jueves, abril 26

Gernika

Los rojos incendiaron Gernika. En su huída desordenada rociaron con gasolina los muros de piedra de la emblemática villa y todo ardió. Esta es la mentira que contaron los medios de comunicación franquistas hace hoy setenta años. Europa asistía muda y ciega al primer bombardeo sistemático y premeditado de una población civil. Nada contaban, ni la prensa ni las radios golpistas, de la aviación nazi y sus ametrallamientos a la población vasca en un día de mercado. Nada se decía de la utilización de bombas de fósforo, que provocaban un incendio casi eterno, por primera vez en la historia.

Y sí, la civilizada Europa que había decidido no intervenir, miraba una vez más para otro lado mientras Gernika adquiría méritos para quedar inmortalizada gracias al horror y a Picasso. No fue esa la primera vez que la aviación nazi y la de la italia fascista intervinieron en la Guerra de España. Pero sí ha pasado el hecho a la historia como la primera vez que se actuó a conciencia y con una finalidad estratégica contra una población civil indefensa, buscando el mayor número de bajas y, en consecuencia, el terror que precede a la desbandada. Los obuses de los barcos alemanes habían caído antes sobre la población de Málaga que abandonaba la ciudad por la carretera de Almería: Fue ésta otra de nuestras remarcables tragedias; pero la de Guernika, hace hoy setenta años, retumba en el tiempo a pesar de los esfuerzos que tanto "historiador" de salón de baile y tanto macarra armado metido a escribidor y archivero, hacen por contar el cuento al revés.
Uno a veces piensa en lo ridículas que son algunas prohibiciones establecidas por la serena comunidad internacional que, reunida alrededor de una brillante y roja mesa de caoba, decide suprimir determinadas armas de la circulación o prohibir algunas conductas "inapropiadas". Me viene a la memoria esa famosa Convención de Ginebra que tanto se menciona en las películas y que, parece, debe ser algo así como un conjunto inviolable de reglas para jugar una macabra partida de parchís. Siempre he pensado, sin embargo, que todo este cúmulo de prohibiciones son un poco absurdas en tanto no se erradique la violencia como método resolutorio de conflictos. La historia de la humanidad se prodiga en avances tecnológicos que han hecho más fácil, no la guerra, pero sí la destrucción, cada vez más masiva, cada vez más metódica, cada vez más irracional a pesar de los abundantes tratados, de los escándalos internacionales, de la pulcritud de las reglas que quieren presentar los conflictos como una justa medieval.

Al final son siempre los mismos los que se mueren de hambre; los que son gaseados, incendiados, ametrallados; los que aparecen negros bajos los escombros, o se pudren con un cáncer que los roe hasta los tuétanos. Al final son las ciudades las que se hunden; las colectividades de uno u otro lugar las que son eliminadas sistemáticamente; las mujeres las que son violadas obedeciendo a una metódica programación étnica. Finalmente, a pesar de los setenta años, seguimos viendo lo mismo y siendo un lamentable botín de guerra.

Nadie quiere las guerras. Eso es lo que dicen, decimos todos. La pregunta es inevitable ¿Por qué existen entonces?

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