lunes, julio 21

No tenemos derecho a quejarnos

Hoy a medio día pude sonreír leyendo lo que a continuación reproduzco, escrito por la brillante pluma de Juan José Millás y que considero debe estar aquí, en este pequeño laberinto de pensamientos y curiosidades. Dice así:


Estos señores van de un lado a otro del mundo en vehículos especiales, protegidos por decenas de guardaespaldas armados hasta los dientes. Cientos de tiradores de élite vigilan desde las azoteas las calles por las que pasan, previamente cortadas al tráfico. Estamos hablando de dos de los hombres más poderosos del planeta. Una decisión suya puede alterar gravemente la rutina de millones de personas. Juntos o por separado llenan las páginas de la prensa diaria, ocupan las cabeceras de los telediarios, se cuelan en el salón de los hogares a la hora de la comida y de la cena. Son tan conocidos en la fábrica como en el café en el burdel como en la iglesia, en la universidad como en la escuela infantil. He aquí, en fin , dos jefes de Estado siderales, globales, con una influencia decisiva sobre la construcción de la realidad.
El del traje blanco está convencido de que es el representante de Dios en la Tierra. Se trata, pues, de un delirante que el domingo por la mañana transmite al mundo, desde una ventana, las opiniones del Supremo Hacedor acerca del preservativo o del aborto o de la homosexualidad, entre otros asuntos fundamentales en un mundo donde mueren de hambre cientos de millones de personas cada día. El de la corbata es un paranoico de libro que cuando reza oye voces. Estas voces le ordenan bombardear periódicamente ciudades donde viven gentes de tez oscura. Son amigos, se admiran y posan con una fotografía de sí mismos, para salir dos veces. Dado que viven de los impuestos de personas como usted y como yo, quizá no tengamos derecho a quejarnos.