martes, octubre 23

Domingo misionero

Cuando voy al trabajo, cada mañana paso por delante de la Iglesia en la que contrajo matrimonio el anterior Jefe del Estado con aquella mujer horrible recordada por sus collares de perlas. Nunca he entrado. Ni se me pasa por la cabeza hacer tal cosa. Pero no puedo resistir la tentación morbosa de echar un vistazo al cartel que colocan en la puerta. En una ocasión un cura gordo sobre un fondo amarillo azafrán, anunciaba a los padres y madres de familia que la campaña de catecismo se ponía en marcha. Otra vez se llamaba a los feligreses a una reunión para comentar la "situación actual de España". Y así sucesivamente. Es esta una parroquia, la de San Juan el Real, muy diferente de la de San Carlos de Borromeo de Madrid. Aquí no deben comulgar con pan Bimbo. Todo son oropeles y dorados. Una capilla cineraria que debe ser una mina de oro; un estanco aprovechando un retranqueo en la fachada. Y una agencia de propiedad inmobiliaria con su escaparate y todo, sirviéndose de otro de los recovecos que brindó la divina arquitectura. Me da la impresión de que el conjunto se encuentra bastante alejado de aquello que anunciaba el hijo del carpintero... Pero esto es así. Y así ha sido siempre, no nos engañemos.
Esta semana había visto en la puerta un anuncio incitando dejar buenos réditos en las huchas del Domund, que se celebró el domingo. Me acordé de cuando era niño. A mi madre la hacían llevar, con gran escándalo anual de mi bisabuela, unos dineros que se dejaban en una cabeza en forma de chinito. "Para los chinitos; para que vayan al cielo". Esto sucedía en la escuela de La Casona, cerca de La Tejera de El Cabo, entre Mieres y Langreo.
A mí me tocó otro sistema de recaudación más práctico: un sobre de color sepia en el que todos los progenitores, por el miedo al qué dirán, metían unos dineros escasos en aquellos días de los Pactos de la Moncloa. Me acuerdo como si fuera hoy del cabreo materno; supongo que heredado de mi bisabuela.
Yo fui un niño aventajado en esto de recaudar dinero para las misiones y obras pías. Aparte de la extorsión del sobre, venía de vez en cuando al colegio un pater con unas postales que había que vender a duro. Lo recaudado iba destinado a los "subnormales", aunque entre los niños el lenguaje no era tan depurado como el del cura y nos quedábamos con que había que vender estampas "pa los mongolinos". Esta era la educación solidaria que se nos daba en aquella escuela pública, todavía nacional, tan de Curri Valenzuela. Y decía que fui un niño aventajado en este arte de vender lástima porque desde la más tierna infancia disfruté de mi piquito de oro; recorría puerta a puerta las casas de El Llano de Arriba, el Gijón de mi niñez en el que jugué y me apedrearon, explicaba lo baratas que eran las postales, para qué eran... Y volvía cargado de monedas de familias modestas, incapaces de negarle el favor a un niño de seis o siete años.
Estos niños de ahora, en su mayoría de la concertada, son muy flojos. ¡Ay! si yo hubira tenido una hucha de estas de plástico rojo de ahora...
Este negocio del Domund empezó, cómo no, durante la dictadura del General Franco. La primera denominación que recibió fue la de "Obra Pontificia de la Santa Infancia", invento cuyo fin era la salvación de las criaturas infieles mediante el consabido depósito económico y alguna oración. Ciudades como Gijón aportaban más oraciones que monedas, pero en cualquier caso el sistema de utilizar a los niños fue una auténtica revolución en el mercado recaudatorio. Por lo que he leído, cada diez pesetas obtenidas implicaban el bautizo de un chinito, o de un negrito, o de un moro... Un infiel convertido, vaya. La Iglesia supo, en los años cincuenta, plantear dentro de las escuelas con mucho acierto este sistema, pues los centros competían entre sí por ver quién conseguía más bautismos. En el año 1952, por ejemplo, fue la Escuela de Niñas de Luanco la que ganó la partida, recaudando 485 pesetas; siguiéndola de cerca estaban las escuelas de Lastres y de Gobiendes, en Colunga... ¡Ay! estos rapacinos de Colunga...