lunes, octubre 8

Cuarenta años


Cuarenta años ha pasado desde que el soldadito boliviano, armado de su rifle, que era un fifle americano, asesinaba a Fúser; Furibundo Serna; Ernesto Guervara de la Serna. El Che.
Y hace diez me acerqué al club de prensa de La Nueva España para escuchar a Aleida Guervara, hija suya, todavía convencida de los grandes logros revolucionarios en la Cuba del socialismo real.
Se me han caído desde aquellos años muchos naipes y castillos de arena. Pero a pesar de eso todavía en la casa de mis padres sigue habiendo una pequeña foto de un Che en blanco y negro, con el ceño fruncido, algo cegado por el sol.
Hoy recuerdo aquella figura que tanto ha simbolizado en este mundo desequilibrado; que ha sido utilizada hasta el agotamiento de los más pacientes; que ha sido convertida en un mito y hasta en un símbolo vivo y palpitante de aquello que combatió.
"No se fíen del imperialismo, ni tantito así".
La imagen del Che es ya un mito que un día, mientras vivió, firmó rojos billetes de un peso en el Banco Nacional de Cuba.
Hoy trasciende su lado más irreverente en otro alarde comercial que mantiene viva esta nueva mercancía: la rebeldía de consumo. Sus arista más críticas y ácidas, opuestas a aquel monstruo soñado por la razón y apuntalado por el terror, y que extendió sus alas de hielo sobre Europa, son también objeto de análisis concienzudo. Y sin embargo sigue siendo objeto de adoración.
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común, sin manos, y sin ropa -parece ser-. Y recuperado luego supuestamente por un equipo de especialistas cubanos que excavaron en torno a la pista aérea de Vallegrande, en Bolivia. Se dice, se cuenta, se comenta, que sus huesos no son sus huesos, que las autopsias y los datos contrastados no coinciden... Al fin y al cabo todo esto es lo de menos. Ha quedado en la retina colectiva el cuerpo acribillado de aquel hombre de barba rala y desordenada, que llevaba los bolsillos de su camisa verde olivo atestados de papeles.
Y siguen recordándose aquellos ojos que sostuvieron una mirada que quiso cambiar el mundo.
¡Hasta siempre, Comandante!