miércoles, noviembre 11

Reflexiones...En el día del Armisticio


Fotografía tomada por Gérard Contremoulin y publicada en este blog por cortesía del autor.

Hoy ha sido día festivo en Francia. Se acaba de conmemorar el final de la Primera Guerra Mundial, materializado con la capitulación de una Alemania agotada y desnutrida, acosada por todos los frentes, incapaz ya de sostener el esfuerzo bélico que había desencadenado en el verano de 1914. Aquel episodio fue conocido como la Gran Guerra. Aquélla era la guerra que había de terminar con todas las guerras, tal fue la masacre. La realidad humana es sin embargo muy tozuda y no costó mucho demostrar poco tiempo después lo contrario: Ni aquella fue la última guerra, ni tampoco fue la más grande.
Recuerdo la primera vez que visité París ver todas las fachadas, más o menos oficiales, llenas de banderas tricolores. También he asistido como espectador a algún acto público de homenaje que me ha pillado por sorpresa en más de una ocasión en medio de la calle. Las huchas de "Le Souvenir Français" en el cementerio de Montauban el día de difuntos del año pasado me causaron también una gran impresión: en España no sería posible desplegar este tipo de actos recordatorios. Tampoco me extraña. Pero el caso es que al margen de las celebraciones y los aniversarios, no puedo dejar de pensar en cómo se repite siempre el mismo cuento. Las riadas de sangre anegan los caminos del mundo, guerra tras guerra. A una batalla siempre sigue otra todavía más estruendosa que la anterior Tras un muro, se levanta otro aún más alto, hilvanado de espinas y odio. Tras una amenaza llega otra aun más intimidatoria que la anterior. Es el lado trágico con que se viste la gran historia; la historia con mayúsculas que se esculpe en los libros de texto; la historia que escriben los vencedores y padecen los vencidos.
Pero al lado de los acontecimientos sonoros que merecen la posterioridad, perviven en el anonimato del tiempo y la eternidad las pequeñas miserias. Sí, toda esa ruindad que cuando crece y se hace grande, cuando adquiere la suficiente resonancia y proporción, es capaz igualmente de engendrar una catástrofe. En nuestra domesticidad convivimos con los que nunca tienen bastante; con los lacayos de su vanidad; con los que padecen el ansia de ser el nombre a pronunciar por todas las bocas; con los que nunca se equivocan y hacen de la verdad un rehén de su cama; con los que siempre tienen tiempo para todo y atesoran el de los demás; con los que ennegrecen su vida con el paso del tiempo y el pecado de la envidia; con los que no comprenden qué cosa es la prudencia, ni la verdad, ni el valor, ni qué es el día ni la noche. A menudo, sí, tenemos la desgracia de amanecer en medio de todo este desastre frente al que no cabe otra cosa que resistir y enfrentarse. O eso, o huir y perderse entre la niebla de la nada.
Sea como fuere, como alguien escribía hace pocos días, sirvan estas líneas "pour nos poilus", es decir, como un breve y pequeño homenaje a quienes, tanto en los grandes como en los silenciosos y pequeños momentos de la vida diaria, no huyeron -no huyen- dejando libre el campo a merced de la locura y la rabia, y comprendieron -comprenden- que hay veces en que es necesario sobreponerse a la barbarie y defenderse.

6 comentarios:

Ángel Requena dijo...

¿Y Ud. no conoce eso de que los cementerios están llenos de valientes?

Al Kaffir dijo...

El armisticio de la Gran Guerra en Francia fue el colofón a una serie de desastres militares que se remontan a Waterloo, pasando por Sedán hasta Charleroi, Verdún y La segunda de Marne. En estas batallas murieron muchas personas, pero resultó herido algo mas importante: el orgullo francés. Empezaron la guerra del 14 como la de 1870, con tácticas y estrategias que se remontaban a Bonaparte, pensando que la disciplina y el valor les permitiría vengarse de los "boches" por lo del Tratado de Fráncfort...vamos, que se tenían ganitas. Pero no pensaron que ahora las bombas no llevaban pólvora sino nitrocelulosa, Maxin había modificado una máquina de coser para que en vez de dar puntadas diera balas, que las alambradas ya no eran de hierro sino de acero y que los fusiles ya no eran de ánima lisa sino rayada. En menos de un mes el ejercito frances habia sido vencido y solo el apoyo primero britanico y luego norteamericano impidió que fuera borrado del mapa y Francia hubiera caido. La guerra se prolongó tres años mas pero Francia solo participo como apoyo y en retaguardia. Tal era el adebacle sufrido que los soldados yankis y de la Commonwhealt les hacían el chiste de "Soy frances, entonces me rindo". Cuando todo acabó fue Francia la que mas rabiosa estaba en la negociación del Tratado de Versalles. La humillación y el millón y cuarto de muertos se tomarón venganza en las duras condicioes impuestas a Alemania, el pago de cuantiosas compensaciones y la ocupación de la Rhenania que fue motivo del surgimiento de grupos radicales que se hicieron con el poder y, vuelta la burra al prau, volvieron a darle a Francia la del pulpo. Si, verdaderamente tienen mucho que recordar.

Ricardo Fernández dijo...

No comparto exactamente lo de que Francia sólo participó como apoyo en la retaguardia, pero tiene Ud. mucha, mucha, mucha razón.
Tuvieron sus arrebatos de ingenio con aquello de los taxis de París en la Marne, pero no hay detalles terribles: Francia empezó la guerra con sus soldados todavía vistiendo bombachos rojos. Los alemanes, en plento verano, los cazaban como conejos. Un detalle que luego volvió a repetirse en España, con los milicianos de Durruti vestidos con mono azul camino de Zaragoza, cazados también como conejos por la tropa de Cabanellas.
Todo el mundo tiene siempre mucho que recordar, sobre todo para que no vuelva a pasar.

Ricardo Fernández dijo...

Perdón, donde pone que "no hay detalles terribles", quiero decir, evidentemete, que sí, que los hay.

Al Kaffir dijo...

También conocía el detalle de los soldados vestidos a lo "zuavo" no contando con que el alcance de las armas se había multiplicado por tres y ofrecían un espléndido tiro al pato. Pero mas me refiero a que los gobiernos y los ejércitos no aprendían de la derrota por puro chovinismo (pecado muy francés) y eso tenía dos efectos: primero cometer los mismos errores una y otra vez, hasta que alguien decía que había que hacer algo y simplemente lo hacían como si no hubiera pasado nada, y segundo, y yo creo que mas grave, la sangrías y perdidas que suponían esas derrotas hacia que lo militar se separara cada vez mas del pensar y sentir del pueblo, enrocándose en unos altos conceptos de valor, patriotismo y deber cuando el ciudadano medio solo sabía que se le había muerto un hijo luchando no sabía por que. Eso mismo pasó en España cuando se desangró en interminables guerras coloniales a lo largo del XIX provocando golpes y rebeliones como el del tineano Rafael de Riego o la semana trágica de Cataluña e incluso movimientos literarios como fue la generación del 98. Pero quiero dejar clara una cosa: Esta, digamos, manera de “hacer la guerra” es la que postularon los ilustrados del XVIII con su concepto de ciudadano-soldado muy a lo polis griega, era el ciudadano el que tenía de defender la patria (otro concepto ilustrado) porque era su deber. Antes la guerra se realizaba a través de unos profesionales voluntarios y mercenarios que se activaban por capitanías cuando era menester. Si leísteis a Alatriste ya sabéis a que me refiero.
Fueron los movimientos obreros socialistas y anarquistas los que se alzaron contra las instituciones militares para que los trabajadores no lucharan por las prebendas y privilegios de clases altas y militares sino por la instauración de un gobierno proletario. Santiago Carrillo decía que se apuntó al partido comunista cuando visitando la URSS vio a los trabajadores desfilando con fusiles como señal de que ellos mismos podían defender la nación. La realidad terminó imponiéndose, todos los ejércitos obreros terminaban sucumbiendo ante su inefectividad, pésima dirección e indisciplina. Si con el ejército al uso te mataban un hijo con el ejército del pueblo te mataban tres.
Finalmente todo se reducía a que la clase militar temía perder status y privilegios si la masa pública adquiría demasiado poder, de ahí surgieron figuras como Franco, simplemente buscando que la cosa no se moviera mas que siguiendo un ideario fascista. Aquello produjo una fisura que ha tardado muchos años en suturar y aun así sigue habiendo un cierto recelo.

Ricardo Fernández dijo...

Bueno, aprender de los errores no es una virtud en la que nos prodiguemos mucho. Creo que nunca ha dejado de ser cierto que tropezamos más de dos veces en la misma piedra. Y eso me parece que es válido para los franceses y también para los alemanes. Y para muchísimos más, qué duda cabe.
Si le diré que me ha gustado mucho cómo analiza la cuestión relativa a "la nueva forma de hacer la guerra". Me ha gustado entre otras cosas porque nunca había leído una exposición en ese sentido y me ha permitido examinar el tema desde un punto de vista que no se me había ocurrido. A priori le tengo que decir que no estoy de acuerdo con Ud. en todo. Quiero decir que la nueva forma de hacer la guerra, ese concepto ilustrado que luego defendieron en España figuras como Gutiérrez Mellado o Felipe González, trajo causa de los viejos modos de hacer la guerra. Es verdad que el hecho de introducir el sistema de levas, y el reclutamiento de todos los "enfants" de la patrie en general implicó ejércitos de mayores dimensiones. Y que antes se moría uno y luego tres. Pero creo que la mortandad no se debe exactamente al modelo dereclutamiento, sino, por una parte, a un proceso extremadamente convulso (el siglo XIX fue tremendo) y al vertiginoso desarrollo de nuevas armas, tácticas, estrategias... Las ciencias adelantan que es una barbaridad, y las ciencias bélicas, más aun.