domingo, marzo 7

Los Camondo

Moïsse y Nissim de Camondo

Acaba de volar sobre el cielo de Europa por última vez. Los restos esparcidos por el suelo permiten aun reconocer lo que fue un avión. La gran cámara fotográfica delata la misión de reconocimiento del aparato que los alemanes han derribado. Un cadáver desmadejado aparece entre los restos.
El cinco de septiembre de 1917 se intuía cercano el fin de la guerra y pocos sabían que aquel cuerpo roto y ensangrentado era el del teniente Nissim de Camondo. Tenía veinticinco años y era el heredero, junto con su hermana, de una de las grandes fortunas de Europa. De él nos queda hoy en día alguna fotografía en la que puede percibirse el gesto a la par serio y elegante, y también una pizca de orgullo. Pero de entre esas instantáneas guardo una copia con la que me pude hacer al visitar en diciembre la casa en que vivivó, en el Parque de Monceau.
La fotografía me gustó: Nissim, vestido de uniforme, está sentado junto a su padre, Moïsse. Parece que en ese momento no está pendiente del fotógrafo. El padre, por el contrario, mira atentamente al objetivo. A los dos se les ve relajados, acomodados en dos grandes sillones de mimbre. Quizá puede percibirse la felicidad de Moïsse por tener al lado a su hijo, en un momento en que Europa se desangra y destroza entre el barro y las alambradas espinas que desgarran la tierra. Quizá es la última vez que hablarán, que podrán compartir un instante apacible en el jardín. Quién puede saberlo ya.
El bisabuelo de Nissim se llamaba Abraham-Salomón de Camondo. Judío arraigado en Estambul, desarrolló un entramado bancario sobre el que levantó una inmensa fortuna que sirvió para que la saga familiar fuera conocida como los Rothschild de Oriente. Apoyó económicamente el proceso de reunificación de Italia, lo que le permitió contar con esta nacionalidad, y contribuyó al desarrollo de la moderna Estambul y también de la banca turca. Son los hijos de Abraham-Salomón, Abraham Behor y Nissim, los que decidirán que el gran banco de los Camondo tenga una sucursal en Europa. París es en ese momento una de las grandes capitales del mundo, y será por tanto en Francia donde la Banque Camondo se asentará y centralizará una buena parte de sus negocios. Los Camondo comienzan a ser franceses.
Desaparecidos el viejo patriarca en 1873 y sus dos hijos en 1889, serán los herederos de éstos últimos los que tomarán las riendas de un negocio por el que no tienen excesiva pasión. Isaac de Camondo, hijo de Abraham Behor, estará pendiente de los negocios de la familia pero también se ocupará de muchas otras aficiones: el coleccionismo de pintura, el mecenazgo, la composición musical... Recorrer hoy el museo de Orsay o el museo Guimet permite encontrar al visitante, bajo alguna pintura de Dégas o alguna ilustración japonesa, un pequeño rótulo en el que puede leerse "Don de Mr. Isaac Camondo".
Moïsse de Camondo, hijo de Nissim, comparte con su primo el gusto por las artes y dedica los días a invertir su patrimonio en la adquisición de todo tipo de objetos artísticos ligados a una época que le fascina: El siglo XVIII. De este modo sacrifica el banco, que termina cerrando sus puertas, y atesora una de las grandes colecciones de mobiliario, valiosas porcelanas y objetos de todo tipo ligados a este período. Su primo Isaac actúa en muchas ocasiones como marchante para él, le localiza piezas, interviene en subastas... Moïsse frecuenta a los mejores anticuarios de París, derriba la casa de los Camondo en el centro de ciudad y levanta un palacete en el que alguna de sus estancias se hace a medida del mobiliario que ha comprado. Allí vivirá con su esposa, de la que se divorciará más tarde, y con sus dos hijos: Nissim (al que da el mismo nombre de su abuelo) y Béatrice. Cuando su hijo caiga en el frente y Béatrice deje, al nacer su sengundo hijo en 1923, el palacete del número 63 de rue Monceau, quedará solo, rodeado de su querida y frágil colección, y sin salir apenas de aquella casa.
Su primo Isaac muere en 1911; él lo hará, abrumado por la soledad y la tristeza en 1935, no sin antes otorgar un testamento en el que la República será legataria de todo aquel conjunto artístico que ha ido acumulando a lo largo de su vida. Deja escritas disposiciones muy claras y terminantes: quiere que el tiempo se detenga en aquel espacio; que todo quede como él lo ha conservado; que la ciudadanía pueda acceder a aquel patrimonio artístico de valor incalculable. Y quiere que todo ello conserve para los años venideros el nombre de su hijo: Así nace el "Museo Nissim de Camondo".
Cuando Nissim muere en 1917, su padre sabe que, junto con el avión estrellado en el frente de la Lorena, también ha desaparecido la posibilidad de dar continuidad a aquella pasión suya por los elegantes objetos del siglo XVIII, compartida con cierta complicidad con su hijo. Béatrice, la hermana de Nissim, tiene una afición bien distinta y menos trascendente: los caballos. Participa en concursos de equitación del más alto nivel y destaca como una extraordinaria amazona en el período de entreguerras. Se casará con el músico Léon Reinach, con el que tendrá dos hijos, Fanny, nacida en 1920 en el palacete de la rue Monceau; y Bertrand, que viene al mundo en 1923.
Los supervivientes de la saga de los Camondo, emparentada ahora con la familia Reinach, asisten imperturbables al desmoronamiento de Francia y al episodio de colaboración con el invasor nazi. Béatrice no atiende ninguna advertencia; no alberga ningún temor. Durante la ocupación todavía puede ser vista galopando por el Bois de Boulogne y continúa compitiendo: No concibe que pueda sucederle nada a pesar de la aprobación del Estatuto Judío por el régimen de Vichy; forma parte de una familia que ha sido una gran benefactora de Francia, que ha volcado su fortuna en labores benéficas, que ha combatido incluso por el país del que se siente parte y es ciudadana. Es el país en el que ha nacido ella y también sus hijos. Béatrice no huye. Los Reinach-Camondo no huyen.
Ella será detenida junto con su hija en 1942. León Reinach y su hijo Bertrand son detenidos también en la "zona libre" en la que se encuentran. Internados inicialmente los cuatro en Drancy, León y los dos chicos serán deportados finalmente a Auschwitz Birkenau en noviembre de 1943. Béatrice de Camondo, la última de los Camondo, será deportada al mismo campo de exterminio unos meses más tarde, en la primavera del año 1944.
Al recorrer las estancias del que fuera hogar de los Camondo, se llega a una estancia rectangular de reducidas dimensiones en comparación con el resto de las dependencias. A Moïsse de Camondo le gustaba comer allí, arropado por la intimidad y calidez que le proporcionaba admirar lo que atesoraban los grandes armarios acristalados que cubrían, desde el suelo al techo, todas las paredes: su colección de porcelanas. Piezas todas ellas delicadas, elegantes e intactas, decoradas con pájaros y aves exóticas. Sí, pasaron los años cubiertos de tragedia; el poder, el dinero de los Camondo, el honor de la familia, la generosidad y el sacrificio hechos por Francia, no fueron bastantes para frenar la ignominia y evitar el crimen. Pero las porcelanas de Moïsse siguen allí, casi transparentes, envejeciendo tranquilas tras haber cruzado varias veces los umbrales del tiempo con sus convulsiones, sus episiondios de odio, rencor y destrucción, y supongo que para intentar demostrar que los seres humanos somos eternamente inconscientes de nuestra fragilidad, mucho más severa que la de cualquier manufactura hecha en los hornos de Meissen o Sêvres.








B
ertrand Reinach, hijo de Béatrice de Camondo, fotografiado en 1938.
Asesinado en Auschwitz en 1943. Tenía 20 años.


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