domingo, marzo 4

Memoria de Auschwitz

El pasado día 18 de Febrero, Jean Michel Quillardet, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, rendía nuestro homenaje a todos los seres humanos asesinados en el campo de exterminio de Auschwitz. Acompañado de los masones y masonas que quisieron dejar también allí el testimonio de su respeto, pronunció las palabras que, en una traducción muy modesta y seguro que llena de defectos, quiero ayudar a difundir.

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Palabras pronunciadas por el Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, Jean Michel Quillardet, el 18 de Febrero de 2007, en AUSCHWITZ

Indecible horror.
Noche y niebla.
Memoria y vigilancia.
Comprometerse, resistir, pelear.
Gimamos y esperemos.
Sobre esta tierra, portadora ya de un grito universal, ligada a un martirio incomparable, a una tragedia inmemorial, pienso primero en esas mujeres, esos niños, esos hombres a los que se les arrancó su destino, su dignidad, su humanidad, para ser así destrozados, despedazados, torturados, violados, gaseados por otros hombres.
Este grito, esta herida y esta inhumanidad son los nuestros.
Su llanto es el nuestro.
Su muerte es la nuestra.
Su valor es en adelante nuestro ejemplo.
Cómo se puede olvidar el rostro de ese niño asustado, sólo, separado del padre y de la madre, esa mirada que no implora otra cosa que ternura, caricias y besos y que no recibe otra cosa que golpes, desprecio y muerte; cómo se puede olvidar la luz viva que se extingue en esos ojos jóvenes, mientras se va cubriendo con la inmundicia del bestial oscurantismo.
Todos esos niños son los nuestros y llorándolos, lloro también esa parte de la humanidad a la que tantos hombres han enterrado y amortajado con su cobardía inmensa.
Pienso en esas mujeres, caminando y caminando aún con los ladridos de los perros, cadáveres ya pero sin embargo todavía hermosas. Esos cuerpos estropeados, esa feminidad magullada, esas almas ensuciadas. Soy esa mujer, y su recuerdo quedará, para toda la eternidad, en el fondo de mi corazón.
Pienso en todos esos hombres, acorralados como animales, humillados, asesinados, una figura terrible con sus huesos descarnados avanzando hacia la muerte, dignos; esos hombres, esas mujeres, esos niños, victimas del más grande crimen jamás cometido contra la humanidad.
Esos hombres, esas mujeres, esos niños, pequeñas figuras debilitadas, deshumanizadas y, sin embargo, hoy, testigos de su propia grandeza, volviendo a enviar a nuestras memorias su más noble y resplandeciente humanidad.
Pienso tambien en todos esos que por espíritu de sistema, por voluntad, por falta de valor, por costumbre dejaron hacer.
Sí, todos esos Prefectos de Francia que firmaron los decretos de saqueo o de Deportación como si se tratara de ordenanzas de tráfico, algunos de los cuales añadieron, sin que nadie se lo hubiera pedido, la mención “con sus hijos”.
Sí, todos esos valientes franceses, policías o gendarmes, que no dudaron sin remordimientos en ejecutar las órdenes por se trataba de órdenes.
Sí, todos eso franceses que veían pasar los convoyes y los trenes sin decir nada.
Sí, todos esos Oficiales del ejército Nazi, refinados, desde luego, que después de realizar su inmortal tarea podían tocar a Mozart en su piano, con sus mujeres e hijos y sin estremecerse.
Terrible lección: Sí, los hombres fueron capaces de esto. Sí, los hombres fueron capaces de lo peor. Es el espejo de nuestra iniciación: Miramos nuestros rostros; el peor enemigo del hombre es él mismo. El peor enemigo de la humanidad es la humanidad misma.
Estamos aquí para recordar que por ser judíos, hombres, mujeres y niños perecieron aquí entre sufrimientos atroces. Estamos aquí para recordar al torturado, al sometido a suplicio. Así es en adelante y para siempre, cualesquiera que sean nuestras identidades, nuestras creencias, nuestras singularidades, nuestra mirada, nuestra memoria, nuestra Historia.
La inmensidad del crimen, la naturaleza de un verdugo que no podemos concebir, hacen, evidentemente, irrisoria, parcial y hasta diminuta, la obligación que nos corresponde de decir, de gritar, de denunciar.
A pesar de eso es necesario que aunemos nuestras fuerzas y nuestras diferencias para abrir los ojos del Mundo y acabar con el tiempo de los siervos de la muerte, los amantes del odio, los necrófagos de la esperanza. Sin duda la historia, antes de Auschwitz, conoce sobradamente atrocidades y crímenes en masa, y pienso aquí en la trata de esclavos o en el genocidio armenio.
Sin embargo la shoah supera todo aquello que el mundo había conocido de barbarie. El descubrimiento del universo de la “concentración”, la puesta en marcha de la exterminación industrial, planificada, organizada al servicio de una ideología puramente antisemita, racista, xenófoba, puso de relieve la impensable dimensión del crimen.
Esto es lo que la barbarie Nazi tiene de ejemplar a los ojos de la Historia: quería negar, descalificar, erradicar la Humanidad de judío, y la del gitano, y la del homosexual, la del resistente, la del diferente...
Primo Levi lo comprendió bien. No pudo sobrevivir, por una parte, al hecho de que el hombre hubiera sido capaz de tanto odio, pero tampoco al recuerdo de aquellos y aquellas que perecieron, de tal forma que resultó para él imposible continuar viviendo en tanto que había logrado sobrevivir.
Escuchemos a Primo Levi responder a la cuestión: ¿Cómo se puede explicar el odio antisemita?
“Puede que lo que sucedió no pueda entenderse, e incluso no deba ser entendido en la media que comprenderlo es casi justificarlo.
Ninguna persona norma podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler, Goebels, Eichmann y tantos otros. Esto nos confunde y nos reconforta a la vez porque quizás es deseable que lo que dijeron –y también, por supuesto, lo que hicieron- no sea para nosotros comprensible. Se trata de palabras y acciones no humanas, o, si se quiere, antihumanas, sin precedentes históricos y que a duras penas podrían compararse con los episodios más crueles de la lucha biológica por la existencia. Si la guerra puede tener alguna relación con este género de luchas, Auschwitz no guarda relación alguna con la guerra, no es una etapa de la guerra ni tampoco una forma exagerada de la misma. La guerra es una realidad terrible que existe desde siempre: Es detestable, pero forma parte de nosotros mismos, tiene su propia racionalidad y la comprendemos.
Pero en el odio Nazi no hay nada racional: es un odio que no forma parte de nosotros, que es extraño al hombre; se trata de un fruto envenenado nacido del fascismo... No podemos comprender ese odio pero sí podemos y debemos comprender de dónde ha salido y permanecer en guardia. Si comprender el odio resulta imposible, conocerlo es necesario.
En efecto, si se piensa en este crimen, en otros crímenes de masas, genocidios perpetrados a lo largo de nuestra Historia, y si se reflexiona para saber dónde colocarlos en nuestra memoria, no encuentro sitio.
Quiero decir simplemente que todo esto no es humano y sin embargo, trágica paradoja, son otros hombres los que se desprendieron de su parte de humanidad.
Si nos hemos reunido aquí es también para decir, sencillamente, tranquilamente, claramente: no perdonamos. No puede haber perdón. No al perdón.
No se trata de odio por nuestra parte. Primo Levi también responde: “El odio es ajeno a mi forma de ser. Me resulta un sentimiento bestial y grosero...” Y por otro lado Vladimir Jankelevitch escribe “Perdonar significaría hacer desaparecer a todos aquellos que no se quiso que exitieran, y en consecuencia que su palabra se perdiese defnitivamente”.
Perdonar significaría olvidar.
Y nuestro papel, nosotros, que conocemos la importancia del tiempo y construímos y reconstruímos continuamente esta cadena de eslabones, es el de llevar nuestro ideal más allá de las contingencias del Mundo y a través de la precariedad que acecha al hombre.
Francmasones, Francmasonas, Humanistas, Universalistas, a la vez actores y testigos de la Historia, tomamos un poco de esta tierra, un poco de esta memoria, un poco de este sufrimiento, para encontrarnos, mezclarnos, humildemente, con esta humanidad, con esta condición humana de la que cada persona no ha de ser sólo depositaria, sino fundamentalmente responsable.
Este viaje al infierno nos llena a la vez de tristeza y nos conmueve, pero pesando en nosotros la inmensa grandeza de todos los deportados, con ellos, por ellos, regresamos con nuestras convicciones aún más sólidas: “¡Nunca más!”.
Oigamos el discurso del Premio Nobel de Literatura 2002, el escritor húngaro, en otro tiempo deportado, Imre Kertesz:
“En el Holocausto descubrí la condición humana, el punto de destino de una gran aventura en la que los europeos se embarcaron y llegaron al cabo de dos mil años de cultura y de moral. En el momento actual es necesario reflexionar antes de ir más lejos.
El problema de Auschwitz no es saber si necesitamos subrayar este término o no, si debemos guardarlo en la memoria o arrojarlo en el cajón apropiado de la Historia, o si es necesario erigir monumentos a los millones de víctimas y cuáles deben ser esos monumentos. El verdadero problema que plantea Auschwitz es que existió, y que con la mejor o peor voluntad del mundo nada podemos hacer para cambiar esto. La sola posibilidad de sobrevivir, de conservar fuerzas creadoras y descubrir este punto cero... Por qué esta lucidez no habría de ser fértil?...”
¿Cómo es posible todavía pensar después de Auschwitz? ¿Cómo se puede todavía ser feliz después de Auschwitz? ¿Cómo se puede todavía ser una persona en pie después de Auschwitz?
Y sin embargo, los que mataron, esos asesinos, quisieron desde el primer momento hacer desaparecer todos los logros y conquistas del Siglo de las Luces, quisieron acabar con el viejo humanismo, esa concreta idea de la persona por la que tanto hemos combatido. Violentaron a las personas para hacerles perder de este modo todo el sentido y el peso de su ser, de su vida, de sus sentimientos, de su felicidad.
¿Y no regresa el tiempo de los bárbaros? En Ruanda, en Darfour, ¿qué sucede con esos crímenes ciegos y despiadados? ¿No se percibe aún, aquí y allá, la peste de quienes todavía no se atreven a descubrirse, antisemitas, con el tufo característico de este viejo fantasma, de ese viejo mito asentado que es el antisemitismo?
¿Acaso no estamos oyendo, con un tono vulgar, estúpido y peligros, gritar bien alto y fuerte que hay que hacer desaparecer al Estado de Israel y a todos su pueblo?
La bestia inmunda, ese monstruo frío que, como en la obra de Kafka, se asienta para luego desplegarse y ocupar un espacio de tal forma que primero asfixia para luego, rápidamente, estrangular; esa bestia inmunda siempre está preparada para renacer.
Amigo mío, oye bien: es el vuelo negro del cuervo sobre nuestra tierra.
Amigo mío, has de ver en el cielo negro esas manos rojas de sangre estrangular las palomas.
Amigo mío, escucha el rumor de lo que no hablaron bajo la tortura y, sobre todo, de aquellos que han hablado.
Escucha bien la voz de los que han dicho no y de los que han luchado para, finalmente, vencer a la barbarie.
Aquí quedamos marcados con una señal que no puede ser borrada, una señal que resonara con todas sus fuerzas a lo largo de nuestra historia, el recuerdo y la memoria y todo lo que ha pasado aquí. Pero esta señal nos llama a rebelarnos, a recordar para llevar la esperanza de un Mundo mejor.
Esta luz que nos viene de los siglo pasados hemos de transmitirla siempre para volver a encontrar la sonrisa de los niños, la fuera, la sabiduría y la belleza de las Mujeres y de los Hombres para la libertad, la igualdad y la Fraternidad.
André Verdet escribió entre el 30 de abril y el 12 de mayo, aquí, en Auschwitz, algunos versos:

"Cuando mueran todos aquellos a los que quiero,
Estarán muertos dejándome completamente solo.
Será muerte en la tierra que buye como nunca lo hizo.
Cuando se extingan astros y hogares.
Yde ti de mi amor eternidad
Si la noche de noches rompe el Mundo
De su espeso pámpano helado y tenebroso.
Cuando no quede ni un soplo de vida
Excepto el mío
Más solitario que la nada
Y más amenazado aún
Cuando la irremediable carcasa siga adelante
En este universo petrificado
Mis labios forjarán en oro el nombre de una aurora nueva...”
Sí, tierra de la noche, tierra de miseria, pero también tierra de esperanza y de Luz. Hemos nacido para nombrarte, para arañarte, para llevarte con todos tus muertos, con los hijos y los hijos de los hijos de tus muertos. Hemos nacido para llevarte y decirte: luchemos por la esperanza a cualquier precio.

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