sábado, septiembre 27

Asturias y Nicolás Salmerón (En el centenario de su muerte)


El 20 de septiembre se ha cumplido un siglo de la muerte de Nicolás Salmerón, almeriense que dio nombre a una calle gijonesa entre 1932 y 1937. Este político de talla extinta, uno de los presidentes del Gobierno que tuvo la breve República de 1873, fue además un reputado intelectual, cualificadísimo profesor de la Universidad Central y de la Institución Libre de Enseñanza, prestigioso abogado, articulista de la prensa periódica y gran orador, entre otras cosas. Salmerón impulsó en 1888 el periódico 'La Justicia' y tres años después y bajo su propia jefatura, el Partido Republicano Centralista.
El programa centralista defendía: la soberanía nacional y un régimen parlamentario representativo donde todos los cargos públicos -incluida la jefatura del Estado- fueran electos, amovibles y responsables; las libertades y derechos individuales más irrenunciables, entre ellos, el sufragio universal masculino y la libertad de cultos; la vigencia en las colonias de esos derechos políticos y civiles de los peninsulares; la extensión de los principios de igualdad y justicia al servicio militar (haciéndose obligatorio para todos, ya no podría ser eludido por los ricos previo pago), y a la fiscalidad (desaparecería el odiado impuesto indirecto de consumos y se implantaría un tributo directo que gravase la riqueza mobiliaria y territorial); la libertad de enseñanza y la gratuidad y obligatoriedad de la instrucción primaria (a cargo del Estado); la justicia gratuita y el juicio por jurados; la separación de la Iglesia y el Estado; una inconcreta «atención particular a los problemas sociales» y, finalmente, la «unidad orgánica de la nación española», sin que ello fuese óbice para considerar como «entidades autónomas, dentro de la nación», los municipios, las provincias y las regiones, ni para contemplar una eventual federación con Portugal.
En Asturias, el ideario salmeroniano gozó de gran predicamento, especialmente -aunque no sólo- entre las clases medias. El semanario 'Gijón', defensor de tales planteamientos, había visto la luz en la villa del mismo nombre ya en 1884, espoleado por Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos (uno de sus directores fue el médico Octavio Bellmunt). Asimismo, la línea ideológica que encarnaba Salmerón contó con la simpatía de un reputado plantel de profesores de la Universidad, el grueso del denominado 'Grupo de Oviedo' (del que habría llegado a formar parte si hubiera ocupado la cátedra de Historia Universal que obtuvo por oposición). Al crearse el Partido Centralista, su principal líder a escala regional fue el moscón Manuel Pedregal, pero su presidencia en Gijón recayó en Vicente Innerárity, cuñado Azcárate y uno de los fundadores en 1897 del diario'El Noroeste'.
En septiembre de 1893, Salmerón emprendió una histórica campaña de propaganda por Asturias. La lluviosa mañana del día 11 fue recibido en el Muelle gijonés por miles de asturianos de ambos sexos. Asistieron delegados y simpatizantes de los distintos partidos republicanos de Candamo, Grado, Pravia, Mieres, Navia, Vegadeo y otros concejos. También líderes de primera fila como Manuel Pedregal y Rafael María de Labra, afines al ideario salmeroniano. Al desembarcar, el filósofo almeriense fue acogido con el lanzamiento de varios cohetes y los acordes de 'La Marsellesa' en medio de un enorme griterío. Luego se alojó en casa de Innerárity, desde cuyo balcón pronunció nada más llegar un aplaudido y emotivo discurso de agradecimiento. A última hora de la tarde, el partido celebró una reunión en un abarrotado teatro de Jovellanos, entonces ubicado donde hoy se alza la biblioteca homónima.
El programa de excursiones diseñado para los siguientes días llevó a Salmerón por Soto del Barco, Salinas, Cudillero, Pravia y otros puntos, pero se trató más de un viaje de recreo que de propaganda. El miércoles, tras visitar una fundición de la zona, dio un mitin en Sama de Langreo. Los asistentes vitorearon al orador y profirieron gritos contra el caciquismo. El catedrático y sus amigos fueron obsequiados luego con un suculento banquete en el que se brindó por la unión de los republicanos. Después, tuvo lugar un acto en el Casino del Orfeón, con asistencia mayoritariamente obrera. Allí, Pedregal afirmó que la República mejoraría las condiciones de vida de los trabajadores y que el apoyo de éstos era necesario para la perfección de la propia República. Labra les insistió en la necesidad de que «desoyeran los consejos de los que querían hacer de la clase obrera un partido exclusivo». Y Salmerón protestó «contra un régimen que violaba y bastardeaba los derechos recogidos en las leyes» y aseguró que la solución radicaba en que «no se suplantara la voluntad del país por la de bastardos intereses», porque la conquista de los derechos de los obreros consistía «en que triunfase el poder del que trabajaba y declinase el de los que explotaban al trabajador». Estos discursos traslucían la preocupación que generaba entre los líderes republicanos el hecho de que los obreros empezaran a deslizar su apoyo hacia las ideologías libertaria y socialista, que al combatir el modo de producción capitalista y la sociedad de clases ofrecían perspectivas de redención más convincentes.
De nuevo en Gijón, el jueves se organizó en el teatro de los Campos Elíseos un mitin que resultó masivo; los pasillos y hasta los alrededores del coliseo se hallaban atestados de gente. «En los palcos hay muchas y elegantes señoras», precisó un diario madrileño. Las intervenciones reiteraron las ideas expuestas en Langreo y abundaron en otras. Salmerón puso el acento en la importancia de la instrucción, que consideraba fundamental para crear una conciencia ciudadana y hombres «justos y de razón», y prometió enaltecer el magisterio y «colocar el taller al lado de la escuela para que se forme el ciudadano útil al país». Más tarde, se organizó un selecto banquete de unión republicana, y entre los periodistas estuvo presente un jovencísimo -17 años- 'Adeflor', seudónimo del que luego fuera director de EL COMERCIO Alfredo García. Cuando en Madrid le preguntaron a Pedregal que qué impresión traía de Gijón, respondió: «Lo único que les puedo decir es que allí se comió muy bien». El domingo, Salmerón protagonizó en Oviedo el último acto de su gira por Asturias. Se hospedó en casa de Pedregal y se repitieron las mareas humanas, los sones de 'La Marsellesa', los cohetes, los vítores, las interminables salvas de aplausos y el clásico banquete de confraternización, en cuyos brindis habló de la necesidad de traer «una república nacional apoyada por todas las fuerzas vivas del país». Después de visitar con su familia Llanes y Covadonga, abandonó la provincia.
Como era de esperar -y como sucedió en 2001 con Pi y Margall-, el centésimo aniversario de la muerte de Salmerón ha llegado sin pena ni gloria; al menos fuera del mundo académico, que recientemente alumbró una monografía colectiva sobre su figura y que, en octubre, le dedicará un congreso científico en Almería. Lejos de ello, el recuerdo de su obra es pisoteado, como demuestra el indecente derribo del histórico jardín de la Institución Libre de Enseñanza, que con la enérgica repulsa de la plataforma ciudadana 'Salvar la ILE' se consumó impunemente en Madrid hace apenas dos meses.


SERGIO SÁNCHEZ COLLANTES INVESTIGADOR EN EL DEPARTAMENTO DE HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

1 comentario:

Rosa Mutábilis dijo...

Leí un artículo de Sergio Sánchez Collantes, creo que en La Nueva España, hace ya tiempo, y no lo olvidé, era sobre Rosario de Acuña; es una sorpresa muy agradable reencontrarlo.