domingo, enero 25

La discriminación no cesa

Esta mañana me sorprendía este breve artículo. Aparte de la realidad de los hechos, comprobados una y otra vez, y de la constatación de las resistencias ante la igualdad reivindicada, me llamaba la atención el razonamiento jurídico del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Lean y admírense.

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Los episodios recientes suscitados por el vestuario y el maquillaje de la ministra de Defensa, Carme Chacón, o por la imagen manipulada de la portavoz parlamentaria del PP, Soraya Sáenz de Santamaría, muestran que la discriminación de la mujer no cesa. Cuando las mujeres ocupan el poder por sus propios méritos, de la entraña de la sociedad, a través de los medios más cavernícolas, surge la necesidad de ridiculizarlas por aspectos que nunca se utilizarían para cuestionar a los hombres.

Las mujeres están excluidas masivamente de puestos directivos. Incluso IU incumple la paridad legal Cuando ellas ocupan el poder por mérito propio, desde la entraña de la sociedad surge el intento de ridiculizarlas

Es cierto que, mundialmente, la desigualdad es más llamativa. La noticia de que en octubre de 2008 Asha Ibrahim, una niña de 14 años, fue lapidada en Somalia por mantener relaciones sexuales sin estar casada, tras ser violada por tres hombres, conmueve las conciencias. Como la de que el 80% de las aproximadamente 700.000 personas sometidas en el mundo a tráfico humano o esclavitud son mujeres y niñas, o la de que en Egipto, durante los seis primeros meses de 2007, murieron más de 200 mujeres a manos de sus familiares, cuando la cifra de unas 70 mujeres fallecidas en España por violencia de género en 2008 ya resulta horrorosa.

Hay países donde niñas con menos de 10 años son vendidas. Es conocido el caso de Hadijatou Mani, una nigeriana que, a sus 12 años, fue vendida al precio equivalente a 320 euros por el amo de su madre -también esclava- a un terrateniente que la golpeó y violó más de una década, hasta que en 2003 una ONG logró su liberación. En España, el grado de igualdad existente entre hombres y mujeres exige recordar de dónde venimos: de una dictadura en la que predominaban personajes como el militar psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, nombrado por Franco director del Gabinete de Investigaciones Psicológicas, que consideraba que "las hembras no estaban facultadas para la lectura de libros", a no ser los de carácter religioso, según reveló Vicenç Navarro (EL PAÍS, 24 de diciembre de 2008). Eran tiempos en los que resultaba más delictivo el adulterio si lo cometía una mujer y en los que a las niñas se las educaba para su papel subordinado en la familia patriarcal, con el plus del Servicio Social, mili femenina que completaba la sabiduría doméstica y casta de las futuras esposas.

A las mujeres -incapaces legalmente de comprar una lavadora sin la firma del marido- les estaba vedada la milicia, la mina, la policía o la judicatura. Que la Iglesia católica, piloto de las conductas patrias de la época, les negara el sacerdocio -como sigue negándoselo ahora- proporcionaba coherencia y arraigo al resto de las desigualdades. Todavía en nuestros días, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha justificado la obligación de las enfermeras del hospital San Rafael, de Cádiz, de vestir falda, cofia y delantal, por "la finalidad de dar a la clientela una buena imagen de la empresa", decisión judicial que evoca otra que avaló la jubilación anticipada de las azafatas femeninas de una compañía aérea, dada la conveniencia de que las mujeres que atendieran a los viajeros fueran jóvenes y lozanas.

La dificultad con la que avanza la equiparación plena de los hombres y las mujeres parece como si partiera de una diferencia ancestral entre ambos sexos, "natural", según algunos. Sin embargo, la concepción jurídica, al menos teórica, de la igualdad hombre/mujer, tiene más de dos siglos: como ha recordado Nicole Muchnik (La otra declaración de derechos universales, EL PAÍS, 17 de diciembre de 2008), la francesa Olympe de Gouges redactó en 1791 la primera Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, réplica a la revolucionaria declaración de 1789, en la que ni se mencionaba a la mujer. La declaración de 1791 -que costó a su autora ser guillotinada- comenzaba proclamando: "La mujer nace libre y, en derechos, permanece igual al hombre".

Transcurridos 218 años, las mujeres aún no se han equiparado a los hombres. En España siguen sin obtener las mismas remuneraciones que los hombres por idéntico trabajo; llevan sobre sí la sobrecarga de las tareas domésticas sin que la legislación sobre conciliación de la vida laboral y familiar lo remedie; están excluidas masivamente de los puestos directivos; sólo 4 de los 43 sillones de la Real Academia Española los ocupan mujeres; de 96 integrantes del Tribunal Supremo únicamente 7 son magistradas; la paridad establecida por la Ley de Igualdad se incumple incluso en formaciones progresistas, como Izquierda Unida: su Consejo Político eligió recientemente a 7 mujeres para un Ejecutivo de 23 miembros.

Y nadie crea que la actual presencia femenina en actividades que venían siendo masculinas ha tocado techo. ¿Cuánto tiempo queda para que las mujeres compartan con los hombres los equipos de fútbol -también la selección nacional-, baloncesto y otros deportes? La igualdad de sexos está todavía muy lejos. -

4 comentarios:

Al Kaffir dijo...

Cuando se quieren meter ideologías a presión a veces es natural que se creen aversiones que de otro modo no surgirían. Antaño se nos obligaba a oír misa, confesar y comulgar, cosa que, al menos a mí, me causaba gran enojo y trataba de escaquearme cuando era posible haciendo oídos sordos a las voces del poder en cuestión que buscaba el bien común y la salvación de mi alma. Mayormente no conseguía eludirlo.
Ahora el gobierno viene y a golpe de decretazo y porque lo digo yo quiere forzar una ley de paridad con esa mala actitud de “invitar y no pagar”, o sea, a él le sale gratuito, el problema es de los demás. Es como si alguien pica a tu puerta y te dice que por orden del altísimo, de su majestad o del señor alcalde se hace saber que tienes que tener un número “x” de hijos, una habitación debe estar pintada de un color determinado o que metas en tu casa a vivir a una familia de pingüinos emperador porque donde viven hace mucho frío.
Lo que para algunos es una deuda ineludible, un deber con una gran parte de la población o una obviedad para otros es una injerencia, una imposición o un capricho y eso se puede no compartir pero se debe entender, sobre todo cuando se quiere obligar al otro a cambiar y eso se hace a base de sentarse con el y hablar y no imponer.
La mujer ya ha demostrado con creces su capacidad y, si bien es cierto que podría tener una mayor representación, ya ha alcanzado puestos de dirección y altos cargos políticos por sí misma, por su valía. Si ahora resulta que los puestos los consiguen por imperativo ideológico, no colocando al más válido sino al que políticamente conviene, no solo ponemos a alguien que puede no valer sino que se va a crear un sentimiento de aversión hacia esa persona por considerarla poco digna de confianza ya que debe su puesto a un grupo político ajeno y no a su promoción natural desde dentro.
Este país es muy reacio a los cambios radicales, la historia está ahí para demostrarlo. Sin embargo con un poco de paciencia y tesón lo puedes convencer de cualquier cosa. No necesitamos un ministerio de Igualdad (que a pesar de él en noviembre el Foro Económico Mundial informaba que España ha perdido siete puestos en el ranking global de Igualdad y que la Sra. Aído no quiso valorar por lo que se deduce que más que un ministerio de Igualdad es un ministerio de “Igual-dá”) que nos venga a colocar cupos. La mujer a sabido siempre mostrar lo que vale y seguirá hasta llegar a donde merezca estar por su capacidad, basta con no ponerle obstáculos en el camino. Pero no de una manera agresiva, queriendo subyugar cualquier decisión a ese interés por encima de cualquier otra consideración. Evitemos esas prisas que no conducen a nada más que a desentendimiento y crispación, ese “aquí y ahora” del que el autor del texto parece tan partidario y que, según parece, no tiene mucha idea de deporte.

Rosa Mutábilis dijo...

Al Kaffir discrepo con usted; su discurso me suena "muy paternalista". La ley de paridad es totalmente necesaria, de otro modo jamás caminaremos; las mujeres estamos hartas de elogios, y de palmaditas en la espalda, ya va siendo hora de que nos coloquemos en el lugar que nos corresponde, por supuesto que habrá errores, pero... ¿cuántos errores hemos tenido que soportar en la ley perpetua de imparidad?

Rosa Mutábilis dijo...

Quise decir: " en el imperio perpetuo de la ley de imparidad".

Virginia Wolf: " Las mujeres han servido durante todos estos siglos como espejos que poseyeran el poder de reflejar la figura del hombre a un tamaño doble del natural".

¿Cómo es posible que algunos hombres aún no se sientan avergonzados de tantos privilegios perpetuos? ¿Cómo tan ofendidos por un pequeñíiiiiisimo impulso?

Ricardo Fernández dijo...

No había seguido este debate hasta hoy, que he leído vuestras intervenciones y que me parecen muy interesantes.
Al Kaffir, le veo muy bien intencionado y muy esperanzado en que el futuro nos acercará la ansiada igualdad. Y creo que abre a la vez que expone sus argumentos un debate nuevo pero muy viejo: ¿Hasta dónde puede llegar un poder público?
La verdad es que yo veo la cosa de otra forma: ¿Qué hay de la eterna cuota masculina? Porque en mi opinión existe una cuota masculina sustentada y mantenida durante siglos. Con independencia de la buena, regular o mala gestión de Bibiana Aído, hay una realidad difícil de discutir: Empezamos a ver mujeres ejerciendo de conductoras en autobuses -¿cuánto hace?-; empezamos a ver mujeres ocupando espacios en los que tradicionalmente había exclusivamente hombres pero... ¿Cuántas mujeres válidas no han accedido a puestos de responsabilidad por el hecho de ser mujeres? ¿Son mayoritariamente incapaces para ocupar puestos de responsabilidad?
En mi opinión hay una cuota masculina inamovible y creo que los poderes públicos tienen que hacer cuanto sea necesario para corregir esa situación.
Hay una certeza: en la empresa privada (también en otros ámbitos) a la mujer apenas sí se le deja un mínimo resquicio para que acceda a los puestos de dirección, luego está muy claro que el factor hombre-mujer sigue pesando para decidir determinadas cosas y eso no puede ser asumible en ninguna circunstancia.
El día en que entremos en el Corte Inglés y no veamos este esquema de cosas que voy a describir luego, algo habrá cambiado, no sé si por efecto de la ley de paridad, por otra norma que se alumbre en el futuro, o sencillamente, porque hemos alcanzado un estadío más en nuestra madurez democrática.

Estado de cosas existente que todo aparentemente todo el mundo ve normal:

Entras en El Corte Inglés y ves a los jovencitos vestidos con pantalón azul o negro y camisa blanca, empujando los carritos. Son los salarios más bajos. No hay mujeres que empujen los carritos (supongo que carecerán de fuerza o generará mala imagen).
En las cajas sólo hay mujeres, vestidas con un uniforme...
En ventas hay mayoritariamente hombres. Las mujeres llevan también uniforme, pero diferente al de las cajeras. En atención al cliente son mayoría las mujeres que llevan también uniforme. Tengo siempre la sensación de que son gallinas ponedoras... ¿Y quién las controla? ¿Quién supervisa?: señores en su grandísima mayoría, de cierta edad, que quieren ofrecer no sé si la imagen de la autoridad, de la eficiencia... Señores vestidos no de uniforme sino de traje y corbata... ¿Y cuántas mujeres se sientan en el Consejo de Administración?