viernes, julio 17

Democracia y constituciones


La democracia es un sistema de administración de la cosa pública incompatible con el hambre, la miseria o la ausencia de una mínima instrucción pública. Sin embargo, más frecuentemente de lo deseado, se escucha, percibe y lee que la mera tenencia de una constitución equivale a garantizar la existencia de un sistema democrático, y todo con independencia de que se trate del país más pobre de la tierra, o de cualquier potencia económica cuya población se halle embotada por la ingesta de la parrilla televisiva, nuevo rostro de la ignorancia en las sociedades que dicen ser desarrolladas.

El origen de esta confusión se pierde en la ingenuidad de los redactores de la vieja Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, quienes en el caluroso verano de 1789 pensaron que, frente a la arbitrariedad con que actuaban los poderes absolutos de entonces, la existencia de unas mínimas garantías indivduales requería de su plasmación en un texto constitucional. En una aparente lógica consecuencia, allí donde no existiera respeto para esos principios que comenzaban a ver la luz, no existiría tampoco una constitución.

Los sátrapas del mundo actualizaron y depuraron sus técnicas de dominación y demostraron pronto lo erróneo de la operación lógica de los diputados franceses. En nuestros días hasta las dictaduras religiosas se han dotado de textos constitucionales. Por tener constitución, hasta el régimen de Franco contó con un Fuero de los Españoles, aplicable a nuestro reino a pesar de que del monarca, en aquel momento, ni se sabía ni se le esperaba. Los países que conocimos como "Bloque del Este", donde se soñó la pesadilla del socialismo real, también contaban con constituciones diseñadas como planes quinquenales. Y es conocida igualmente la práctica de algunos mandamases, que llegaron a encargar la redacción de sus tablas constituyentes a algún "prestigioso" jurista extranjero. De constituciones sabemos mucho en nuestro tiempo: desde Chávez y sus palmeros a los nuevos oligarcas hondureños, pasando por Fidel Castro, todo el mundo termina exhibiendo un texto constitucional ante las cámaras de televisión, invocando de paso al Altísimo si la intensidad política del momento así lo exige.

Pero cuando el totalitarismo aprendió a elaborar textos constitucionales abordó también una nueva exigencia que se le hacía: las elecciones ¿Cuántas veces no hemos oído eso de que aquel país o el otro no son libres porque no celebran elecciones? De este modo, los procesos electorales son presentados también con más frecuencia de la deseada como otra de esas pautas que nos permiten diferenciar una sociedad políticamente libre de otra que no lo es. Sin embargo se quiere olvidar que hay países como Zimbawe que no sólo convocan a las urnas, sino que lo hacen en un clima de pluralidad política en el que la oposición siempre acaba derrotada y clamando ante la comunidad internacional. En España, el ya citado general con voz de pito, se sometió en un par de ocasiones a un referendum sobre su continuidad que superó sin mayores problemas. Cuba celebra elecciones cada cinco años para cubrir los puestos de los "Poderes Populares" . Y hace escasos días pudimos asistir a los disturbios en las calles de Teherán, provocados por una parte de la población, descontenta aparentemente con el resultado de unos comicios celebrados con "todas las garantías".

Lo sucedido en Honduras, en Italia y en Irán durante estas últimas semanas, me ha llevado a preguntarme acerca del concepto mismo de democracia ¿Quién la defiende realmente? ¿Cuántos entienden -entendemos- realmente de qué se trata? No vayamos lejos. Veamos qué sucede en la vieja Europa. Hagamos un repaso hasta encontrar a algún mandatario caprichoso, votado masivamente y que usa las instancias del poder a su antojo. Busquemos hasta encontrar a alguien que haya sido capaz de modificar la legislación para declarar prescritos los delitos que presuntamente ha cometido; alguien que sea inmune ante toda exigencia de responsabilidad ¿Será eso democracia?

Del mismo modo que hace pocos días comentaba que de un tiempo a esta parte todo el mundo se ha convertido en un encarnizado defensor del laicismo, otro tanto sucede a escala internacional con la democracia. Hasta Pinochet era un demócrata convencido. Y seguramente también el Comandante Fidel. Hay democracias en el mundo que siguen levantándose sobre las mazmorras, sobre los oprimidos, sobre la injusticia, el hambre, la enfermedad, la guerra, la explotación de unos por otros. Desde hace tiempo -y ahora más que nunca- la mayor parte de las tiranías ocultan su mal olor tras palabras que suenan bien: elecciones, constitución... ¡Y ya se atreven con los Derechos Humanos! : La China Popular, que acaba de firmar un acuerdo de cooperación con el dictador Robert Mugabe, se vende al exterior y en Naciones Unidas como un adalid en la defensa de los derechos de las personas.

Quizá sea éste uno de los grandes retos de la nueva política ahora que dicen que las ideologías han muerto: Reivindicar la verdad frente a todo lo falso. Reencontrar los antiguos principios humanistas que alumbraron los ideales sobre los que se asienta el respeto mutuo de los individuos que forman parte de una colectividad. Puede que en nuestro tiempo tengamos una importante tarea por delante para, más allá de las ideas y políticas de gestión económica, reencontrar el camino perdido y evitar con ello que a cualquier cosa pueda ser llamada democracia, o que los crímenes de Estado dejen de serlo.