martes, octubre 23

La democracia. el velo y la tolerancia

Ayer me encontré con este artículo de Amelia Valcárcel, tan vinculada a Asturias, y con la que tuve una breve relación telefónica hace varios años, cuando intenté organizar un ciclo de conferencias con el título "Mujer y Discapacidad". Recuerdo de aquello que sólo pudimos traer a Pilar Gómez Acebo, que dio una charla "terrible" en la que confensó ante el auditorio que ella había tenido el valor de quitarle el arma a un guardaespaldas de Mario Conde, cosa que, evidentemente, ni era el comentario más apropiado ni venía a cuento. Impresentable. Sentí vergüenza ajena.
Luego vino el turno de Cristina Alberdi, poco formal y de poco fiar -por emplear expresiones de baja intensidad-, que confirmó su asistencia y me dejó plantado (a mí y a todos los que la esperaban en el Centro Social de la Fábrica del Gas) en el aeropuerto de Asturias con un "lo siento, he perdido el avión"... Y hasta hoy; porque ni volvió a llamar para preguntar cómo habíamos deshecho el entuerto que ella había provocado, tras habernos obligado previamente a cambiar la fecha prevista para su intervención una vez que ya teníamos toda la cartelería distribuída.
Amelia Valcárcel, tan criticada por unos, unas, otros y otras, siempre descolgó el teléfono y me atendió. En aquel tiempo luchaba por la Cátedra de la que tantas veces se había visto privada; y al final no pudo intervenir gracias al éxito consechado por las dos damas a que acabo de referirme, que con su presencia y ausencia respectivas acabaron con mis ganas de dar una persepectiva de género a la realidad de la desventaja intelectual. Luego volví a encontrármela en la Casa del Pueblo, cuando le dieron el premio Purificación Tomás.
Leo sus escritos periódicamente; y este que traigo aquí me ha parecido de gran interés. Espero que mi impresión sea compartida.


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Hasta hace poco el conocimiento que teníamos del multiculturalismo se reducía a la oferta gastronómica. Muchos de nosotros somos multiculturalistas activos por la parte del estómago. Nos gusta comer hindú, chino, marroquí, griego, tai y amerindio. Como alrededor de una mesa bien provista la gente tiende a entenderse, podemos llegar a pensar que la democracia es también esa gran mesa donde se sirven sin tasa derechos, libertades y oportunidades. Pero resulta que hay códigos alimentarios distintos y también gentes que rechazan algunos de los platos morales y políticos de la democracia.
El multiculturalismo es una ideología ampliamente aceptada. Procede del elogio de la diferencia. Su fondo es que cada uno y cada grupo posee características propias que enriquecen al conjunto. Por lo mismo no cabe impedir ninguna de ellas. Como a la vez nuestra ontología actual es individualista, a este aceptar todo sólo le ponemos una condición: que nadie sea obligado a hacer algo que no desee. Pero si una práctica no compartida cuenta con el asentimiento de quien la realiza se supone que debemos darla por buena.
Una niña quiere ponerse velo para estar en su casa. A nadie se le ocurriría afeárselo. Lo privado es privado. Cada quien en su privacidad es monarca. También quiere usarlo para ir por la calle. Consecuencia: la ciudad presentará más variedad cosmopolita. Para ir a la escuela. Aparece el límite y se produce el problema.
Se supone que la educación prima; es un derecho constitucional. Y existe además un implícito: que se eduque la niña con pañoleta para que luego pueda quitársela si quiere. Lo segundo es, como poco, impredecible. Lo primero una incongruencia con otros principios igualmente respetables en nuestra convivencia. Si esa pañoleta es un signo religioso, está de más en un espacio público. Porque las religiones son incompatibles surgió la primera forma de la idea de tolerancia. Holanda en el siglo XVII consagró el principio de que "cada ciudadano debe ser libre de observar su religión y que nadie puede ser molestado o interrogado por causa de su culto". Esto es, el Estado se hacía superior a las religiones y las declaraba privadas. El Estado aseguraba que las haría convivir sin que entre ellas se agredieran; en espacios distintos, naturalmente. Impedía el fundamentalismo.
Porque no es fundamentalismo creer mucho y con gran vehemencia lo que uno crea, sino pensar que la religión es una verdad tan perfecta que debe organizar el mundo completo, incluida la política. Es más, que la religión es mejor, de más calidad que cualquier otro espacio común. El fundamentalismo quiere organizar toda vida y convivencia.
La democracia ha ido inventando y trazando una larga serie de normas y valores comunes que son obligados para mantener la eficiencia y el civismo. La educación, que es deber del Estado proporcionar y derecho de todo ciudadano y ciudadana adquirir, también es en los últimos tiempos una obligación: las familias pueden ser vigiladas por el Estado para que cumplan con ella, hasta el punto de que a quienes no escolarizaran a sus hijos, incluso se les podría quitar nada menos que la tutela de ellos. Ni algo tan fuerte como que mis hijos son mis hijos está fuera del alcance de esa instancia común y los poderes que le hemos dado.
Como el Estado no apoya a ninguna religión, sino que las protege a todas, en sus espacios, los públicos, incluidos los educativos, no debe haber signos religiosos. Nos parecería raro y hasta enfermo que un alumno insistiera en portar un crucifijo -de tamaño, pongamos, de una cabeza humana-, posarlo en su pupitre y procesionarlo durante los recreos. Puede hacer eso, si lo tiene por gusto, en privado, o en su templo. Los espacios definidos como públicos, en los que por ende se transmiten los valores que hacen posible la convivencia plural, no deben ser espacios de contienda. El Estado tiene, por deber de tolerancia, la obligación de mantenerlos libres de prácticas sectarias.
Pero si esa pañoleta es además una marca sobre la moral particular que deben seguir las mujeres, una marca a su vez privativa de unas creencias particulares, está fuera de cuestión darle legitimidad. La igualdad entre los sexos es principio constitucional de la mayor envergadura. No se tolerará la discriminación contra las mujeres. ¡Pero la niña quiere serlo! Su padre también acuerda. Y su comunidad de encuadre. Su religión y su cultura le marcan un papel porque es mujer, con el que ella y los suyos están de acuerdo. Ella es un ser con deberes especiales, la decencia sexual y la obediencia que significa de ese modo. Pues bien, podemos ir a comer la comida del vecino, pero difícilmente podemos creer, de vez en cuando, lo que cree el vecino; aquí no hay caso de alegría por la diferencia. Cuanto más que la libertad actual de las mujeres se ha construido al abolir tales marcas.
En fin, la libertad individual no es ni puede ser el fundamento para una conducta que se tuvo que abandonar a fin de construirla; en nuestro caso la libertad ha sido la consecuencia del rechazo de ese injusto y arcaico orden.



Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, es miembro del Consejo de Estado.

2 comentarios:

Al Kaffir dijo...

El vivir en democracia hace que ocurra cosas como la que aqui demuncia. Tenemos un montón de nuevos vecinos que han llegado con nuevos habitos que a veces no se corresponde con el marco de convivencia que se busca. En este pais todavia hay cosas que dejan mucho que desear aunque se intenta mejorar (no voy a exponer ninguna, cada uno sabe de que pie cojeamos), pues estas personas que llegan de otros paises tampoco proceden de sociedades perfectas, ni mucho menos, y hay ciertas , vamos a decir "costumbres", que no tienen cabida en esta sociedad. Tan malo es el decir que todo vale porque sí, so pena de ser un racista y un xenofobo en nombre de no se sabe que "buen rollismo" como el querer, de golpe y porrazo, cambiar "corazones y almas" como decia Macnamara nada más pisar terreno patrio. Bién es verdad que algunos al llegar se sienten atacados de manera pasiva (mayormente) por una sociedad de descreidos, que comen cerdo y se cagan en el de arriba con una ligereza pasmosa. Su respuesta es cerrarse aun más en esas costumbres bajo el pretesto de cuestión cultural o religiosa y, es más, quiere demostrarlo delante de los demas ciudadanos como muestra de autoafirmación, lo que no crea riqueza cultural sino diferencia y desconfianza.
No hace mucho un compañero de mi empresa vino a darnos unos cursos de formación desde Barcelona. Contó, a modo de anecdota, que su mujer un dia al llevar al hijo al colegio y quedar de tertulia con el resto de las madres surgió el tema de la pañoleta que una de ellas, de origen magrebí,llevaba. Las "de aquí", pecando quizá un poco de ignorancia, le decian que no necesitaba llevarla en este pais, lo veian como una imposición. La mujer sin duda se sintió atacada en su yo más profundo. Podia haberles explicado que era una cuestión de costumbres o de religión o simplemente si es que les molestaba mucho, sin embargo les soltó que a ver que ivan a hacer ellas cuando les obligasen a llevarlo. Ese tipo de actitud, por ambas partes, no ayuda a nadie. El ciudadano local no confiará en el venido de fuera porque es diferente y quiere seguir siendolo, lo cual crea desconfianza, pues tememos a lo que no conocemos, lo que impedirá que el integre socialmente lo que producirá precisamente lo que ocurrió en paises europeos con politicas que no supieron gestionar adecuadamente la llegada de inmigrantes en las decadas pasadas que produjo conceptos como ciudadanos de segunda, guetos, trabajador "blue collar" o quema de coches.
Hay que saber decir "no" a posturas incopatibles con la covivencia por el bién de esta misma.

Rosa Mutábilis dijo...

Creo que es un tema muy complicado, me gusta el artículo de Amelia. Por cuestión de mi trabajo tengo relación bastante intensa con musulmanes, en ocasiones se dan situaciones complejas y difíciles de salir airosa de ellas. Tengo trato con algunas mujeres musulmanas y son muchas las veces en las que me viene a la mente la ilustración que apareció hace tiempo aquí, en este blog, en la que una mujer española le decía a una musulmana algo como :"No nos hemos quitado el escapulario hace cuatro días para que vengas tú ahora a ponernos el velo". La mujer española no puede dar un paso hacia atrás bajo ningún concepto,ha sido y es muy dura la lucha por la igualdad. A veces cuando alguna mujer musulmana me recuerda que tengo que respetar su cultura, su religión... yo le recuerdo que ella debe respetar La Constitución del país en el que estamos las dos, esa es la única ley sagrada,y esa ley dice que todos somos iguales así que no puedo respetar un velo o pañoleta que va pregonando a gritos la desigualdad.