lunes, abril 2

La danza del amor

Hace una semana, Julia Franco, amiga, pianista extraordinaria, y casi sin que ella lo sepa colaboradora desinteresada de una honesta pequeña masa de librepensadores, hacía que mi cabeza volara en el Auditorio de León mientras sus dedos arrancaban a las teclas del piano una hermosa melodía del compositor Pedro Blanco. Era "La Danza del Amor": un agradecido "bis" que siguió a un concierto que no se interpretaba en España desde 1918, y con el que premió los aplausos recibidos. Luego pude bajar a los camerinos y abrazarla; y sentirme un poquito feliz al verla emocionada y alegre rodeada de toda su familia.
Me desplacé por la tarde y el coche quedó aparcado en el Paseo de Papalaguinda, justo delante de una pintada trazada en la pared con muy poca fuerza y escaso pulso: "ZP asesino".
Mientras escuchaba el piano no pude dejar de pensar en cómo han cambiado las cosas; en todo este incendio provocado al margen de una sociedad que en su inmensa mayoría va dejando de lado la mala uva... Creo que llevamos dos sábados sin manifestaciones, sin la bandera de Marujita Díaz ondeando al viento, prietas las filas; sin himnos arrebatados ni arrebatos patrióticos de pistola y corneta. Llevamos dos semanas, otras dos, sin que España se rompa y salte por los aires a pesar de los denodados esfuerzos de los fabricantes de cava catalán, los masones, los ateos, los rojos más o menos tintos, las mujeres, los transexuales y toda ese reverso tenebroso que no va a misa los domingos y fiestas de guardar.

Hace más o menos un año que comencé a lanzar suspiros escritos desde este balcón; he escrito sobre juicios, guardias del Turno de Oficio, inmigración, la France, la España de pandereta y la eterna quejumbrosa, el laicismo arrebatador y la aconfesionalidad tibia; creo que no puedo arrepentirme de esta experiencia que nació para ayudar al pequeño proyecto gijonés de la Logia Rosario Acuña, y que ya ha superado aquella tenue frontera en medio de tanto ruido. Creo, llegados a esta leve altura, que el tono ha sido siempre el mismo, pero, recordando tanto estruendo de cadenas, siempre he insistido en la necesidad de mantener cierta cordura frente a todos aquellos que desean que la ausencia de toda razón, haga nacer definitivamente el monstruo que habita en nuestros corazones; esos corazones medio helados con los que los españolitos venimos al mundo desde hace, más o menos, un par de siglos.

El domingo pasado, tras ver la pintada en el Paseo de Papalaguinda, la melodía de Julia cobró un significado especial para mí; un pequeño secreto masónico, un misterio que sólo yo podía entender en aquel momento, fabricado por mí y a la medida de mi pensamiento. Durante este año he interpretado mi particular danza del amor; porque no hay ánimo -nunca lo ha habido- de herir o dañar; ni tampoco animadversión hacia nada ni nadie. Quizá lo que he intentado ha sido hacer patente cierto sentimiento de resistencia. No callar. No callar en un país en el que toda una generación aun baja la voz y mira de reojo cuando susurra su pensamiento al oído del acompañante. Y también guardar silencio. Sí, porque el silencio sigue siendo el mejor de los castigos para los petulantes, desleales y bobos que esperan que alguien embista el trapo rojo, ganando la fama a costa del alboroto. Así las cosas, unas veces he hablado, escrito, y otras he guardado una más que pruedente, deliberada y medida pausa musical. Nada se ha hecho al azar.



Hoy, cuando se cumple este particular e íntimo aniversario, los informativos de radio y televisión, y también algunos periódicos, nos vuelven a hablar de "curas rojos" y de parroquias comprometidas como aquella del padre Llanos en el Madrid de la dictadura y de las chabolas. ¡Cuánto hacía que no se oía hablar de los "curas rojos"! -pensaba que se los habían llevado a todos a Nicaragua-. Pequeñas iglesias que se cierran por quebrar la liturgia y dar la comunión con rosquillas en vez de utilizar ruedas de molino, que suele ser lo habitual. Sí, Fraga se equivocó: España no es diferente. Es única: Otros países, Polonia por ejemplo, asisten a su circo y quieren que Europa deje de abortar mientras sueñan con abrir de nuevo los armarios en los que encerrar a las pecaminosas violetas. Y en otros lugares, como en los Estados Unidos de América, las diócesis quiebran -¡y van cinco!- incapaces de hacer frente a las cuantiosas indemnizaciones de las que son acreedores los púberes hurgados, palpados, violados y reviolados, cuyos silencios son indispensables para que la comunión siga formando parte de una liturgia hecha como Dios manda o, como dirían los franceses, comme il faut, que suena más rotundo y definitivo.

No hay comentarios: