jueves, junio 14

Hace treinta años

En octubre de 1976 Adolfo Suárez, sucesor del último presidente del Gobierno nombrado por Franco -Carlos Arias Navarro-, conseguía que los viejos Procuradores de Cortes aprobaran la Ley para la Reforma, que despejaba en España, de forma definitiva, el camino para la celebración de las primeras elecciones libres desde la desaparición de la II República. Mañana se cumplirán treinta años de aquella primera consulta popular de nuestra recuperada Democracia, escrita así, con mayúsculas.

Recuerdo los días previos a aquellas elecciones. Me acuerdo de los coches con altavoces arrojando propaganda. También me acuerdo de las pequeñas tertulias familiares que se organizaban en mi casa y de los mítines, que volvían a hacer furor en aquel pequeño hogar a pesar del tiempo pasado y de los relevos generacionales. Creo que fue mi bisabuelo, del que alguna vez he hablado aquí, el que fue corriendo a escuhar a Dolores Ibarruri, La Pasionaria.

También me viene a la memoria el momento de la votación. Mis padres me dejaron jugando en el parque de La Serena, en Gijón, entonces una gran plataforma de hormigón con algún banco desvencijado que pasaba por zona verde del barrio del Llano, exhibiendo un césped triste, ajado y marrón, rodeado por un bordillo en el que había clavados unos aros metálicos, oxidados, que se enlazaban sucesivamente, formando una especie de cadena hecha con medios eslabones que le servían de protección; y también había un guarda, uniformado como un gran armario gris, provisto de un largo palo de madera, y que hacía su ronda en las cercanías de una fuente de hierro pintada de amarillo, próxima a las Casas de los Maestros, con un chorrito flojo y escaso: los niños poníamos el dedo, obturando la salida, y el agua salía a presión bautizando a todo el que pasaba. Así me encontraron mi padre y mi madre al salir del primer colegio electoral que habían conocido en su vida. Creo que yo me llevé un cogotón, la Pasionaria el voto de mis bisabuelos, y Felipe González el voto joven de mis jóvenes padres, señales inequívocas todas ellas de que en España algo estaba cambiando.

5 comentarios:

Una mujer desesperada dijo...

yo de ese día sólo tengo un recuerdo. miraba por la ventana mientras mis padres cruzaban el descampado que era encontes mi calle yendo a votar. estaban excitados, antes de salir, por eso fui a mirar cómo se marchaban, algo que nunca hacía.

Ricardo Fernández dijo...

Me llama la atención, por la descripción que haces del lugar donde vivías, que en aquella España todos teníamos nuestras casas en lugares próximos a un cráter o algo similar. Tu calle era un descampado; el parque en el que yo jugaba era prácticamente otro descampado con pretensiones... ¡Qué mal lo tuvieron que pasar nuestros padres! ¡Y nuestros abuelos! Buuffff!

andabao dijo...

Con siete años no me acuerdo de ese día en concreto aunque si de la campaña.
yo no tenía crateres aunque si una escombrera, pero verdaderamente cuando me doy cuenta lo mal que lo pasaron es ahora, precisamente ahora cuando ya no están me acuerdo de sus caras. Recordando sus caras, veo su lucha por salvar las necesidades cotidianas, sus privaciones, precisamtne ahora es cuando comprendo el gran sufrimiento y la perdida de vida que sufrieron.
En definitiva los crateres creo que los tuvo la gente en sus miradas de tristeza

Una mujer desesperada dijo...

es verdad! estaba todo a medio hacer, parece.

Rosa Mutábilis dijo...

La calle donde yo vivía tampoco estaba asfaltada, parece un denominador común de la época. Recuerdo perfectamente aquel día, qué impotente me sentí al ver a mi hermano ir a las urnas, yo aún no tenía los 21 años y pensaba que mi voto sería importantísimo, bueno, aún lo pienso, es emocionante para mí, siempre, ir a votar.