sábado, septiembre 29

Sastres

Hará unos diez años pasé varios días en la ciudad de Ávila. Recuerdo los paseos por la muralla, y también el alojamiento en un pequeño hotel al pie de la construcción que se llamaba El Jardín, y donde tuve una leve incidencia con una abuelita de pelo blanco y moño perfectamente acoplado al cogote, que me llamó torpe por no encontrar el botón de un timbre.
A la memoria me viene también la visita al Convento de la Encarnación, ligado a Santa Teresa de Jesús hasta el punto de que, todavía hoy, se conserva allí alguna reliquia o pedazo de aquella mujer que, según algunos, pasó tanta hambre que se sintió levitar.
La experiencia de la Encarnación dejó su huella en este feliz ateo. Además de enterarme de que los franceses de Napoleón huyeron de allí milagrosamente despavoridos por algún extraño misterio, sin poder consumar la violación en cadena de las monjitas, pude admirar una horrible silla bordada con dedicación por las moradoras de aquel establecimiento. Allí había sentado sus reales el anterior Jefe del Estado Vaticano en la visita que a principios de los ochenta hizo a nuestras descarriadas ovejas; y ahora el artilugio se conservaba dentro de una enorme urna de cristal. Recuerdo también que una talla que reproducía la idealizada figura de la Vírgen María era reflejo de un auténtico prodigio: El polvo no se depositaba sobre su cara desde hacía años.
En alguna otra ocasión he contado que en la tienda del Convento -sí, sí, no es una maledicencia mía: había una tienda- no pude evitar dedicar cinco duros de entonces a la compra de un pequeño envoltorio de papel, idéntico a esos que todavía existen hoy para comercializar pequeñas cantidades de azafrán. Todavía conservo el paquetito, aunque no sé dónde lo he guardado, y en su exterior dice algo así como "Paños tocados a la carne de la Santa" ¿Qué había dentro? dos piezas pequeñas de tela, de un milímetro cuadrado aproximadamente cada una, a las que supuestamente se había aproximado a algún resto despiezado de aquella que un día se llamó, o llamaron, Teresa de Jesús. A cinco duros cada dos milímetros cuadrados...
El caso es que el negocio del corte y confección sigue produciendo sus réditos en el reino que no es de este mundo. Son las bondades que proporciona aun la fe ciega en la magia, en el poder de los druídas y sus conjuros, con el añadido de una oportuna hucha cuyo tintineante producto termina en la Gescartera de turno o en alguna otra piadosa inversión. Y digo esto porque, después de tantos años me vuelvo a encontrar con la alta costura al enterarme esta tarde de que, por parte de la Diócesis de Roma, se ha procedido a recortar milimétricamente la indumentaria del anterior Papa, Juan Pablo II y a expenderla a los cuatro vientos.
No hay que pensar mal. No anida en la Diócesis en cuestión ánimo recaudatorio. No se cobran más que los "gastos de envío", encareciendo, eso sí, a los diferentes clientes la remisión de una donación. Ni qué decir tiene que las peticiones han sido abundantísimas.
No puedo evitar pensar en lo que sucederá en el futuro, cuando se proceda al "decoupage" del incontable ropero de Benedicto XVI. Podrán distribuirse, una por una, las plumas de alguno de sus sombreros y, quién sabe en qué pararán sus zapatos.
Desgraciadamente ya hay algún aguafiestas que ha puesto el grito en el cielo. Concretamente Marco Frisina, responsable de la Oficina Litúrgico Diocesana, y que no ha tenido mejor ocurrencia que decir que el desinteresado negocio es un sacrilegio.
¡A dónde iremos a parar con tanto descreído!

No hay comentarios: