miércoles, julio 11

Educación para la Ciudadanía desde Alicante

Curiosamente, a la vez que ayer en la prensa asturiana Greciet ocupaba su tiempo conmigo, un miembro de la Sociedad Benéfica Constante Alona (vinculada a la Logia que el Gran Oriente de Francia tiene en Alicante) publicaba en el Diario Información el artículo que sigue. Hay más motivos que el hecho de que la reflexión que reproduzco proceda de un Hermano para publicarla aquí; me ha gustado y me ha parecido de un gran interés. Y todos sabemos que en este momento la Educación para la Ciudadanía es un pequeño pulso que se mantiene por la sociedad civil del país, frente a los hombres de negro y todo el producto oscuro que han elaborado durante siglos. Buena lectura.

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Educación para la Ciudadanía


La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía ha conseguido desenterrar uno de los más funestos fantasmas del pasado. Los voceros más rancios de nuestro país acusan a la masonería de haber hecho una reforma educativa para atacar a la Iglesia católica y convertir en ateos racionalistas a nuestros niños y adolescentes en las escuelas. Vuelve el complot judeomasónico. Nada más lejos de la realidad, la masonería adogmática española no tiene capacidad de influenciar en nuestro actual Gobierno dada su exigua presencia en nuestro país, lo que no quita para que tenga opinión propia al respecto, en esta ocasión al lado de quienes defienden a la educación como la mejor herramienta emancipadora del ser humano.
Decía Aristóteles que la Educación del ciudadano debe ser pública, porque si el Estado en su totalidad tiene un solo y mismo fin, la educación debe ser una e idéntica para todos sus miembros. Lo que es común debe aprenderse en común. Este pensamiento fue rescatado durante el siglo de las Luces y la revolución francesa, origen de las actuales democracias occidentales, al proponer Montesquieu y Diderot el papel de la Educación para formar en la solidaridad y la virtud, dándose preferencia al interés común frente al aislamiento insolidario, educando futuros ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes y capacitados para ejercerlos como personas libres en una sociedad plural. La ignorancia, el fanatismo y la ambición como origen de la fractura entre las clases sociales que destila el dogmatismo, que siempre ha ido unido a modelos absolutistas y dictatoriales de concepción de la sociedad, deben ser contrarrestadas mediante el cultivo de la libertad de conciencia, la igualdad, el conocimiento y la autonomía moral de los individuos.
En la sociedad de la globalización, donde los movimientos migratorios entre continentes son naturales y necesarios y nos conducen a modelos plurales en lo racial, religioso y cultural, cuando el modelo occidental está basado en la insolidaridad y la competitividad exacerbada donde no se rechaza ningún instrumento, incluida la violencia en cualquiera de sus acepciones tal y como nos muestran día a día los medios de comunicación, cuando la familia como primer elemento educador en comunidad está siendo sustituida por las nuevas tecnologías, cada día es más necesario que el sistema educativo tenga un impulso, por encima de las creencias metafísicas de cada cual, dirigido al común, a la convivencia pacífica, igualitaria, defensora de valores universales con el objeto de formar ciudadanos libres, responsables, participativos y cooperantes. Es difícil no estar de acuerdo con estos criterios. Esta es ni más ni menos la función de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía.
Por todo ello sorprende que se demonice un programa donde nuestros niños y niñas en la primaria trabajarán la dignidad de la persona y su inmersión social, la participación en la ciudad, el concepto de ciudadanía y la sociedad multicultural. O que en la Educación Secundaria Obligatoria trabajen la moral pública y privada, los usos sociales y las normas jurídicas, la laicidad y la confesionalidad, la participación y compromiso ciudadano o los problemas sociales de nuestro tiempo, como el consumo racional, el ocio, la vida afectiva, la igualdad de género, los conflictos sociales, la participación escolar, la inmigración y la interculturalidad, el medio ambiente y la educación vial. Pero es mucho más grave que desde la Conferencia Episcopal se dude de los docentes que impartirán estas materias convirtiéndolos en sus ataques en una especie de comisarios políticos al servicio del partido en el Gobierno cuando estos forman parte de un Cuerpo de la Administración Pública al que se accede por oposición y no se hacen distingos por credos. Quizá el subconsciente les recuerda una de las funciones de los miembros del partido único con el que estaban aliados durante la dictadura, la formación en el espíritu nacional, o sencillamente olvidan cómo son seleccionados los profesores de religión integrados en el sistema educativo público.
Educar para que los futuros ciudadanos sepan vivir en libertad con responsabilidad y tolerancia debería ser uno de los acuerdos de Estado por encima de quien se encuentre en el Gobierno. En democracia el canal de intervención en esta cuestión debe ser la vía política y la opinión desarrollada en los medios de comunicación. Pero la intervención en esta cuestión de aquellos que su ámbito de intervención es la esfera privada, las creencias metafísicas, deberían ser más prudentes en sus proclamas de insumisión contra la legalidad, cuando intentan universalizar sus conceptos éticos y convertirlos en rasero para el total de la ciudadanía, mucho más cuando siguen disfrutando de un espacio en el currículo escolar de nuestro país poco habitual en el entorno europeo.
Rafael García Meseguer. Sociedad Benéfica Constante Alona

3 comentarios:

Una mujer desesperada dijo...

sinceramente, no comprendo a quién puede molestar esta asignatura. de hecho, hasta que nuestro sistema educativo no sea completamente laico no será un buen sistema educativo. pero claro, quizá nos lleve años conseguirlo...

Anonimo dijo...

Era Rosseau, no Montesquieu, tirano.

Ricardo Fernández dijo...

Querido anónimo:
No es Rosseau, sino Rousseau. Y además de Rousseau, que trató abundamentemente sobre la educación, también Montesquieu le dedicó algún pensamiento, además de construir la teoría política sobre la separación de los poderes, gracias a la cual, por ejemplo, un parlamento salido de las urnas por sufragio directo puede legislar sobre una asignatura que se llame "Educación para la Ciudadanía".