miércoles, marzo 5

Depo-Provera


Acabo de leerlo. El laboratorio Pfizer elabora, entre otros, un anticonceptivo inyectable que se vende como churros en los Estados Unidos de América. Treinta millones de consumidoras. El fármaco es conocido porque también es la propuesta que algunos plantean para hacer frente a los delitos de naturaleza sexual: la castración química.
Pfizer cotiza en bolsa. Y quienes emplean su capital convirtiéndolo en acciones del laboratorio que fabrica la pastilla azul más famosa del universo, excitan esa baja pasión que es la codicia. Sí, quienes invierten sus dineros, ganados con el disfrute de alguna ventaja fiscal, el roce con el poder terrenal, o, frecuentemente, con el sudor de frentes ajenas, anhelan un incremento en las ventas y beneficios que se obtienen por la mercantil en cuestión. Es lo que le sucede a la Iglesia católica.
Hoy escuchaba al locutor de televisión comentar cómo la confesión religiosa en cuestión se veía afectada por el descalabro que ha supuesto el exceso de confianza en las hipotecas locas. Un veinte por cierto de lo invertido por el clero español se ha convertido en éter, como por puro milagro, por obra y gracia; un veinte por ciento hecho nada. Al dar la noticia fue inevitable el recuerdo de Gescartera -aquella maravilla a la que se iba el dinero de las misiones para sufrir el correspondiente proceso de engorde. Al final el que engordó fue un señor llamado Camacho, con cara de chulo de club de tenis, que se largó con el botín amasado por tanto cura y monja modestos-. Y, al narrar la noticia, fue igualmente ineludible el rosario de inversiones aquí y allá del capital eclesiástico. Una vez más resultaba que Cristo llevaba bolsa; y por lo que se ve debía tratarse de un monedero bastante grande.
Cuando supe que el laboratorio farmacéutico Pfizer era uno de los destinatarios del blanco dinero del Obispado de Burgos y del Arzobispado de Madrid (sí, donde está Rouquiño Varela), sabía que no iban a tardar en salir a luz otros productos interesantes además de la azul Viagra.
Ya está, ya sabemos que Depo-Provera es uno de esos milagros a los que nos tienen tan acostumbrados los miembros de la jerarquía católica desde hace más o menos dos mil años: Decir una cosa y hacer otra.
Recuerdo que el rumor que vincula a la Iglesia con los anticonceptivos sonaba hace ya muchos años. Quizá es hoy la primera vez que lo veo recogido en medios de comunicación de alcance nacional. Y bueno es que esto suceda, sobre todo cuando voy viendo la que se nos avecina: el pulso que este detestable cuarto o quinto poder va a echarle a la sociedad española. España, dice el Papa Benedetto, será el campo de batalla en el que habrá de vencerse al laicismo radical. Ahí está su armada, recaudando sin escrúpulos, sin sonrojarse ante semejante impostura, preparada para volver a convertir nuestro suelo en una montaña agobiada, otra vez tierra martirial.
No gasten en hipotecas e inviertan en Pfizer; tomen ejemplo de quienes más saben sobre la entrega desinteresada, el amor al prójimo, el voto de pobreza y la coherencia. O mejor, háganse obispos.