sábado, septiembre 27

Laïcité


LIBERTAD, igualdad, fraternidad: tres conceptos para asentar el edificio común, la casa de todos. 'Liberté, egalité, fraternité' son palabras que debieran estar escritas en la raya del horizonte de todas las utopías. Se sobran y se bastan para que el Contrato Social tenga viabilidad y, por lo tanto, la convivencia sin exclusiones en el territorio común de la existencia. Y esto es así puesto que: a) «Nadie es más que nadie, porque -y éste es el más hondo sentido de la frase-, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre» (A. Machado); b) porque la libertad de uno empieza donde termina la de los otros, y c) porque la Tierra es la casa común y los que la habitan son familia.
Al margen han de quedar los territorios personales donde cada quien es muy dueño de tener su alma en su almario y de levantar un altar al dios que le ayude a atenuar sus temores existenciales, o a explicarle el sinsentido de la existencia o a hacerle sentirse un elegido para el reino de los cielos, que vete a saber cuándo le llegará. En la Tierra, en cambio, en el territorio común, en la 'res publica' -en la 'cosa pública'- no hay lugar para el reino de los cielos y sus representantes, porque Dios llueve para todos y la hierba que crece con la lluvia debiera ser pasto común para todo el rebaño, sin exclusiones. Y esto solamente se consigue con la laicidad. Sin ella, el espacio de todos deja de serlo y la libertad ya no es 'liberté'.
Un ejemplo de estos días: los que aspiran al Reino de los Cielos, cuando acotan unas aulas y un tiempo en el territorio comunal de la escuela, exigen que los otros permanezcan recluidos mientras ellos atienden a la palabra de su dios.
Hasta ahora, las narices ultramontanas venían percibiendo un cierto olor a azufre del Averno en el laicismo. Pero hete aquí que el Papa de Roma y el presidente de la République se han reunido en 'egalité' y han hablado en 'liberté', aunque no hayan llegado a la 'fraternité'. Se han puesto de acuerdo en que otra laicidad es posible: «¡une laïcité positive!». Cuando Benedicto XVI estaba al frente de la Doctrina de la Fe, lo había dejado claro: «una laicidad sana, es decir, positiva. La fe no es algo puramente privado». Pero, ¿por qué adjetivar esta conquista republicana? ¿Para dejar a la izquierda del Padre a los laicos enfermos y negativos? Eso no es 'egalité' y mucho menos 'fraternité'. Lo que sí hay que reconocer como laicamente loable es el gesto de 'egalité' de la primera dama (¡tan pecadora ella!: 30 amantes a sus 40 años), en el recibimiento al Papa de Roma, cuando le ofreció su hermosa y larga mano como esperando un ósculo papal en desagravio por tanta genuflexión femenina ante papas y demás soberanos.

1 comentario:

Rosa Mutábilis dijo...

Creo que la palabra "Laicité" no admite adjetivos; simplemente..."Laicité"...