jueves, mayo 10

La herejía emocional

Ayer en Gijón, el Arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, sacó del cuarto de los ratones al fantasma del miedo: España se rompe, se descompone; se afilan las rojas uñas y, seguramente, la telaraña masónica anda por ahí, sigilosa, enredando, y liando las conciencias de los monaguillos y de los buenos españoles.
Dice el Sr. Osoro que en nuestra querida casa se ha vuelto a la tesis rupturista, como antaño, y que peligra el consenso constitucional y la reconciliación. Seguramente que por eso, la Iglesia organiza esa gran peregrinación a Roma, o canonización industrial de mártires, muertos todos ellos en aquello que "ellos" llamaron Santa Cruzada. No dejo de preguntarme si entre esos mártires estarán también todos aquellos curas que mató Franco. Y no dejo de preguntarme también si el Sr. Arzobispo tendrá claro que aquellos que yacen en los fosos y en las cunetas de la España terrible, murieron apisonados por un golpe de Estado, por creer en un país diferente y por enfrentarse al fascismo.
Muchos somos los que queremos recordar. Sí, para recuperar ese pasado que fue borrado y difuminado con la ayuda de curas, obispos, arzobispos, gentes de correaje y orden; hurtado a nuestros abuelos y padres a base de hambre y miedo. Nos han educado tan bien que no tenemos ningún ansia de venganza. No es el odio el que nos impulsa: nos conformamos con que se dignifiquen las cunetas; con que las excavadoras no arrasen lo poco que pueda quedar en los cementerios; con que la dignidad no sea pisoteada; con que no se iguale a víctimas y a verdugos; esto es, a los que defendieron la democracia con los que la apuñalaron. No amenazaremos ningún consenso constitucional. Puede estar tranquilo el señor Arzobispo, que no llamaremos desde ninguna emisora de radio al odio entre españoles; ni utilizaremos tampoco las cadenas de televisión para sembrar el miedo al islam o a otras confesiones religiosas. No llegará el fin del mundo si ello depende de nosotros.
El Arzobispado de Asturias, según manifestó ayer su cara amable en los locales de la Escuela de Hostelería, organizará un sínodo para analizar, entre otras cosas, la situación actual de España. Se quiere, parece ser, convertir a cada católico en un crucifijo andante ¿Para qué?
Indudablemente resulta complicado hacer entender que no podemos convertirnos en ateos andantes, católicos vivientes, musulmanes volantes, judíos pedestres... Todo eso queda para el salón de nuestras casas ¿Tan difícil es respetar las convicciones de los demás o la ausencia de ellas? Puedo comprender que el señor Arzobispo quiera imitar la vida de Jesucristo para ayudar a cambiar este mundo. Hace mucho que Jesucristo dejó de ser imitado, y hasta me alegraría que la jerarquía católica volviera a reencontrarse con aquellos sabias sentencias con arreglo a las que el César recibía lo suyo y había reinos que no eran de este mundo correoso. Digo que puedo comprender que cada católico quiera imitar este o aquel ejemplo, pero no que eso se pretenda imponer como verdad absoluta a todos los demás, pues, en definitiva, es cuanto subyace en el discurso del polit buró eclesiástico desde hace muchos siglos.
A Osoro también le preocupa -según hizo público- «que se reconozca a quienes quitan la vida a los demás como interlocutores». Y a mí, señor Arzobispo. Pero esa es una cuestión que los ciudadanos tenemos que resolver en las urnas, no en las iglesias. Bien estaría en todo caso recordar cuál es el papel de la Iglesia a la que pertenece don Carlos Osoro en el conflicto vasco; y en el irlandés, por no irme muy lejos y quedarme en la vieja Europa. Como siempre, dos palabras, dos acciones y un discurso roído por el cinismo cuando no por la mentira.
La guinda la colocó en su alocución el Sr. Arzobispo al decir que en España el concepto de justicia se limita en ocasiones a la mera satisfacción de deseos. Se refería el Sr. Osoro a las recientes reformas operadas en la legislación civil española, con arreglo a las cuales las personas transexuales pueden cambiar su nombre en el registro civil sin necesidad de intervención quirúrgica, o las personas del mismo sexo pueden contraer matrimonio y adoptar ¡La Iglesia siempre tan preocupada por los asuntos de cama!
Es una verdadera lástima que desde la curia no se ponga el mismo empeño en evitar tapar con silencios y dinero el ingente número de escándalos sexuales, abusos de menores y un largo etcétera de canalladas. Pero la realidad es la que es y nuevamente nos encontramos con ese empeño por que los crucifijos andantes intervengan en la vida cotidiana de la sociedad civil: la confesión católica no tiene reparo, no lo ha tenido nunca, en calificar y juzgar instituciones jurídicas a las que es completamente ajena; en pretender decir a cada persona cómo ha de vivir la vida. Es la laicidad mal entendida de la Iglesia: El Estado ha de ser aparentemente neutral, pero también sostener a la confesión mayoritaria siempre y cuando sea la católica.
Carlos Osoro apostaba ayer en Gijón por la supresión de lo que él llamó "herejía emocional". Cuánto hacía que no escuchaba esta palabra. Ahora parece que ya se ha modernizado el entorno conceptual y la hoguera no es la primera imagen que nos viene a la mente, sino una muchedumbre de ciudadanos católicos inactivos, desanimados, que ven pasar los días entre comunión y comunión "sans rien faire". Frente a eso clamaba ayer el Arzobispo de Oviedo y para ello se ha convocado en definitiva el Sínodo que se celebrará en la capital de Asturias. Olvidan sin embargo que esa legión de herejes no podrá ya ser nunca un crucifijo andante: El peor enemigo de toda obra humana es el tiempo; y especialmente en algún caso, el siniestro adversario se cobija en la intransigencia, la ambición por el poder, la inadaptación a la realidad social cambiante y el dogmatismo.




Estampa de una verdadera y preocupante herejía emocional...

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