domingo, junio 29

Vernet Arriège, un sábado en Francia


Hay un sitio en el sur de Francia llamado Vernet. Cercano a la localidad de Foix se llega a él por una carretera que me pareció rectilínea y tranquila. Hace justamente una semana podía ver este lugar en el que, en un pasado no tan lejano, se asentó un Campo de Internamiento, aunque lo correcto, habida cuenta de las circunstancias y lo que sucedió, debería ser llamarlo Campo de Concentración.
Vernet fue un lugar de retiro para las tropas coloniales que Francia utilizó al final de la Primera Guerra Mundial. Un poco antes el pequeño grupo de barracones levantados en las proximidades de una pequeña estación de tren, sirvieron de prisión a los soldados capturados en el frente al Káiser Guillermo. Poco después la tropa de senegaleses recibieron una primera asistencia hasta ser repatriados a su lugar de origen una vez que dejaron de ser útiles o necesarios a la metrópoli. Diecinueve barracones sirvieron de cobijo a aquella tropa a principios de los años veinte. Luego, toda la instalación quedó en desuso.
Estalló la Guerra de España, como dicen al otro lado del Pirineo, y se consumó la gran catástrofe humana implícita en todas las guerras: miles de hombres, mujeres, niños y niñas, cruzaron la frontera tan pronto como les fue posible, huyendo del hambre, de la muerte, los ametrallamientos y el terror. Cuando Barcelona cayó, se produjo, quizá con el episodio de la Carretera de la Muerte, en Málaga, uno de los éxodos más dramáticos de toda la contienda y que recibió el descriptivo nombre de "La Retirada". Francia se vio desbordada ante tanta miseria y, una vez más, miró hacia otro lado como había hecho tres años antes, cuando decidió no intervenir ante el primer desafío bélico que el fascismo planteaba a las democracias europeas, devorando a la joven República española.
Los españoles, derrotados a millares, ocuparon el campo escoltados por la gendarmería francesa. Durmieron en el barro. Ocuparon aquellos casetones abandonados hacía ya veinte años. El frío del cercano Pirineo y el hambre segaron una vida tras otra. El gobierno del Frente Popular francés, ya agonizante, aportó los materiales para la construcción de nuevos barracones que los propios prisioneros fueron levantando.
Los contratos de trabajo empezaron a concertarse gracias a las redes de socorro que existían en el exterior. Muchos se libraron del cautiverio reconvirtiéndose en albañiles, criadas... Así podían salir de aquella enorme jaula para incorporarse al mercado laboral del país que les acogía.
Y llegaron los alemanes. Y llegaron los franceses amigos de los alemanes que colaboraron gustosamente con el invasor...
Vernet Arriège amplió su cometido. Judíos franceses eran confinados allí como en otros campos del sur de Francia. Y de allí comenzaron a partir trenes con destinos más conocidos por todos nosotros: Auschwitz, Mauthausen, Dachau...
Algunos españoles sufrieron el mismo calvario. Uno de ellos, José Artime Fernández, asturiano, que perdió un brazo muy cerca de donde ahora vivo, en el Alto del Escampleru, y que atrapado en el tren fantasma, recorrió media Francia y media Europa hasta llegar a un destino de muerte en 1944, sobreviviendo para contar como en Dachau un SS le decía que un día saldría "por allí", señalándole la chimenea del crematorio que vomitaba humo sin cesar.
Sí, el sábado pasado fue uno de esos días en los que la conmoción te impacta de tal forma que graba en la memoria una experiencia inolvidable. En Vernet Arriège todavía se conserva en pie la estación desde la que partían los vagones modelo K, pintados de un color rojizo apagado, y que en tiempo de paz eran utilizados para el transporte del ganado. Entré en el vagón que a modo de memorial se conserva al lado mismo del edificio de vieja edificación ferroviaria y, al fondo, en el espacio angosto y negro, pude ver la placa de metacrilato con los nombres de niños, niñas, adolescentes, llevados a la muerte desde aquel suelo: el suelo de la civilizada Francia, cuna de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, República indivisible, hogar y origen del librepensamiento ¡Qué débil y efímero es todo cuanto tenemos y tocamos con los dedos!
A pocos kilómetros el cementerio de Vernet, emplazado en el lugar en el que se hallaba el Campo de Concentración y donde se encuentra ahora, a la entrada misma, una macabra y dolida avenida de tumbas en las que los nombres que se leen son Puig, Martínez, Romero, Pérez, Artime...
Una solemne manifestación ocupó la carretera nacional pasando al lado del viejo depósito de agua que abastecía el lugar. El "chateau d´eau" sigue siendo el mismo que entonces. Los representantes políticos, socialista uno y otro del partido del Presidente de la República, flanquearon a un Consejero de la Orden del Gran Oriente de Francia y depositaron una ofrenda floral en un pequeño monolito dedicado a quienes lucharon por la libertad de los pueblos. Los masones y masonas presentes, ataviados con el orgullo de las bandas y collares, escuchamos emocionados el Canto de los Partisanos, entonado por los hermanos de la Logia "Fraternité Latine".
Un sábado imborrable.

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