martes, junio 3

La iniciación


Aprovecho tanto las gotas de tiempo que acabo ingeniándomelas para escribir desde un tren de cercanías que me lleva a Gijón. El viaje se hace así más entretenido y a la vez atormentado, pues mientras escribo, un anciano sintoniza un enorme aparato de radio que pierde a cada rato la emisora. Tan pronto se oye un pitido ensordecedor como me adormece la feliz asepsia de Radio Nacional de España; o me sobresaltan los graznidos matutinos de la emisora de la extrema derecha, moderada y liberal.
Ha sido un tanto extraño este mes de mayo. Cien mil cosas diferentes sobre las que escribir para al final dejar esta querida página, depositaria de la confianza de tantas horas de trabajo pequeño, muda, acorazada con las mismas imágenes y la agradable, dulce y pía música de Antonio Vivaldi.
A mí mismo me decía que esto no podía ser posible en un tiempo tan lleno de zozobras, curvas cerradas a la derecha y baches. Y llegué a la conclusión de que no cabía más silencio hace poco más de una semana, cuando en la sede central del Gran Oriente de Francia, en el más hermoso de los templos de la razón que tiene esta Obediencia, el Groussier, se iniciaba a una mujer -una abogada parisina- sin que temblaran los cimientos del universo y la tierra dejara de girar sobre sí misma. Bien es verdad que ahora viene el litigio, la conmoción, los mareos, el vértigo y la urticaria general. Bien es verdad que también se ciernen sobre nosotros las difíciles consecuencias de la precipitación, que por heróica que pueda resultar, no deja de ser una loca carrera hacia el abismo si el sentido común, el más escaso de todos los sentidos, no lo remedia. No hay -no habrá- mal que cien años dure, pero entretanto padeceremos.
Que el Gran Oriente inicie por fin a una mujer no es la novedad fundamental que se pretende. No es un hecho que suceda por primera vez: La concepción que de la masonería tiene esta organización originariamente francesa, no le ha negado nunca a la mujer la posibilidad de ser masona y de darle el reconocimiento correspondiente. No todas las organizaciones que se dicen masónicas han recorrido este camino, quedándose en la dicción literal recogida en las viejas reglas de Anderson que niegan a las mujeres, a los esclavos y a los estúpidos ateos la posibilidad de ceñir el mandil. Así, durante años hombres y mujeres han trabajado juntos en las Logias de la más importante de las obediencias masónicas europeas, aunque -es obligado para mí decirlo- esa convivencia, concebida y exhibida como un concesión graciosa, es una realidad tan palpable como insuficiente.
Es la pertenencia en igualdad de derechos lo que siempre ha estado en cuestión y frente a lo cual se han alzado todas las barreras; y esa sí es la novedad de la situación vivida el pasado 24 de mayo y que volverá a repetirse en días sucesivos; y ése es asimismo el debate que se ha intentado evitar año tras año con desalentador éxito, manteniendo de este modo vigente una situación a todas luces insostenible que ya no admiten siquiera las cofradías que procesionan en Semana Santa.
Nadie resulta ajeno a las negativas, injustas e innobles consecuencias de este estado de cosas. Ni siquiera organizaciones que, desde su origen, tienen una estructura mixta, pero que no han vacilado en firmar protocolos y acuerdos con el Gran Oriente asumiendo la discriminación para sus propios miembros que, si son hombres, pueden afiliarse también a la obediencia de Voltaire, pero no si se trata de mujeres.
Me viene ahora a la memoria el ejemplo de la Logia Joaquín Delgado, en las proximidades de Lyon, que hace poco más de una decena de años daba ya el arriesgado paso de saltarse a la torera la tradición de más de dos siglos de segregación sexual iniciando a una mujer. La sanción más dura cayó sobre ella y Joaquín Delgado fue ejecutado por segunda vez, esta ocasión en la divina Francia, y no estrangulado por el garrote vil del franquismo, sino por el aplastamiento del taller que llevaba su nombre provocado por la maquinaria de la burocracia coercitiva. Lex dura sed lex.
Por tanto, nada nuevo bajo el sol en el hecho de iniciar mismo como decía, pero sí en los modos y las circunstancias.
En los modos porque algo ha variado en el procedimiento administrativo seguido hasta la fecha y porque ya no se habla de otra cosa que de dar cumplimiento a lo que prescriben las leyes de la organización, que en ningún caso prohiben la pertenencia de las mujeres a una logia. Por primera vez quizá, desde que Frédéric Desmons hiciera en el siglo XIX los primeros alegatos en favor del legítimo derecho de pertenencia al Gran Oriente de Francia de todos los seres humanos, asistimos a un movimiento que convulsiona la estructura misma de la Obediencia ¿Será imparable?.
También las circunstancias han cambiado. El debate ha evolucionado hasta el punto de que lo que era una posición cerrada partidaria de transformar a la organización en bloque, ha evolucionado hacia una reivindicación de la Libertad de cada Logia para actuar de acuerdo con su soberanía, respetando el principio de unidad de acción pero resistiéndose abiertamente a que tal unidad sea confundida interesadamente con la uniformidad, que se vería rota si hombres y mujeres tuvieran el mismo e idéntico derecho de pertenencia a la organización.
Asisto con mucha preocupación a lo que está sucediendo. Nunca he compartido las políticas de hechos consumados cuando existen otras vías para lograr el éxito. Soy un defensor del diálogo, de mantener una infinita posición sedente hasta alcanzar un acuerdo; de expresar respeto hacia quien tiene una posición diferente. Y lo cierto es que en el caso presente hay algo amargo que me va invadiendo poco a poco y que no es otra cosa que el temor al fracaso, alimentado por la prisa y engordado por la radicalización de las posturas de todos. Nada hay más ajeno en teoría a la francmasonería que la cerrazón ni tampoco nada más habitual en la práctica.
Como digo siempre, tiempo, paciencia y ya veremos.

1 comentario:

Rosa Mutábilis dijo...

Con todos los respetos: permíteme poner en duda lo de "templo de la razón", en este tema se está comportando como un templo de la sinrazón.