jueves, enero 24

Sayed Perwiz Kambajsh

Hoy me ha llegado el último número de la publicación que la Comisión de Laicismo del Gran Oriente de Francia ha puesto en circulación. Sarkozy, su discurso de Letrán y las raíces cristianas de la divina Francia, copan todo el contenido.
Hay una breve referencia a otra cuestión de actualidad que me ha llamado la atención. Sucedió en Eslovaquia. Una cadena privada acaba de ser castigada en aquel país con una multa de unos 60.000 euros, por haber empleado su mala baba con el Vaticano a raíz de las recomendaciones que la Santa Sede dirigió a los conductores. Parece ser que según la cadena de televisión en cuestión, los prelados no son los más adecuados para dar consejos de seguridad vial: El Vaticano apenas sí tiene dos kilómetros de carretera y el último accidente ocurrió hace más de seis meses. Esa fue la gracia que llegó a los telespectadores; y la respuesta obtenida, la sanción pecuniaria.
El asunto tiene hasta gracia. Uno no puede evitar sonreir y ladear la cabeza, oscilando entre la desaprobación y un gesto resignado.
Por la mañana, sin embargo, no me quedaron muchas ganas de menear la cabeza. Sayed Perwiz Kambajsh, periodista afgano, ha sido condenado a muerte por un tribunal que le juzgó sin permitirle siquiera un abogado defensor. Viendo lo que nos ocurre a veces en los juzgados "occidentales" no puedo dejar de preguntar de qué le hubiera servido el letrado a este hombre, ciudadano no de un país, sino de un laberinto. Probablemente un florero togado hubiera permitido a estos "jueces" afganos exportar la noticia sin tanto escándalo. Porque es un hecho demostrado que en este mundo mediático no hubieran faltado desaprensivos voluntarios para quitarle hierro al asunto.
En fin, sea como fuere, el delito de Sayed consistió, siempre según la versión de los compañeros de la universidad que le denunciaron -y yo me quejaba del hermano de Alicia Castro Masaveu, al que tuve que soportar como delegado en la facultad-, en afirmar que el profeta Mahoma ignoró en su momento los derechos de las mujeres. Parece que, además, el muy infiel cometió también la grave afrenta, siempre, insisto, según el dedo acusador, de burlarse del islam.
Muere la libertad de expresión a costa de la dictadura religiosa o de los rescoldos que quedan de ella. La palabra muere en muchos lugares enterrada por la vigencia del delito de blasfemia. Y existe un tiempo y un espacio en el que personas como Sayed Perwiz Kambajsh ponen en riesgo su vida por decir, sencillamente, aquello que piensan.
Siempre he creído que determinada concepción de las religiones, aquella que supera al individuo para extenderse de una manera solapada o descarada por el tejido social, no es otra cosa que el mecanismo más primitivo y efectivo de dominación de los seres humanos. Siglos y siglos de historia, de confrontaciones, imposiciones, siguen dando su nefasto fruto y llenando los caminos de víctimas inocentes.
Reporteros sin Fronteras y otras organizaciones internacionales están llevando el peso de la "defensa" de los derechos de Sayed Perwiz Kambajsh; uno más entre esos innumerables e involuntarios mártires de la libertad, hacedores, a pesar de todo, de este pequeño milagro del que disfrutamos. Ahora que vengan a hablarnos de "laicidad positiva" y de que el laicismo radical quiere ver reducida la religión al espacio privado, íntimo y particular de cada ciudadano. Pues sí, vistos los precedentes y lo que se sigue viendo, va a ser eso lo que muy justamente se pretende. Como decía esta mañana muy acertadamente un buen amigo -y que permita que le coja prestada la aseveración-, cada uno en su casa y la razón en la de todos.

1 comentario:

Rosa Mutábilis dijo...

A veces... muchas veces... me avergüenzo de ser tan cobarde...