domingo, junio 10

La espiral y la vergüenza

El escándalo conmueve las entrañas de Europa. Atrás han quedado, parece, los tiempos en los que los espectros helaban la sangre de los buenos burgueses, atemorizados por aquellos monstruos que surgían del sueño de la razón de unos cuantos desarrapados. La Europa de nuestros días tiene que asistir humillada a un espectáculo denigrante. La vieja Europa que, según aquel estadista español que terminó dejándose melena, estaba próxima a desaparecer, es sustituída ahora por esta otra, nueva, ultraliberal, neoconservadora, religiosa, dogmática, dispuesta a servir a los intereses del amigo americano, ése que te señala con el dedo y te dice "tú, ni te muevas".

El Consejo de Europa acaba de arrancar otro pellejo más a esta lacrimónega cebolla que empezó a pelarse antes del once de septiembre. Sí, muchas personas encuentran en el criminal atentado sufrido por la ciudad de Nueva York el origen de todos los males, de los ataques y de las defensas, de las hambres y las ganas de devorarlo todo. Pero pienso que el origen es anterior aunque la memoria selectiva y la capacidad pictórica de los medios de comunicación de masas, repitan hasta la saciedad esa imagen de fuego aéreo arrasando la lorquiana aurora levantada sobre cuatro columnas de plata.
En la larga cadena de desigualdades y de injusticias; en la ambición desmedida con la que se alimentan las nuevas dictaduras, más sofisticadas y discretas que las viejas, pero igual de crueles, puede encontrarse el huevo del que nació este pollo de patas largas, desplumado y hediondo. La memoria reciente permite recordar con claridad los escombros humeantes de las torres gemelas y lo que sucedió después: Afganistán y los viejos aliados que de un día para otro se convirtieron en enemigo intratable; Iraq y unas armas de destrucción masiva que, "mírenme a los ojos, les estoy diciendo la verdad", nunca existieron. Cárceles ilícitas donde las democracias liberadoras del mundo hacían lo que siempre se ha hecho en las cárceles ilícitas. Y gobiernos surgidos de las urnas de las más respetadas naciones, capaces de crear, otra vez, infiernos como el de Guantánamo.

Ahora le ha tocado a Europa. Supongo que a la nueva Europa. Aquélla que nació en las Azores, muerta de risa. Dos países, Polonia y Rumanía, desprenden cierto tufo según las conclusiones que se recogen en un informe elaborado por el Consejo de Europa. En su suelo se ha ha hecho carne el presunto acuerdo suscrito entre la OTAN y la CIA, albergando cárceles secretas, centros de detención ilegales, constituídos y mantenidos al margen de toda regla, de todo valor, de todo principio surgido de la moderna concepción de los derechos de la persona. Si algo sospechábamos desde que se tuvo un mínimo conocimiento de que aviones estadounidenses habían recorrido nuestro espacio aéreo con cierto sigilo, ahora tenemos la certidumbre de que no será necesario mirar hacia el Caribe para encontrar brillantes alambradas.

No hace tanto se conmemoraban los cinco años de esa vergüenza universal que es Guantánamo; una expresión más de que todos sabemos combatir al salvajismo con el salvajismo, generando aun más terror del que nos hemos encontrado en el camino. Sin embargo, lo verdaderamente difícil es creer en la democracia, en los derechos humanos, y ser capaz de hacerlos llegar a todos los rincones del mundo valiéndose de los ideales de justicia, de igualdad, de libertad. Todos tenemos capacidad para apretar un gatillo, para dar un golpe, para insultar, para vomitar odio. Esa es una facultad que, desgraciadamente, no nos ha sido negada. Las cosas complicadas son otras.

Ahora ya tenemos nuestro propio espectáculo y nuestra propia contradicción ¿Cómo puede ser posible que en la martirizada Europa también se admita la posibilidad de que una persona pueda ser detenida y permanecer privada de libertad al margen de la ley, sin un proceso público dotado de garantías? No sé cómo puede ser posible, pero la realidad está ahí, exhbiéndose ante todos. Son además dos países que acaban de padecer una dictadura los que, seguro que a cambio de un módico precio, han cedido a la tentación de resucitar a Stalin. Pero también han sido otros países más civilizados, donde se toma el te a las cinco de la tarde, o se confía en Dios, o se juega con los cuernos de un toro, los que han alimentado esta espiral, por la que nos deslizamos sin remedio y muertos de vergüenza. Los que la tenemos, claro está.

Cuando termino este pequeño diálogo conmigo mismo me pregunto si habrá algún otro país que haya dicho sí al amigo americano. Si existirá alguien más, capaz de sostener eso de que hay que ser un poco menos libres para estar algo más seguros. Si habrá alguien que plantee la posibilidad de sancionar a estos países privándoles, por ejemplo, de la televisión por satélite. Si en el Vaticano, el sr. Ratzinger organizará alguna canonización masiva de estos nuevos mártires condenados sin juicio. Me pregunto tantas cosas de difícil respuesta...

1 comentario:

Una mujer desesperada dijo...

siempre me pregunto, por ejemplo, cuando veo las demenciales medidas de seguridad de los aeropuertos, por qué Europa, donde ha habido atentados normalmente en trenes y metros, no orquesta las mismas gilipolleces para estos medios de transporte. la influencia yanqui es alargada, amigo, allí fue con aviones, aquí vigilamos los aviones! es quizá un ejemplo tonto, pero demuestra claramente cómo nos hemos plegado al amigo americano.

bicos y buenas noches,