martes, marzo 3

Todavía con estas


El recien nombrado ministro de Justicia, Francisco Caamaño, ocupaba anteayer algunos segundos del telediario al haber sido grabado mientras votaba en el municipio de Padrón. Pero Caamaño ha sido noticia con anterioridad y no precisamente por su nombramiento o primeras gestiones: Hace algún tiempo, siendo Secretario de Estado, fue fotografiado con otras personas, entre las que destacaba Luis Racionero y Josep Corominas (anterior Gran Maestro de la Gran Logia de España), formando parte del Jurado de un concurso sobre la Alianza de Civilizaciones convocado por la conservadora obediencia masónica.
Poco tiempo ha hecho falta para que desde determinados sectores políticos se dieran las oportunas instrucciones a los medios de comunicación afines. O viceversa. Algunos de esos instrumentos mediáticos exhibían como una gran exclusiva la fotografía en cuestión, a modo de ilustración gráfica y prueba fehaciente de aquello que llevan sosteniendo desde hace tiempo: el carácter masónico del actual gobierno, atribuyéndole al adjetivo, además de un severo tono de reproche, una carga negativa difícil de entender si no habláramos de España.
Ha habido obsesiones de todo signo en la historia. Obsesiones en torno a algunas cuestiones, palabras y conductas que han sido utilizadas por las posiciones dogmáticas de todo signo para descalificar al adversario o al enemigo, según el caso. Por ejemplo, Don Manuel Azaña, hombre que prolongó durante mucho tiempo su soltería, era acusado por la reacción de los años treinta de ser un empedernido homosexual. Luego llegaron los tiempos en que se le caricaturizaba con el mandil, o se le intentaba ridiculizar contraponiendo la pura racionalidad que representaba a la parte más espectacular de una masonería mal entendida y mal explicada: Un hombre tan cerebral que se dejaba someter por la secta a ritos macabros y ridículos.
Los años pasan pero las etiquetas siguen teniendo su valor. A un ministro se le pone en la picota por aparecer en una fotografía delante de un cartel con el compás y la escuadra; Jerónimo Saavedra, alcalde de Las Palmas - y que también aparecía en la misma instantánea- ha vuelto a ocupar espacio en los medios de comunicación explicando otra vez eso del secreto, la discreción y la inocuidad de la entidad a la que pertenece desde hace tiempo, como ha reconocido con valentía.
La eterna pregunta: ¿por qué el carácter negativo de la masonería? ¿por qué esta etiqueta predilecta de posiciones intolerantes cae como una ruidosa losa sobre sus víctimas?
Me resulta una simplificación difícil de digerir echarle todas las culpas a los diferentes regímenes totalitarios que, desde las monarquías absolutistas -ilustradas o sin ilustrar-, hasta las dictaduras de mesa camilla, han recorrido los siglos de España. Algo ha debido de calar sin duda tras tan magnífica labor de propaganda. Pero algo de responsabilidad tiene la propia masonería escrita con minúsculas. Algo de culpa tiene para que por una parte importante de la sociedad se ignore casi todo, se mal interprete casi todo o no se entienda nada.
Habrá que preguntarse si realmente desde las diferentes organizaciones que integran eso que se llama masonería se hace algo para que la percepción cambie. Habrá que preguntarse si el hecho de que se siga vetando la entrada a una parte de la población por razón de su sexo, ayuda a que la percepción de esa sociedad, para la que en principio se hace todo el esfuerzo, sea positiva. Habrá que preguntarse si el hecho de que algunas entidades practiquen la segregación de sexos ayuda también a que la imagen sea buena, y la ciudadanía no se asuste cada vez que hay un ministro, un alcalde, un albañil o un electricista masones. Habrá que preguntarse si contribuye a algo bueno el hecho de que continue la adoración del misterio, el trasiego de cirios, el culto a la envoltura que se prodiga cuando tras toda la parafernalia no hay nada; cuando se rechaza o encorseta el debate sobre cuestiones sociales; cuando se piensa que el simbolismo o la tradición son casi conjuros para aprender a volar hasta el Valle de los Reyes en un soberbio viaje astral; cuando importa más estar tieso como un palo al hablar que aquello que se dice; o el color de la indumentaria y la rectitud de la pajarita que el respeto a la libertad de cada individuo.
Decía Jean Michel Quillardet el año pasado que había que salir a la calle. Que había que perder el miedo a reconocer de qué formaba parte cada uno de nosotros. Lo decía alguien que integra una Obediencia que se ha caracterizado por no tener temor al espacio exterior; por no ahogarse con el aire; por no quedar ciega con la luz, pero que tampoco está libre de alguna limitación anacrónica. Ya está bien de recurrir, para buscar el timbre de nobleza y prestigio, a recitar la lista de hombres buenos -y alguna que otra mujer- que lo dieron todo por los demás: Si no tenemos más que ofrecer que el ilustre pasado, difícil será vivir un presente o construir un futuro. Y más difícil será que el hecho de que alguien forme parte de una Logia deje de ser una nota excéntrica en su biografía, o la prueba fehaciente de que trabaja para el imperio del mal.