domingo, mayo 6

Recordar para seguir soñando


En mi Logia hay dos urnas de cristal en las que guardamos aquellos objetos que integran el pequeño patrimonio de obsequios, recuerdos y gestos cariñosos que a su vez van configurando nuestra modesta historia. Entre todos esas cosas hay una por la que nos preguntan muchos visitantes ¿Qué es esa piedra? C´est quoi ça? ¿Qué ye eso?
Sí. Se trata de una piedra traída de un Campo de Concentración, el de Vernet Arriège, en Francia, que fue visitado por un hermano del Taller. La trascendencia particular y evidente de la piedra radica quizá en que en Le Vernet estuvo prisionero José Artime, hasta que lo deportaron a Dachau. Pero la piedra también simboliza para mí el sufrimiento de la Masonería, compartido con tantos seres humanos, perseguidos por su forma de pensar o de vivir, por su etnia, cultura, sexo, orientación sexual, creencias religiosas o no creencias.
El Gran Oriente de Francia que yo conozco, ya sea en España, en Francia o en Armenia, además de imaginar un futuro siempre tiene una memoria viva vuelta hacia el pasado y el sufrimiento. Una organización centenaria como ésta, creada para el combate ideológico e itelectual, para la construcción de las personas y las sociedades, sabe que si no hay un ayer no habrá presente que vivir ni tampoco un mañana.
Existen también personas, ciudades, grupos humanos, que tienen también clara esta idea y que no se recrean en el pasado, sino que sienten como una obligación compartida el hecho de recordar y conocer qué fue lo que sucedió. Es una forma más de avanzar en esa búsqueda de la Verdad con el riesgo añadido de que, respecto a determinadas cuestiones, siempre habrá quien esté dispuesto a negar, a revisar, o a dibujar la historia de los pequeños libros de otra forma, para esconder los crímenes bajo la alfombra e intentar borrar el insano rubor que desata la vergüenza.
Ayer en Gijón, el Ateneo Obrero y la Amicale de Mauthausen-Gusen recordaron a los asturianos deportados a los campos de concentración nazis. Fue un acto sencillo, en un día luminoso, azul, abierto a este mar nuestro tan infinito y plano, como una eternidad antigua. Quizá por primera vez, las bandas y los collares también azules de los masones del Gran Oriente, sintieron el viento salino que azota los acantilados del Cervigón, justo encima de la casa que fue de Rosario Acuña.

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