miércoles, octubre 15

Negros paraguas de intolerancia


En el 2002 las fuerzas vivas sacaban así a las mujeres que querían desfilar en El Alarde de Irún. Ahora, tras la intervención de la justicia profana, ya pueden participar en la fiesta, arropadas por el negro plástico de la intolerancia. Sentémonos a reflexionar otro par de siglos. A lo mejor hasta las cosas cambian solas y todo...


Negros paraguas de intolerancia

Un artículo de EMILIO ALFARO

Algunos vecinos de Hondarribia -la mayoría, se dicen- han añadido un nuevo uso a los muchos que ya tienen los paraguas: el de metáfora del desprecio y el ostracismo para otros de sus conciudadanos y conciudadanas -una minoría, dicen-. Su pecado, como en la vecina Irún, negarse a aceptar el papel que una tradición momificada ha asignado a la mujer en los alardes. No han querido ser sólo cantineras, han pretendido ser también tropa en el desfile, con escopeta y pífano, y su deseo se ha convertido desde hace tiempo en motivo de grave querella vecinal.

Han quedado atrás, por fortuna, los años de las agresiones e insultos a las sacrílegas y sus secuaces de las compañías mixtas. El reproche se ha sofisticado. A los zarandeos le ha sustituido en Hondarribia otras formas más modernas de desprecio. El I+D aplicado al escarnio: volver la cara a los herejes cuando desfilan, crear a su paso un muro de plástico negro que remarque su segregación del pueblo auténtico, colocarse caretas de personajes de Disney para no verles y, la última innovación, un desfiladero de paraguas de rechazo; negros, por supuesto.

Les recomiendo que vean las fotos publicadas esta semana y traten de imaginarse cómo son las personas que han desplegado a su espalda los paraguas como si quisieran poner un burka a quienes han osado salirse de las normas establecidas. La mayor parte son mujeres, seguramente buenas personas, amables y educadas el resto del año. Pero sus sentimientos se nublan el día del Alarde ante la visión de otros vecinos que se han salido del carril para ejercer su derecho a participar en la fiesta mayor del pueblo fuera del papel prefijado por la santa tradición.

La imagen de las mujeres y hombres de las compañías mixtas de Hondarribia e Irún desfilando precedidas por agentes antidisturbios de la Ertzaintza es más que una anécdota anual. Invita a preguntarse por las raíces intolerantes de unos comportamientos sociales que desbordan el marco de las celebraciones festivas en que se manifiestan; por esa dicotomía no superada de modernidad y atavismo que desazonaba a Julio Caro Baroja y que recorre tantos aspectos de la vida de nuestro país; por la naturalidad con que se asume, en nombre de costumbres más o menos ancestrales, comportamientos que repugnan a esas mismas personas cuando se sitúan en otro contexto diferente.

El virus de la tradición, de la consideración de lo conocido en la corta experiencia de una vida como herencia inviolable de los ancestros, no distingue ideológicos; afecta casi por igual a gente de derecha e izquierda, a constitucionalistas y abertzales en sus diferentes gradaciones, y a apóstoles de la libertad de decisión en otros ámbitos. Personas de indudable talante progresista de Irún y Hondarribia se han lamentado en público por la mala imagen que se habría proyectado de los alardes tradicionales, achacándola a que no se entiende desde fuera la esencia de la celebración, porque "hay que vivirla para entenderla". Sin embargo, se resisten a admitir que si cuesta tanto explicar una actitud, a lo mejor se debe a que es poco explicable.

Hay un aspecto del asunto que llama todavía más la atención: el ostentoso lavado de manos de las autoridades concernidas. Los dos ayuntamientos, uno gobernado por el PNV y otro por el PSE, se han sacudido el problema desvinculándose de la organización de los alardes y privatizando en la práctica la fiesta mayor de la localidad, pese a que discurra por los espacios públicos de ambas localidades e involucre a todos los servicios municipales. Así se evitan responsabilidades ante la justicia. Pero los alcaldes y los equipos de gobierno se cuidan mucho de que se vea que su predilección es por el Alarde tradicional, el que respalda la mayoría. Donde hay votos en juego, que se aparten los derechos.

Tampoco ha sido mucho más lucida la actuación en el debate de las otras instituciones y dirigentes del país, que deberían velar porque puedan ejercerse en todos los ámbitos derechos reconocidos por la Constitución y por leyes específicas del Parlamento vasco. ¿O no fuimos campeones de la igualdad aprobando una ley que sorprendió al mundo por su progresismo? Pero su inhibición desde que se planteó el problema en los noventa ha sido escandalosa. Que acudan el Ararteko y la directora de Emakunde en nombre de todos a respaldar testimonialmente a las díscolas y díscolos de Hondarribia e Irún y nos eviten comprometernos en un asunto en el que no hay nada que ganar.


A lo mejor los alardes son sólo un síntoma de que la Euskadi de los biogunes y los centros tecnológico no termina de ajustar cuentas con un pasado resistente a la modernidad y que se refugia en tradiciones más o menos populares. Tan populares como algunas sociedades gastronómicas y cofradías que siguen vetando a las mujeres, sin que los políticos de todos los colores que acuden a ellas se quieran dar por enterados de esa anti-igualitaria segregación.