miércoles, marzo 14

Cuesta abajo y sin frenos

Después de varios días ausente, viajando por la Francia que tanto me ha dado, me encuentro de bruces al regresar a mi casa con el disgusto de ver cómo la fuerza de la gravedad produce sus efectos. Me refiero a esa interminable crisis que se percibe en el temor al futuro, y que ya no sé si es un tópico o un mal eterno. Francia ya no es lo que era y no es desde luego en este momento la representación de la vanguardia a que algunos nos habíamos acostumbrado. Algo está fallando.

No puedo evitar, al escribir esto, pensar en el fracaso del proyecto de Constitución europea, que se ahogó en aquel río verde, desmesurado y tranquilo, que Rafael Alberti contemplaba desde la parisina ventana de su exilio. Hoy leo que Angela Merkel pretende resucitar el cadáver legislativo haciendo en el nuevo texto una referencia a dios. Quizá se trate de reconciliarse con alguna confesión religiosa; o tal vez quiera remedarse ese "in God we trust" que aparece en los dólares americanos y que tan buenos resultados parece haber dado, a pesar de la existencia de algunas monedas ateas, perseguidas con ahinco por las autoridades del paraíso de la libertad en esta última semana... ¡Qué poco tiempo ha pasado y qué lejos está aquel eje franco-alemán! Lo de ahora tampoco es lo que era.

Recuerdo que hace no muchos años, cuatro tal vez, recorrí la zona atlántica francesa hasta llegar al puerto de La Rochelle. Escuchando la radio, o tal vez viendo la televisión, no lo recuerdo con exactitud, me enteré del desafío de un alcalde de la zona de Burdeos que se había atrevido a casar a dos hombres. Fue un gran escándalo. En España todavía no se había producido la reforma del Código Civil y aquello resultaba un apetecible desafío a las convenciones establecidas por la bien pensante sociedad y un espejo al que mirar ¡Mira lo que hacen los franceses! Eso es seguramente lo que diría mi madre.
El alcalde fue cesado. Y el país en el que vio la luz el Código Civil que implicó una revolución legislativa sin precedentes en toda la Europa continental, se conmocionó. La reacción no pudo ser más lamentable y desafortunada por parte de los poderes establecidos; pero no se puede decir que la decisión fuera diferente a la esperada: nunca se reconoció la validez de aquel matrimonio y ayer se dio un letal carpetazo al litigio en la patria de la burocracia, resolviendo la Cour de Cassation -el equivalente a nuestro progresista Tribunal Supremo- que el matrimonio sólo puede tener lugar entre un hombre y una mujer.

Sorprende esta cerrazón; pero mucho más el rostro terrible y el bagaje de silencios y disparates con el que algunos políticos se presentan a la lidia electoral de los meses de abril y mayo: Le Pen ha consiguido las firmas necesarias para ser el candidato a la Presidencia de la República; Sarkozy se atreve a decir que los reagrupamientos familiares de inmigrantes han conocido sus últimos días en tanto los individuos a reagrupar no conozcan la lengua francesa -en Francia se habla francés, ha dicho-. La tradicional y real separación entre iglesias y Estado puede encontrarse al borde del abismo con una candidata Ségolène Royal muda, y sufriendo las amenazadoras dentelladas del candidato derechista. Y para rematar, algo más del 30% de los franceses ha dejado de creer en los partidos que integran el espectro político en un país en el que la población tiene una conciencia real ciudadana.

No sé por qué, pero tengo la impresión de que nos encontramos ante una inmensa cuesta. Uno de aquellos planos inclinados con los que me amargaban la adolescencia en el Instituto Jovellanos, haciéndome calcular a qué velocidad bajaba la bola hasta llegar al final de su recorrido. Entonces me preguntaba a quién podía ocurrírsele arrojar una bola por un plano inclinado; y, peor, a quién podía importarle la velocidad con que la bola se precipitaba colina abajo. Hoy, percibo que son muchas las cosas que se precipitan por un plano inclinado. No sé quién las ha colocado en esa tesitura; quién las ha arrojado desenfrenadas por un geométrico precipicio. Quizá entre todos nos hemos encargado con nuestras acciones y omisiones de configurar las variables de este nuevo problema de física al que tampoco le encuentro solución. Como en el Instituto, sólo tengo la certeza de que, si nada lo remedia, la bola hará todo su recorrido estrellándose, tal vez, al final del camino.

No hay comentarios: