miércoles, julio 25

Sobre el catolicismo

Ha habido un artículo en prensa, publicado en el día de ayer en El País, que me ha hecho darle alguna vuelta a unas cuantas cosas. Por si a otras personas les puede suceder lo mismo, aquí dejo esta pequeña obra maestra del escritor Gustavo Martín Garzo.

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"Sólo la gente buena", escribió Mary McCarthy en Memorias de una joven católica, "puede permitirse el lujo de ser religiosa. Para la demás gente es una tentación demasiado fuerte, una tentación a los pecados motales del orgullo, la ira y la pereza". No hay más que ver la actitud de una buena parte de los católicos de nuestro país para concederle la razón a la gran escritora norteamericana. Claman ruidosamente contra esa aspiración irrenunciable en un Estado moderno de separar religión y sociedad civil, forman rebaños airados que toman ruidosamente las calles, se empeñan en decirnos cómo debgemos vivir y educar a nuesros hijos. Es el problema de los que tienen una fe, que tienden a expresarse con la violencia e impunidad de los que se creen portadores de la verdad. Al escucharlos, no puedo dejar de imaginarme lo distinto que habría podido ser este país si hubiera optado por el ateísmo y el agnosticismo. Un país de plácidos y comprensivos ateos, ¿puede haber un sueño mejor para la convivencia?
Y es que pocsas cosas han tenido una influencia tan nefasta sobre nuestra historia que este catolicismo militante. Muchas veces me he preguntado qué podía haber en el pensamietno de aquellos religiosos a cuyos colegios todos los de mi generación acudimos durante años. Recuerdo la perversidad de sus sermones, el silencio amenanzante de sus iglesias y nuestra angustia al escucharles. Unos adultos aterrorizando a unos niños, ¿nos hemos parado lo suficiente a considerar todo esto? El país en que vivíamos no era distinto a esos colegios oscuros. ¿Acaso los obispos actuales lo han olvidado? No, no lo han podido olvidar, y la pregunta es por qué entonces no se han vuelto más prudentes. ¿Tal vez porque en el fondo de sí mismos siguen añorando esos tiempos y el poder que tenían en ellos? Pero nosotros no podemos añorar tiempos así y por nada del mundo quisiéramos regresar a ellos.
Queridos obispos, os recordamos rigiendo la vida entera de este país. Diciéndonos cómo debíamos comportarnos, las películas y libros que podíamos ver y leer, hasta dónde podían llegar nuestras caricias. Recordamos vuestras lúgubres Semanas Santas, vuestros colegios clasistas, vuestra feroz persecución del deseo, vuestras terribels amenazas, vuestra malsana obsesión por los asuntos de alcoba. Os recordamos introduciendo a Franco bajo palio en las catedrales y, sin embargo hemos guardado un respuetuoso silencio para no disgustaros. Pero eso lejos de bastaros os ha servido para envaneceros y volver a clamar contra todo aquello que no se pliegue a vuestros preceptos. Creo que va siendo hora de que os calléis. Hora por ejemplo de poner fin a los insensatos privilegios económicos que seguís reclamando, y de volver a la idea de una educación laica, ajena a cualquier creencia religiosa. Se habla de los derechos de los padres a decidir la educación de sus hijos pero por encima de estos derechos están los de los propios niños, sobre todo, el derecho a ser educados en los valores universales de la razón y la tolerancia.
Y sin embargo, yo, que no soy creyente, estoy agradecido al catolicismo, porque escuché sus historias de labios de mi madre. Claro que mi madre nunca nos imponía nada y se limitaba a transmitirnos su fe a través del amor, que no busca atemorizar sino la complicidad y el consentimiento . Sí, eso era el catolicismo para ella: una religión de la vida y de la belleza. Pues si un dios había sido capaz de morir por nosotros ¿cómo era posible que nuestra vida pudiera no tener sentido? Ese catolicismo dio a mi infancia exaltados momentos de altruismo, ritos raros y carentes de utilidad práctica, el sentido del misterio y la maravilla. Me enseñó a respetar a la mujer, a amar a los animales, a permanecer vigilante ante el mal y a creer, mientras fui niño, en la resurrección de la carne, que puede que sea una de las historias más disparatadas y hermosas que el hombre haya concebido jamás.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las consignas de las autoridades eclesiásticas? Nada. Siempre he pensado que estas autoridades, y su corte de vociferantes ejércitos de moralidad, son como esos maestros sin vocación que teniendo hermosos cuentos no los saben contar a los niños. O no se molestan en hacerlo, tal vez porque son los primeros en no creer en ellos. Sin embargo, son cuentos traspasados de romanticismo que hablan de cosas tan esenciales como la responsabilidad individual, la igualdad entre los hombres y la posibilidad del milagro. Que critican el poder y el afán de riqueza, que nos dicen que los niños son sagrados y que el encuentro entre un hombre y una mujer puede ser lo que fue en el edén. Pero también, como todos los verdaderos cuentos, que reclaman el silencio para cumplirse. Es eso lo que percibimos al entrar en los bellos templos católicos, que allí se entra no para vociferar o hacer proclamas sino para estar en silencio. No hay más que contemplar las imágenes que nos reciben. Ángeles aturdidos, santas que se derriten de amor, obispos absortos en la lectura de misteriosos libros, cuerpos que, aun llenos de heridas, gimen de gozo, madres que lloran. Todos guardan silencio, ninguno sabe decir lo que quiere o lo que pasa. La Biblia está llena de historias así. La historia de la burra de Balaán, que vio un ángel, la de Agar y su pequeño Ismael, la del discreto Noé, preparando su arca, la del obstiando Job, la de Raquel y sus ovejas, y por encima de todas la de la silenciosa María. Una muchacha que en un pueblo perdido recibe la visita de un ser alado que le anuncia que será la madre de un rey. ¿No es el comienzo de un cuento de hadas? Gran parte de la religión católica se centra en este ser adorable, que representa el misterio de la bondad, y cuya contemplación ha dado lugar a alguno de los más hermosos cuadros que se han pintado nunca.
Pero ni siquiera a ella la dejan tranquila. ¿Podemos imaginarnos a Hamlet regtentado un negocio de pompas fúnebres, al capitán Achab con un puesto de pescados congelados, o a la Celestina dando cursos para reforzar la autoestima? Pues es lo que hacen esos supuestos devotos de María, llenan su boca de palabras que nunca pudo pronunciar, transformándola en poco más que en una antecesora de Rappel. No les basta que se aparezca a unos pobres pastores, sino que quieren que les hable de la conversión de Rusia, que profetice el atentado de Juan Pablo II o nos advierta de los peligrosos abismos a que nos encaminamos. Pero María es pura y hermosa y ficción, ¿por qué habría de venir al mundo para ocuparse de lo real? El camino debe ser el inverso: es lo real lo que debe mirarse en el espejo de lo verdadero. De haber entregado algo a aquellos pastores de Fátima habría sido esa página en blanco a que se refirió Isak Dinesen, pues la verdad necesita el silencio, un mundo de encinas, niños pobres y animales somnolientos para manifestarse. No los palacios arzobispales. No sus procesiones, sus cónclaves, su obsesión en decirnos lo que tenemos que hacer y pensar.
Sí, es cierto lo que dice Mary McCarthy, la religión sólo debería estar permitida a las gentes apacibles y bondadosas, a esas gentes que no desean imponer sus ideas a los demás y se limitan a detenerse ante las imágnes de su devoción buscando sólo belleza y consuelo. Pero una religión así ¿por qué habria de estar en contra del matrimonio de los homosexuales, del uso de los preservativos, de que las parejas se separen cuando huye de ellas el caprichoso amor, o del encuentro libre y gozoso de los cuerpos? No entiendo la obsesión de todos estos guardianes de la moralidad por el sexo, como no entiendo su complacencia con los poderosos. Deberían hacer como Francesco de Asís: construir iglesias diminutas, hablar con los pájaros y los lobos, bailar bajo la lluvia, llamar hermanos al dolor y a la muerte. Sólo así estarían a la altura de las historias que dicen guardar. Por ejemplo, de la historia del encuentro entre santa Clara y Francesco. Santa Clara era una muchacha noble que llevada por la devoción al santo de Asís lo abandonó todo, incluso se cortó su melena dorada, para seguirle. Y muy pronto otras muchachas se unieron a ella y formaron una comunidad atenta a las enseñanzas del pequeño santo. Y cuentan que santa Clara sólo vivía para imitarle y añorar su compañía, pero que, Francesco, siempre tan ocupado, apenas la iba a visitar. Y que una de las veces que lo hizo quedaron en una casa situada en una colina. Nadie supo qué hicieron ni de lo que hablaron esa noche, pero todos los que andaban por los alrededores vieron un resplandor y, al acercarse, supieron que lo que ardía era la casa en que Francesco y santa Clara estaban juntos.
Eso debería ser la religión, un mundo de delicadezas, desatinos y misterios. Contemplar esa casa incendiada en la noche, hacernos creer que también a nosotros puede estarnos destinado un lugar así en este mudno. Lo demás es silencio.

Gustavo Martin Garzo

5 comentarios:

Alfonso dijo...

Soy cristiano y este artículo, es sencillamente, genial. Me lo quedo y me lo guardo para releerlo muchas veces.

Esteban dijo...

Cristiano es mi nombre, Catolico mi sobrenombre.

Por algunos curas que hacen mal, no deben encerrar a todo el catolicismo. Esta religion vale por las monjas que se esfuerzan, por los presbiteros humildes, por todos aquellos que viven en el anonimato y que siguen la Fe.

No se que templos viste, todo depende del tiempo en que fueron creadas, como con el estilo gotico y demas.

Si hay muchas historias fantasticas en la Biblia ¿Porque no considerar la Resurreccion una falacia? Y sin embargo fue un hecho real y comprobado cientificamente (Vean el Santo Sudario, La Sindone, u otros sinonimos del Manto De Turin, revisen TODO, que opiniones hay muchas.)

Ricardo Fernández dijo...

Estimado Esteban:
Creo que no has entendido el artículo. No se habla más que del ansia invasora con la que algunos jerarcas católicos se conducen.
La religión no es ningún obstáculo. El problema al que se hace referencia es el que ha planteado siempre la dirección de la confesión católica: decirnos qué tenemos qué hacer, cómo y cuándo; y marcarnos las gruesas líneas de los límites que no podemos sobrepasar.
Da igual que haya monjas buenas, misioneros entregados y voluntariosos y humildes presbíteros: Ese es un compromiso individual que atañe a quien lo lleva a la práctica y que no justifica ni explica que alguien quiera decirnos cuándo y cómo tenemos que morirnos o qué cosa es educación moral y qué no lo es, por ejemplo.
En cuanto a la Síndone, lo siento, me temo que hemos leído cosas muy diferentes. La verdad es que desde que supe que entre las múltiples reliquias que guardan las iglesias católicas por el mundo se encuentra un número abundante de prepucios del niño Jesús, he dejado de creer en las pruebas científicas de los milagros.
Lo que observo es que a pesar de la fe, se sigue recurriendo persistentemente a intentar "probar" aquello en lo que sólo se puede "creer". ¿Tal vez una grieta en las sólidas convicciones?
Un cordial saludo

Anónimo dijo...

Perdona que responda tardíamente a este artículo y siendo más específico, a tu respuesta de Esteban. Soy Gonzalo Fernández, de México, aunque por parte de la familia de padre, mi ascendencia es asturiana y por parte de mi madre, cántabra. (No tengo blog, por cierto).

Suficiente introducción.

Bien, respecto a tu respuesta y a tu artículo, te soy honesto, no conozco el sistema educativo de allá, pero yo aquí he asistido toda mi vida a una escuela del Opus Dei, incluyendo el bachiller; me es familiar el sistema fanático y algo tiránico de algunos católico; pero te recuerdo, Ricardo que no por la forma de actuar de algunos jerarcas, uno va a dejar de ser fiel a sí mismo. No es lo que unos te digan o bajo qué argumentos te educaron, sino lo que tú mismo valoraste por tí mismo, fuera de la opinión de los demás, tanto a favor como en contra.

Son otros los tiempos, y antes, los obispos ayudaban a mantener el "Orden político-social-cultural" tan frágil, como el medieval, y más todavía en España, donde también debían mantener un apoyo militar contra los moros que destruían aldeas y contra nobles que abusaban de campesinos. No digo que no cometieran abusos también, pero eran hombres, y muchas veces impulsivos y pecadores como los que más. Estoy de acuerdo contigo en relación a que hoy en día no es necesario sus palacios, aunque tal vez no tengan de otra porque el hecho de organizar un obispado es trabajo burocrático y es más cómodo así. Sería preferible que tuvieran habitaciones más modestas y que ellos fueran los primeros en poner el ejemplo, como líderes de la institución espiritual más importante en occidente.

También hay que recordar que si uno se compromete con algo o alguien, debe hacerlo en un 100% de sí mismo, y más en algo tan delicado, como la religión. Si te piden algunos compromisos, como católico debes cumplirlos, porque por algo eres católico. Recuerdo que debes ser fiel, y más fácil para ti, como estudiante de Derecho, que tienes el antecedente de Santo Tomás Moro y los obispos traidores de Inglaterra.

Pero si eres tan exigente con todos los católicos, que no sé si lo seas, "que el que no tenga mancha de pecado, arroje la primera piedra". ¿Eres masón, no?
Y como tal, has leído alguna vez lo que hicieron aquí en América, supongo. Si no te lo cuento:

1.- Correr a todos los jesuitas del imperio Español, por orden de Carlos III, cuya familia, los Borbón, tenía a casi todos sus miembros en la masonería. ¿Cuál fué la consecuencia?, muy simple, como los misioneros y párrocos jesuitas tenián más del 95% del control de la educación en la Nueva España, por más que fuera radical, era educación, se perdió; hasta la fecha no se ha recuperado México de tamaña orden. Los colonos se enojaron, y las autoridades arrestaron a poco más de 50 personas por protestas; en México, dejaron de haber escuelas para los hijos de españoles, y los indígenas se sintieron traicionados al ver irse varios de sus "padrecitos" fuera de ellos. Se creó división social y cultural que no ha acabado. Esto empezaría aver su fin, cuando un "cura" del pueblo de Dolores en Guanajuato, que había leído a Voltaire y a Rousseau irónicamente, hizo ondear un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe, y tocando las campanas de su Iglesia...La guerra de independencia comenzó. (Una guerra civil entre pueblos hermanos diría yo).

2.- Otro caso, más reciente: La guerra de las criteros o Cristera.

El gobierno de Plutarco Elías Calles, Prsidente de México durante la segunda mitad de los años 20's, declaró ilegal a la Iglessia Católica y su práctica se quedó prohibida. Se abe que Plutarco Elías Calles era en ese mometno masón; heredero en el poder de Álvaro Obregón, último jefe de la revolución mexicana, pues terminó deponiendo a Venustiano Carranza. Después, se reconvirtió Calles, años después, por un mártir que intercedió por él, el Padre Agustín Pro, quien al ser fusilado durante el conflicto, aceptó morir por su ejecutor, el Presidente Calles; pero ese es otro tema, y del nuestro me he salido.

Como mencionaba, se prohibió a la religión católica que se practicase, pero esto provocó otra guerra civil, mientras el mundo se deshacía en la caída de Wallstreet y la Gran Depresión.

Injusticia por parte del gobierno, cuyos miembros eran masones, hasta el punto en que el gobierno trató de crear la "Iglesia Católica Mexicana", en servicio del Estado.

Se levantó un abogado de humilde origen, Ancleto González Flores, quien dijo: "Hemos de forjar, bien sea un arado o una espada, pero, de todos modos, un arma de liberación". Cuando cayó él, en su lugar se puso el general Enrique Gorostieta, quien no siendo Católico, vió la injusticia por parte del gobierno, decidió pasarse de los cristeros este general, educado en West Point.

Así encontrarás muchos casos en la historia mexicana, donde los más cercanos a tu visión político-social, serán muchas veces los mismos católicos, dejando a un lado lo masón.

En cuanto a reliquias, eso es para viejas de templos si no sabes nada de ellas. No es lo relevante de la Religión, aunque tal vez ayuden a afirmarte en la misma. Lo importante eres tú y tu convencimiento y relación con Dios, es decir, lo que buscas por respuesta en esta vida.

Si Dios te da la Gracia de comprobar la veracidad de una reliquia, es para tí un detalle para lo mismo, afirmarte en tus creencias.

Por ejemlo, la aparición de Garabandal en Cantabria...puede o no ser verdad, pero Suetonio, en "La vida de los doce césares", cuando habla de Galba, quien sustituye a Nerón, menciona que en Cantabria, por una región de descripción parecida a Garabandal, escribe que una niña albina tuvo un momento de levitación, además de una visión, donde decía que él jefe de Hispania sería el señor del mundo. Poco después Galba era coronado emperador de Roma. ¿No es algo confuso, siendo que es referencia de un autor pagano, de tiempos paganos en su mayoría, que le da la razón a una aparición un tanto fideísta? Así puede suceder con las reliquias.

Para finalizar mi extensa y molesta para usted, respuesta, le recomiendo, dejando a lado mis creencias religiosas, que lea "El Poder y la Gloria" del autor oxfordiano Graham Greene, cuyo tema le interesará y podrá usar en mi contra. Trata de un sacerdote, que no vive como tal pues tiene una hija y todo lo que le sucede en el estado de Tabasco, en tiempos del comunista Garrido Canabal.

Si gusta hablar más conmigo, le dejo mi mail, que es spacelegionaire@hotmail.com,

Su compatriota en raza y origen asturiano,
Gonzalo Fernández.

Anónimo dijo...

supagina es una porqueria es muy aburrida y tediosa y ademas no contiene lo que dice