viernes, julio 18

¡Oh Jerusalem!


Es el título de una novela que leí hace pocos años, escrita por Dominique Lapierra y Larry Collins, en la que se narra de una forma ágil y que yo encontré muy entretenida, el nacimiento del Estado de Israel. Cómo Golda Meir consiguió el dinero que sostendría el empeño del socialista David Ben Gurion; el pensamiento de Theodor Herzl y los orígenes del sionismo en la Europa de finales del XIX y principios del XX; cómo se articuló la votación en Naciones Unidas que autorizó la división de la vieja Palestina; los atentados valiéndose de bidones llenos de explosivo y clavos dirigidos contra la población civil; las voladuras de hoteles y edificios públicos con la consiguiente espiral de terror; la guerra; la incapacidad de egipcios y sirios; las fábricas de armas clandestinas; la importación de fusiles desde las industrias bélicas que el socialismo real había instalado en Checoslovaquia... Un libro recomendable para entender un poquito más el laberinto de Oriente Medio y toda la sucesión de conflictos sangrientos que han sacudido la zona desde el año 1947.
Viene todo esto a cuento de unas imagenes que no por esperadas me han causado menos impacto. Anteayer Hizbolah e Israel hacían un particular intercambio de prisioneros y cadáveres, y devolvía la organización palestina, en dos cajas negras, a los soldados capturados en una incursión en su territorio hace dos años y que desencadenó los bombardeos indiscriminados en Beirut contra la población civil. Este episodio me viene a la memoria con bastante nitidez porque recuerdo al representante de la Logia del Gran Oriente en la capital libanesa, hacer un emocionado repaso ante las delegaciones que se reunían en 2006 en La Rochelle, a la tragedia que se vivía en aquellos días en un país que había prolongado durante veinte años una guerra civil inagotable y que no terminaba más que de tocar con la punta de los dedos la ansiada paz. Hoy dos años después, han cesado los bombardeos masivos de aquel verano pero siguen goteando muertos de una y otra parte.
No soy de los que tienen una especial consideración hacia un bando u otro. No me creo exactamente eso de que el problema empezó en 1947 con la creación del Estado de Israel, ni presupongo una especial bondad hacia la causa palestina. Me pone enfermo este "filosionismo" predicado por algunos apóstoles del "libre mercado" como Javier Neira que, día sí, día también, erupciona desde su columna en La Nueva España. Y me pone igualmente indispuesto esta tendencia que hay al victimismo, nacido de los sufrimientos del pasado para justificar todo tipo de tropelías futuras.
Pero de la misma forma no soporto la inoperancia ni las corruptelas. No me gusta Arafat ni la impronta que ha dejado. Me disgusta el dogmatismo religioso en uno y otro bando... Estoy en la peor de las posiciones porque no me convencen ni unos ni otros.
Ante este problema me encuentro como ante otros muchos: sin poder tomar un partido decidido y limitado a alterarme ante la salvajada de turno, perpetrada aleatoriamente por los de acá o los de allá. No me impide eso ver, quizá en este caso con más claridad que en otros, dónde están las víctimas cada vez que salta un autobús por los aires; o cada vez que una bomba cae sobre una casa en la que no viven ni mártires, ni combatientes, sino gente de a pie que tiene que cruzar los puestos fronterizos para poder malvivir; o cuando una bala "se pierde" y deja un reguero de sangre ante las cámaras de televisión para horrorizar al mundo bien pensante.
Las dos cajas negras que los familiares de los soldados secuestrados pudieron ver por la televisión fue lo que quedó de la campaña de verano que impulsó el bombardeo masivo de hace un par de años. Las esperanzas de los allegados se elevaron también como una de aquellas columnas de humo y se perdieron en el inmenso cielo de las decepciones. En dos cajas han cabido las ansias de castigo del Presidente Olmert. Y en centenares de cajas cabían también los cuerpos de los "guerrilleros" devueltos a Hizbolah en el mismo acto, arropados con las banderas de siempre, enterrados como mártires. Como héroes han sido recibidos los prisioneros supervivientes de las cárceles israelíes que también protagonizaron el macabro trueque.
Algunos medios de comunicación se han atrevido a pronunciar la palabra derrota y a aplicarla a Israel en esta circunstancia. Pocas veces, sin embargo, le he encontrado tan mal uso a la expresión al hacerla recaer sobre uno de los contendientes. Con independencia de que la gestión israelí haya sido un rotundo fracaso -creo que nadie puede discutir eso- la derrota es otra cosa, tiene otras consecuencias y estaba dibujada en el rostro de todos aquellos que vimos la exhibición de cajas de madera, negras o arropadas con la heróica bandera de turno, sabiendo que no será la última y que Oriente Medio seguirá durante mucho tiempo siendo un matadero.

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