sábado, abril 7

Masonería y Comunismo en España ¿Vidas paralelas?

Hace ahora treinta años, con la respiración entrecortada, un locutor de Radio Nacional anunciaba que el Partido Comunista acababa de ser legalizado en España por el Gobierno de Adolfo Suárez. Aquél sábado santo, sábado rojo, como fue conocido luego, marcó el paso fundamental en la consolidación de un proceso político y social conocido como transición y que, hoy, unos critican y otros alaban por motivos diferentes y también abundantes.

Sea como fuere, en aquellos años los procesos de legalización implicaron el regreso de muchos exiliados, la aparición en la escena social y política de organizaciones desaparecidas y hasta desconocidas ya por una gran parte de la ciudadanía -caso de la masonería-, y también la culminación de una larga batalla dada a la dictadura y que, finalmente producía el fruto más esperado: la recuperación de la democracia.

Sucedió así con el "el Partido" y también con la masonería, reinscrita en los registros del Ministerio del Interior en 1978. Ambas fuerzas habían sido objeto de una persecución implacable: en 1941 Franco había organizado su particular máquina de terror para la "Represión de la Masonería y el Comunismo", hermanando en su persecución a dos "enemigos" que poca relación guardaban entre sí y que, incluso, tenían algo de incompatible desde que la Tercera Internacional, siguiendo las directrices marcadas por Lenin y Trotsky, habían declarado la imposibilidad de ser un buen comunista y a la vez pertenecer a una organización pequeño-burguesa como era considerada la masonería entonces.

No se trata de hacer ahora una suerte de examen comparativo de dos cosas tan distintas. Pero el paso del tiempo me ha hecho pensar en el devenir de estas dos "sensaciones" en las que con mayor o menor intensidad he participado. Recuerdo los tiempos en los que, sin pertenecer al PCE, rondaba sus proximidades, quizá por simpatía o contagio familiar, por convicción formada a partir de alguna lectura, o hasta seducido por una estética y una propaganda bien construídas.
Me encontraba en clase de Derecho Mercantil cuando se hizo por el catedrático -Muñoz Planas- la observación de la importancia histórica del día que en ese momento estábamos viviendo: Acababa de derrumabarse el "Telón de Acero" la noche antes. La sucesión de acontecimientos que se desencadenaron terminó con la desaparición de la bandera roja en las cúpulas del Kremlin. Pero fue en Francia, el contacto con estudiantes checos que habían vivido en el "paraíso", donde mi particular muro de hormigón armado comenzó a resquebrajarse. Y terminó de caerse a mi regreso, cuando viví la siniestra alianza forjada entre Julio Anguita y José María Aznar; aquello que sabiamente se denominó "la pinza" y que a mí me pareció un entendimiento diabólico y una estrategia completamente equivocada. A todo eso, y un poco de parafernalia, se redujo mi vivencia comunista.

Sin embargo el PCE asumió durante la dictadura un papel clave, siendo el referente de la oposición al régimen de Franco. Quizá muchos pensaron en la posibilidad de que, un día no muy lejano, "el Partido" pudiera aglutinar todas las esperanzas ciudadanas y liderar un cambio social. Pero no fue así. Yo creo que en España el comunismo se desmoronó antes que en Polonia o en la propia Unión Soviética. Pienso que el Partido Comunista, ausente en cierto modo de un país en el que había estado proscrito, no le había tomado el pulso a la sociedad. Liderado por quienes habían sido grandes figuras en otro tiempo, no supo o no pudo renovarse, transformarse y adaptarse a una nueva y desconocida situación. Se equivocó La Pasionaria y se equivocaron todos: Ninguna idea, ninguna obra, pensamiento o creación humana resiste el paso del tiempo invariable. Renovarse o morir.

Hoy, treinta años después de la legalización traumática del Partido Comunista, apenas sí queda alguna referencia testimonial de éste. Incapaz de ser alternativa de Gobierno se desgasta en luchas intestinas, crisis permanentes, y portando un mensaje que sigue sin adaptarse a la realidad y que se petrifica a fuerza de repetir hasta la saciedad los viejos dogmas.

El otro fantasma de Franco, el otro enemigo de la raza hispánica, la masonería, ha corrido en España una suerte diferente a la del PCE, pero también adversa. No siendo una organización política no ha tenido que afrontar problemas de gestión social. Pero tratándose de una entidad cuyo fundamento se asienta, entre otras cosas, en una perdurabilidad en el tiempo que le ha impreso carácter e identidad, y en un acervo de ideas universales a través de las cuales expresa su compromiso con el género humano, no ha sido capaz de recuperar el terreno perdido durante la dictadura.

Cuando en 1941 se creaba el Tribunal para la represión de la Masonería y el Comunismo, la purga ya había sido consumada. Los masones murieron o se exiliaron; los pocos que no fueron aniquilados se humillaron retractándose, perdieron su libertad, sus bienes, sus trabajos, la posibilidad de educar a sus descendientes. Fueron convertidos en nada. La eliminación llegó a tal grado que se aplicaron las medidas de depuración a más personas que masones había en el país. Es decir, se hizo un trabajo de "limpieza" metódico y concienzudo.

Algunos hallan aquí la explicación a la situación actual de la masonería española. Sin embargo, por la experiencia personal y lo vivido, encuentro el recurso a la dictadura y la excusa que ésta brinda un tanto pobre para explicar todo lo que ha sucedido. Cierto es que ha habido que construir o reconstruir desde cero. Es verdad que no quedaron en España cimientos sobre los que sustentar el retorno. Pero de la misma forma encaja también con la realidad la sucesión de confrontaciones y desacuerdos que han hecho imposible reencontrar el origen y la estabilidad deseada a pesar del transcurso de treinta años. A España regresó una masonería maltrecha, inadaptada también al país en el que pretendía asentarse, más preocupada por las cuitas construídas en torno a la recuperación del patrimonio histórico -entiéndase aquí únicamente el patrimonio inmobiliario- que por solidificar su propia existencia; regresó un proyecto en el que las referencias ideológicas al laicismo no existían; volvió algo que había perdido sus señas de identidad, y que se conformaba con una parafernalia en la que se pretendía encontrar la explicación de todas las cosas y recuperar con ella las "secretas tradiciones". Retornó un cascarón vacío.

Sobre esos cimientos y con esas dificultades ha sido necesario levantar los nuevos proyectos. Algunos se han dado cuenta de que es necesario hilar de otro modo esta complicada madeja, si bien no hacen otra cosa que apropiarse de etiquetas con las que fabricar una imagen exterior, socialmente atractiva. Así, por ejemplo, la masonería española, con independencia de la corriente que siga, se declara mayoritariamente "laicista" aunque en muchos talleres esta sea una cuestión "política" y, por tanto, de tratamiento prohibido. Otros, cansados de esoterismo y ansias de levitación, hemos tenido que ir a encontrar la "tradición perdida" fuera de nuestras fronteras, rebuscando incluso en logias creadas por nuestro exilio o en las que éste, de una forma u otra, dejó su huella, aprendiendo de nuevo y de memoria el mismo sueño que tuvieron nuestros abuelos.

No se trata de lanzar una crítica despiadada contra el trabajo o los proyectos de otros. Pero sí de echar una mirada hacia atrás y reconocer que lo hecho hasta la fecha apenas sí nos ha permitido dar algún que otro paso titubeante. Pocas son las logias en las que el laicismo y las cuestiones cotidianas y sociales conviven con un trabajo de crecimiento interior; tengo la gran fortuna de estar en uno de esos talleres. Pero aun así hay que reconocer que son muchas las carencias; que a esta masonería nuestra le cuesta todavía mucho salir a la calle y poner la cara; que son muchas las contradicciones internas que, amparándose en una tradición que se presume atemporal, surgen inevitables revelando cuánto queda por hacer. La tradición misma, sin embargo, exige saber en qué tiempo nos encontramos y no signfica, ni mucho menos, cerrar los ojos ante demandas crecientes que se hacen con toda justicia y frente planteamientos incompresibles y que devienen incongruentes.

Treinta años es mucho tiempo. Y lo que queda, pasadas estas décadas en España es, en un caso, un sentimiento de frustración, una imagen viva de la derrota de uno de esos sueños de la razón que acaban siendo monstruos. Treinta años después, sin embargo, la masonería, a diferencia de aquel partido político que se convirtió en pesadilla en tantos lugares del mundo y en desilusión en nuestra casa, no puede permitirse el transcurso de más tiempo baldío; de más esfuerzos vacíos y estériles; de más confrontaciones y personalismos. Hay espacio para la existencia de diferentes proyectos, de formas dispares de trabajar pero que, en definitiva no pueden perseguir otra cosa que el "mejoramiento de los seres humanos como de la sociedad". Trabajo, paciencia y calma.

1 comentario:

gilber dijo...

¡Comunistas!

Parece que fue ayer y no es así. Tenía yo por entonces 16 años y militaba en las juventudes del "partido", era responsable de organización de la célula de Enseñanza Media. Cavite, el entrañable e irritante fotógrafo de mi pueblo, recorría con su cojera la primera línea de la manifestación:

¡Así…. se ve…. la fuerza del PC!.

La ilusión desbordaba todos los rostros: Por fin se nos hacia justicia y podíamos dirigirnos a la sociedad de una forma abierta, ofrecerles nuestras ilusiones, nuestra fuerza, nuestra experiencia y nuestra organización. Aun puedo ver la cara de Roberto Peto, Barre la Bruja, Charli El Enano, Manolin “Camareta”, Sebita, Valderrey Cuellos y de su hermana, Fraile, Alberto “Boli”, Fonso, Latas,…... y tantos mas que ya ni recuerdo con claridad sus nombres pero no olvido sus caras. Todos ellos en el Ateneo, viendo con una esperanza inimaginable como se hacia realidad un sueño de muchos años, en mi caso no tantos: 4 solamente. (La verdad es que fui algo precoz en materia ideológica. Probablemente la culpa la tenia el ver a mi madre y a mi padre trabajando como animales de luna a luna y aun así estar a distancias cósmicas del nivel económico medio del resto de mis vecinos)……

Nuestro objetivo como miembros de las Juventudes: Construir un marco de convivencia donde la imposición, la violencia, el ultraje de la represión quedaran definitivamente proscritos. Siempre me enorgullecí de poder decir que nunca jamás hubo un piquete en las huelgas del Instituto de Sotrondio: quien quería entrar a clase durante una huelga votada en asamblea entraba y punto.

Que poco duró la alegría, un año mas tarde, poco más o menos, todo el proyecto por el que había luchado pegó un giro “laboralista” que nos dejo estupefactos. Los chicos del “trabajo” nos pegaron una patada en los dientes a los muchachos de la “cultura”.

A partir de ese momento comienza el gran éxodo, la diáspora, los cuadros mas brillantes del partido, los mas preparados y probablemente los de criterios posibilistas (otros los llaman trepas, vete tu a saber quien tenia razón) se suben al carro del caballo con mas posibilidades y algunos de ellos hacen carrera política.

En fin, que se le va a hacer. Otros consideramos que no estaba en esa esquina la solución a nuestros problemas ideológicos y descartamos integrarnos con nuestros primos socialistas.

No se si acerté, ni me preocupa: Fue mi decisión y me había ganado la posibilidad de decidir que hacer con mi carga ideológica.

Algo bueno me quedo de todos los esfuerzos realizados y de las ilusiones rotas:
• El saber que se contribuyo a efectuar el cambio pacifico de nuestro país.
• Las tardes de discusión política, cinematográfica, musical, literaria, humana con mis camaradas entre el humo de los ducados y los celtas.
• Las fiestas con un par de “cajes” de sidra, una guitarra, cantando “En la planta catorce del pozu mineru….” y una gana de vivir que se nos salía por los poros.
• Las caras de mis amigos cada vez que conseguíamos arañar una pequeña parcela de libertad.
• La fotografía de Cavite, agitando el puño sobre la cabeza, con el pin del partido en la solapa, la cámara al cuello y diciendo “………y Sabadiego de casa”, al final de una de sus alucinantes y rotundas frases estalinistas.

Hoy, con 47 años puedo decir: ¡Mereció la pena!