domingo, abril 6

La secta masónica


No hace mucho tiempo traducía un comunicado oficial del Gran Oriente de Francia en el que la organización masónica a la que pertenezco, hacía patente su preocupación y crítica ante el tratamiento legal que diferentes países europeos -el último, el nuestro- estaban dando a las sectas, y más concretamente a la Iglesia de la Cienciología.
La inquietud -es ya conocido- surgía a raíz de la anotación como una confesión religiosa más, reconocida por nuestro Ministerio de Interior, en el registro legal correspondiente. En Francia no se explicaban cómo era posible que en la España de Zapatero pudieran suceder estas cosas; y mantuve más de una conversación telefónica en la que me esforcé en explicar a mi interlocutor que era la Audiencia Nacional la última responsable y que, como en la República Francesa, las resoluciones de los órganos judiciales deben ser siempre observadas a mayor gloria de los huesos de Montesquieu.
Hoy vuelven las sectas a abrise paso en los principales huecos de la prensa escrita. Las primeras páginas de algunos medios cuentan cómo hace pocos días, en lo que en otro tiempo fuera el paraíso del proletariado y cuna del ateísmo redentor, las fuerzas del orden sacaron de un agujero excavado en la fría tierra a un grupo de infelices que, integrados en uno de estos movimientos autodestructivos -éste de orientación cristiano-ortodoxa-, aguardaban desde hacía semanas la llegada de un meteorito purificador ante el que, está de más decirlo, sólo ellos iban a resultar indemnes. En la absurda espiral no podía faltar tampoco el país de las libertades, en el que todo sueño es posible y donde una criada mexicana con papeles puede llegar a convertirse en Miss Mundo y anunciar cocacolas, alcanzada la cima del éxito; pero donde también las fuerzas del orden han tenido que realizar varias operaciones de rescate, liberando a unas cuantas esclavas sexuales y a algunas muchachas que en su corta existencia no habían conocido nada del pecaminoso mundo exterior.
Cuando se echa un vistazo a este fenómeno, destacan, formando parte de un plural común denomionador, varios elementos que siempre van de la mano: además de los cultos que halagan la vanidad del líder iluminado, están los dineros indispensables en toda empresa que tiene por misión la salvación eterna, y ¡cómo no! los asuntos de cama, de los que nunca se salvan los adeptos y que deben ser algo así como un merecido entretenimiento mientras llega el vengativo pedrusco o el rayo destructor.
Comparto como uno más la preocupación del Gran Oriente de Francia ante esta situación, no tan aislada como se piensa; y que además va adquiriendo de la mano de alguna celebridad mediática carta de normalidad; y estoy de acuerdo también por lo que a los masones nos toca en este asunto, pues no es la primera vez que tengo que explicarle a alguien que el rito no nos da a los másones más que una singularidad histórica y que también tiene una trascendencia "ideológica" en relación a cómo unos u otros masones entendemos el trabajo o la articulación de nuestras jerarquías y responsabilidades en el seno de una logia. Tampoco es la primera vez, y seguro que no será la última, que he de explicar que los mandiles, collares y bandas no son otra cosa que elmentos distintivos que no tienen nada de misterioso y que, en algunos casos, empleamos en ceremonias o actos públicos con la finalidad de hacernos reconocer sin ambages utilizando un elemento también histórico.
La "secta masónica" representa una terminología recurrente en determinado espectro ideológico que siente verdadera aversión por cuanto se hace en las logias combativas. Hablo de las logias que son un marco de reflexión sobre la sociedad de nuestros días y sus problemas, y que intentan, aunque sea desde la modestia, defender la libertad de conciencia, el laicismo o los valores que sostienen la democracia. No me refiero,pues, a las logias de cartón piedra; aquéllas que a falta de un contenido que las dote de existencia real entretienen sus días haciendo cálculos de crecimiento y conquista, en franca competencia con el vecino próximo; o que sacralizan los signos distintivos, uniforman a sus miembros, o dejan pasar los minutos esperando a que llegue uno en el que un misterioso rayo se proyecte desde el delta que existe en el Oriente, provocando una levitación colectiva en compañía de la diosa Anubis.
En España se viene utilizando la técnica del desprestigio desde tiempos inmemoriales; nuestra última dictadura lo hizo con notable éxito: ha calado tan hondo que, a título personal, he tenido que empeñar mucho tiempo en un ámbito familiar que supo muy bien lo que fue la sangrienta represión del general Franco, para evitar que mi padre o mi madre pudieran pensar que un día yo podría acabar como uno de esos rusos sacados a la fuerza de un boquete. Sin embargo nada hay más alejado de lo sectario que la Francmasonería. Al menos de la Francmasonería que un día soñé para Asturias y de la que hoy formo parte.
En efecto, decía Jean Michel Quillardet hace pocos días al tratar con un periodista esa compleja cuestión que consiste en definir qué somos, que la Francmasonería no era otra cosa que "la inteligencia de lo contradictorio": Desde el respeto a la posición contraria que también nos respeta, se construye un diálogo compartido con los demás; un diálogo que no tiene por objeto obtener "la razón", o alcanzar una verdad absoluta que no existe; sino más bien orientarse hacia un conocimiento hecho entre todos y para todos.
Nada hay más contradictorio con la masonería real que una estructura dogmática, ya sea política, religiosa o de cualquier otro tipo, donde el conjunto de capacidades de las personas para discernir, discutir, reflexionar, pretenden ser eliminadas y sustituidas por el disparate que mejor convenga a los intereses de quien dirija el macabro invento de turno.
Decididamente sigo sosteniendo que es necesario abrir los Talleres y enfrentar al miedo y a quienes juegan con él. Nada hay de qué avergonzarse. Y llega el momento en que todos los misterios deben quedar dentro de nuestras casas para continuar haciendo, desde la coordinación y la meditada calma, un trabajo que desmitifique aquello que somos; pero sobre todo, que ayude a apagar esos rescoldos atizados periódicamente por la ignorancia y los enemigos de la razón. En ello estamos.

2 comentarios:

javierlunaro dijo...

Libertades que muchos damos por hechas están en claro peligro. A veces tengo demasiado miedo de que no me pueda mover por la calle con calma y que en nombre de una supuesta 'laicidad positiva' queden recortados mis derechos.

Al Kaffir dijo...

Verdaderamente, que gran arma es la incultura y el miedo dirigido. Reconozco que mis conocimientos sobre la masonería son muy limitados, ignoro cuales son sus preceptos más profundos, sus metas a corto o largo plazo o sus organigramas y escalafones; pero que encuentro cuando la miro desde fuera, veo a Benjamin Frankling, Simón Bolivar, Mozart,Henry Ford, Arthur Conan Doyle, Louis Amstrong, Beethoven, Alexander Fleming, Martin Luther King, Haydn, Mario Moreno "Cantinflas", Ramón y Cajal, Tolstoy, Dunant...y que se yo de tantos otros...y esa gente no me da miedo, al contrario, son envidiables, el mundo necesita de más gente como ellos (tambien hubo otros que no, Napoleón, Joseph Smith (el de los mormones), Douglas Macarthur...los menos).
Cuando por ahí comento que me gusta participar en un blog masónico los que me escuchan o bien no saben que rayos es eso o me miran como si les hubiera dicho que el blog es de rosacruces o de monjes saolines, leyendas, incluso una vez alguien me dijo que eso era mentira, que no existían los masones, que eran historias de magos que fabricaban oro. Un trabajo concienzudo de demonización por parte de ciertos poderes que sigue perdurando hasta ahora.
No obstante ciertas actitudes de las logias, el secretismo de puertas adentro, el exclusivismo de la admisión de miembros, ciertas formas ceremoniales...en suma inaccesibilidad, causan desconfianza en el ciudadano de a pie, da una imagen de grupo elitista que proyecta su poder desde la sombra y que lucha contra otros poderes que le quieren destruir. Esto causa una sensación de alejamiento del común ciudadano de esa "lucha de gigantes". La cuestión es que entre unos y otros han dejado un amargo legado que costará mucho cambiar.