martes, enero 5

Regreso

Ayuntamiento de París, en la mañana del 31 de diciembre de 2009

He vuelto a casa. Como el turrón, con frío y todavía en Navidad. Los días parisinos lejos del ruido al que estoy acostumbrado me han dejado nuevo, aunque todavía un poco aterido. No he tenido tiempo para todo. Quedaron por visitar muchas cosas, entre ellas, la casa de Edith Piaff, en Crespin du Gast. Pero pude ver otras: La nueva decoración años 70 de la sede del GODF en rue Cadet; y la casa de Moïsse de Camondo, en Monceau. Me ha dado tiempo a recoger una pequeña rama de acacia, nada más, porque desde noviembre último creo que he procesado una enseñanza básica: il y en a d´autre dans la vie -hay más cosas en la vida-.

Bajo el cielo opaco y pesado de una Francia que se deshoja me he paseado por los ángulos y largas avenidas de París. He visto lujosos escaparates en Place Vendôme y mendigos literalmente desparramados por el suelo, o dormitando en un vagón del metro entre la pestilencia de la miseria. He descubierto la Grande Épicerie de Paris en la rue de Sévres, enmarcada por la elegancia de los caros comercios de la rue du Bac; y también me he tropezado una y otra vez con la suciedad extrema con solera y la provocada por la celebración del año nuevo -le réveillon-: No hay escobas en París.

Estoy en mi casa. Al llegar tropecé, como viene siendo habitual, con dos horas de abandono en el aeoropuerto de Asturias, comunicado regularmente con el exterior a ratos sí, a ratos no. Pero estoy en casa inmerso ya entre legajos y maquinaciones a mayor gloria de la inocencia y la razón, según la jurisdicción de que se trate sea penal o de otro orden diferente. Sí, he vuelto.

¡A vivir!