viernes, noviembre 16

Cristales rotos, cuchillos largos

En alguna ocasión he escrito sobre la especial configuración de la extrema derecha española, diluída en el silencio tras la muerte del último dictador, y que de vez en cuando deja entrever la lengua bífida según sople el viento, o late animada en el corazón de algún partido político mayoritario. La nuestra es una situación un tanto especial: España es un país de centro, todo el mundo lo sabe. La derecha no existe y la izquierda anda un poco perdida, dando cabezadas y bostezando, o echándole un capote al bufón nuclear de las Américas. Somos una nación civilizada, en la que los extremos apenas sí existen y, en consecuencia, aborrecen tocarse. Esta que acabo de apuntar es, claro está, la versión que desde los editoriales de la prensa bien pensante ha llenado nuestras retinas y cabezas durante los últimos años.
Cierto es que el espectro político visiblemente violento y radical apenas sí existe o se manifiesta. Pero cuando lo hace, deja una huella indeleble que hace recordar a lo peor de lo peor de cuanto hemos vivido. El último fin de semana quedó un joven de dieciséis años muerto en el metro de Madrid, acuchillado por un matarife metido a soldadito de plomo que asistía a una manifestación convocada por "Democracia Nacional". Tiene gracia macabra el nombre.
Ahora, al ruído de los cristales rotos, acuden los vecinos y la portera de la centrada España. La militancia antifascista sale a la calle a reventar las cabinas de teléfono y los escaparates del centro de la capital del reino, métodos éstos que todos conocemos como un conjuro muy útil para lograr el establecimiento de la paz social, la eliminación de cuantos odian al diferente y la erradicación del fascismo en este suelo nuestro, empapado de caliente hemoglobina. Se anuncian nuevas manifestaciones en Madrid. Unas del gremio de cristaleros con conciencia revolucionaria -guardias rojos y esas cosas-; otras de los discípulos de José Antonio e Ynestrillas, que aspiran a llenarlo todo con el color cañí y la gallina imperial presente en el afán de sus pendones. Y con apenas media hora de diferencia y casi el mismo recorrido, un escalofrío recorrerá el espinazo de muchos ciudadanos este sábado y los días que nos quedan hasta el 20 de noviembre, jornada que debería ser festiva a todos los efectos por conmemorar el combate heróico en el que la biología se impuso a los sables, pistolas y sotanas.
La Delegada del Gobierno madrileña ha recogido la patata caliente titubeando como no era de esperar. Primero lanzó un discurso de pretendida firmeza que dejó entrever su voluntad de prohibir estos nuevos desfiles de la victoria en los que lo único que se hace es vociferar y sembrar la discordia racista y xenófoba. Pero la fiebre lúcida duró escasamente un día y en el momento actual estamos a punto de ver en vivo y directo las camisas azules, las banderas al viento, las boinas rojas, las cabezas peladas y huecas...
Hasta en Izquierda Unida ya ha habido quien se ha planteado la conveniencia de "ilegalizar" a todos estos partidos políticos que pervierten el órden constitucional; y ello a pesar de todo lo que se chilló en su momento frente a la normativa aprobada en el último mandato de aquel "estadista" nuestro que tenía acento mexicano. Un debate se ha abierto, por fin, en esta equilibrada sociedad, donde se plantea abiertamente la cuestión de qué ha de hacer el sistema democrático frente a quienes se sirven de él para llenarlo de agujeros.
No es difícil comprobar cuál es el mensaje político que desde la extrema derecha y los partidos de corte fascista se está lanzando: odio, racismo, confesionalidad católica del Estado, nacionalismo exacerbado, violencia... Ha sido necesario un muerto en el metro de Madrid para que los interrogantes llenen las cabezas ilustres que nos gobiernan. Un muerto. Otro más. Y tal vez haya quien necesite además una "jornada particular" para tener una conciencia cierta de qué es eso a lo que nos enfrentamos.
Hasta aquí hablamos de las camisas pardas, negras, azules... Da igual. Merecerían también un pensamiento todos esos "autores intelectuales" que cobijan sus sádicas reflexiones en la moderación; que disfranzan la alimaña a la que alimentan con una domesticidad interesada y que son, qué duda cabe, demócratas de toda la vida.
¿Son galgos? ¿Serán podencos?

2 comentarios:

gilber dijo...

Querido Hermano:
Lamentablemente no son ni galgos ni podencos.
¡Son lobos!

Al Kaffir dijo...

"En este mundo de locos solo faltaban los idiotas del horror"
-Franco Battiato
Y allá van otra vez,inasequibles al desaliento. Son una minoria muy menor pero se hacen notar como si representaran a una importante parte de este país. Son los mismos descerebrados de siempre, incultos, animalescos, matarifes, ignorantes, brutales, insensibles, retrasados...eso si, estan bien dirigidos, con lineas de actuación marcadas y objetivos bien definidos y eso es lo que los hace tan peligrosos. Se aprovechan de el miedo y la ignorancia de cieta parte de la sociedad ante los rápidos cambios que se han producido en estos últimos años para erigirse como paladines de unos valores caducos que a esta sociedad más le valdría desprenderse de ellos totalmente y resulta que mucha gente que antes eran unos perfectos democratas ahora les hacen guiños de complicidad por simplemente querer oponerse a los cambios hechos por un gobierno mecido en un bonismo generalizado que no quiere oir nada que no sean las serviles lisonjas hacia su traje de emperador nuevo. No termina de aparecer el niño que les diga que van desnudos. Y luego, en la otra esquina, con calzón rojo y similar limitación cerebral están los llamados antifascistas cuya unica caracteristica consiste en reunirse hasta alcanzar su masa crítica y, camuflados en el anonimato, emprenderla con todo lo que se les pone por delante en nombre que no se sabe que infantil revolución ganandose amor y cariño de los agradecidos ciudadanos. Salvo en algunos detalles de ideologia son tan fascistas como los otros. Y seguimos eligiendo a unos gobernantes que permiten que existan estos grupos radicales. Tenemos lo que nos merecemos.