntos internos concernientes al Gran Oriente en este espacio, y que no me pronuncio sino cuando las cuestiones acaban saliendo en un medio de comunicación o existe una toma de posición expresa. Es el caso en relación con la última decisión de la justicia interna del Gran Oriente de Francia. Me he limitado, como bien se habrá podido apreciar, a traducir el texto oficial, una referencia de la agencia de comunicación de France Press y una noticia de l´Express, diario que ha llegado a exhibir en un enlace la famosa sentencia que provocó el sobresalto. Qué falta de discrección y cuánto daño se hace al menos común de los sentidos. También he dedicado estos días a observar los comentarios que se han ido vertiendo, teniendo todos como denominador común o punto de arranque el referido comunicado. En consecuencia, no diré nada nuevo que no esté escrito en otros espacios.
La libertad de las logias del Gran Oriente de Francia para poder iniciar en Masonería a todo ser humano no ha sido nunca una cuestión pacífica. Numerosas han sido las controversias y difícilmente éstas van a detenerse ahora, en un lapso de pocos días. Jean Michel Quillardet publicaba recientemente un artículo crítico con la dirección de la Obediencia por la gestión del problema; en efecto, todos sabemos que la resolución que ahora nos ocupa tiene su causa en un procedimiento desencadenado para poner punto y final a la rebelión de cinco logias y, no sé si de paso, aclarar los términos confusos o escaldar a todos aquellos que tuvieran tentaciones análogas. La polémica, el debate, es como decimos muy antiguo, pero el contencioso viene del año 2008 y se ha saldado con lo que en España llamaríamos sucesivos varapalos: el proceso contra los 169 y la anulación de toda una sesión del Convento de 2009 el pasado 20 de noviembre. Para Quillardet ésta sería "otra más", un procedimiento iniciado con cierta imprudencia que ha obligado a la CSJM a resolver zanjando abruptamente toda posibilidad de aproximación entre "las dos partes".
El mérito de la resolución de la CSJM radica en recuperar el sentido de los viejos textos legales que fundaron el republicanismo democrático, empezando por la propia declaración de derechos de agosto de 1789. No se ha de votar si se puede hacer esto o aquello. Lo que hay que votar con precisión es qué cosa no se puede hacer, pues en tanto no exista la interdicción expresa, la autorización, en un sistema democrático, ha de presumirse siempre. En esos términos ha quedado fijado el debate y en esos términos, ante cualquier otra incidencia inmediata o futura, sería deseable que continuara desarrollándose. Hay que decir que me siento relativamente satisfecho, pues al menos hasta aquí, entre las tesis enfrentadas, ha encontrado favorable acogimiento aquélla que considera que las normas internas, Reglamento y Constitución, están por encima de otras cuestiones más ligadas a una concepción dogmática y sobrenatural del paso del tiempo, de la costumbre o del capricho.
Pasada la conmoción del primer momento, sabiendo además que el proceso aun no está cerrado, hay que contar con la sempiterna vigencia del principio conforme al cual a toda acción sigue una reacción. Pero entre las obligaciones que hemos de asumir - y al expresar mi humilde opinión pienso especialmente en quienes formamos parte del Gran Oriente en España - está la de no ser ilusos: Inevitablemente existe el riesgo de que asomen los garrotes y se ericen los lomos; ante esa posibilidad tenemos también el deber de no precipitarnos ni perder la calma en un momento tan intenso, especial y, por qué no decirlo, tan hermoso como éste. Masonería en estado puro, esto es, prudencia y silencio. Y también capacidad de encaje y aguante para no perder el terreno avanzado, para utilizar cuantos medios legítimos estén a nuestro alcance, y conseguir que el Gran Oriente sea capaz de dar el paso definitivo hacia una Obediencia identificada con el universalismo pleno, donde cada Logia pueda ejercer íntegramente su soberanía.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El Sr. Guerra publicó algo ayer y parece que le critica un poco...