sábado, enero 27

Un Océano de decepciones

No funcionará. Es mi opinión formada ya casi desde los primeros momentos en que comenzó el experimento en Venezuela hace varios años. Intentar repetir la misma historia con actores secundarios y a destiempo no puede dar un resultado positivo, haciendo cierto, a mi modo de ver, aquel dicho de que segundas partes nunca fueron buenas.

Yo me eduqué políticamente teniendo en la memoria grabadas imágenes que, creo, se han convertido en un recuerdo imborrable para muchas personas: el cadáver del Che Guevara acribillado a balazos; el Palacio de la Moneda ardiendo y ahogando entre el humo aquella vía chilena hacia el socialismo; los barbudos de Sierra Maestra mandando "a parar"; las Declaraciones de La Habana... Hasta cuando iba al Instituto y era un adolescente prosoviético convencido, compadreaba con los compañeros de clase que creían que la Revolución Sandinista era la cristalización en la tierra del paraíso proletario. Y mira hoy a Daniel Ortega, católico, apostólico y romano a cuenta de un buen saldo electoral.

La situación de América Latina siempre me ha parecido lamentable: Una total ausencia de Democracia en un lugar en el que todas las dictaduras, de un signo u otro, presumen de un escrupuloso respeto a los Derechos Humanos y a las libertades públicas. Incluso tengo la misma desazón cuando aquí o allá se celebran elecciones. El Océano Atlántico me distorsiona la visión; pero no soy capaz de creerme que la Democracia vaya asentándose en el nuevo continente.

Cuando era adolescente y me tocó vivir la era Reagan, escuchar en la radio las noticias de la Guerra Civil de El Salvador, o de los ataques de "La Contra" nicaragüense, asistí quizá a los últimos momentos de una política por parte de la Administración americana: el tranquilo patrio trasero del imperio. Durante cuánto tiempo los Estados Unidos plagaron de hambre, muerte y miseria a toda la América a nombre de la Libertad: Simón Bolívar fue un verdadero profeta cuando hizo este certero análisis.

Presencié los últimos momentos de una política ligada a la Guerra Fría; una forma de hacer o deshacer por parte de Estados Unidos que le permitió poner y quitar presidentes: militares metidos a contables, alcohólicos metidos a guerreros, asesinos y violadores convertidos en gente de orden; echadores de cartas encargados del bienestar social... Todo a mayor gloria del Imperio, sí. Fue aquello el caldo de cultivo propicio para una rebelión que triunfó en algunos lugares, fundamentalmente por la singularidad de los personajes que condujeron los procesos.

Con los cambios experimentados en el mundo en los últimos veinte años, el patio trasero ya no supone una seria amenaza y la mirada del águila se ha orientado hacia otro lado. Quizá la Administración Bush es la plasmación de esto. Asistimos a una América Latina en la que de los diferentes procesos electorales habidos en distintos países, surgen líderes nuevos o viejos que llevan esperando la banda presidencial desde hace muchos años. Presenciamos un fenómeno nuevo y viejo a la vez, pero también inquietante: Un grupo de líderes políticos sustentados, unos más que otros -todo hay que decirlo- sobre un vacío que a la larga no soporta nada. El populismo.

Sentí vergüenza ajena cuando vi a Hugo Chávez en un programa de televisión entregando "un millón de pesos" a una señora necesitada que llamaba en directo. Me recordó a aquella célebre imagen de Evita asomada a la ventanilla de un tren arrojando dinero, billetes grandes y con mucho colorido, a quienes agitaban enloquecidos los brazos saludando a la bienhechora. Es evidente que el dinero no es de quien lo lanza gratuítamente, de ahí el motivo de mi sonrojo. Y creo que esto es lo que está sucediendo finalmente.

Hay quien pretende compararse con aquel Fidel Castro que se bajaba de un tanque en Bahía Cochinos. O quien quiere recordar la talla política y el arrojo de Salvador Allende. Pero esta nueva hornada de políticos que suscita tantos análisis en la prensa últimamente, no aportará a mi modo de ver grandes cosas. No existe un trasfondo ideológico sólido y no importa renunciar a lo que sea con tal de recoger el voto de una población que, en algunos casos, sigue amiseriada y fulminada por el analfabetismo. Hay cosas que persisten, pero también tiempos que no volverán.

Cuando pienso que Daniel Ortega ha votado a favor de la prohibición del aborto junto con la derecha de su país no puedo evitar recordar a aquellos ilusionados compañeros de instituto. Y cuando veo que comulga, y que comulgaría hasta ruedas de molino si se las bendijeran, no puedo tampoco evitar la desconfianza hacia estos cristianos nuevos que de repente exhiben orgullosos la bandera de su vanidad. Cuando asisto a esa mezcolanza religiosa y política; al despilfarro de recursos; al derrumbre del tejido económico; a las invocaciones a Jesucristo en las tomas de posesión; cuando asisto a todo esto, digo, veo como una vez más se esfuma el sueño de la justicia que dibujaron con humo todas las utopías. No estamos ante una nueva ilusión, sino ante una nueva decepción, otra quimera más, que se está cocinando al precio de perder una nueva oportunidad.

Cómo hablar de Democracia en estas condiciones; de laicismo; de Derechos Humanos. Cómo hablar de todo esto con un estado de cosas tal que el desastre es lo único que se percibe... Quizá sea la vieja Europa el modelo a seguir, dirán algunos. Aquí nació todo el sueño de la razón. Y a pesar de que de vez en cuando ese sueño produce monstruos, también es cierto que en las ocasiones en que se ha despertado a tiempo ha sido posible dar algún paso hacia adelante sin necesidad de recurrir al axioma que sobre el lento caminar formuló Lenin. Pero permítaseme dudar de que en este momento estemos en condiciones de ser ejemplo de nada. Veía una fotografía el otro día de Nicolás Sarkozy todo vestido de Negro, encaramado en no sé dónde, y de visita en el lanzamiento de su campaña preelectoral en el Mont San Michel. Decía el aspirante a la Presidencia de la República que había que recuperar la espiritualidad en la laica Francia. Eso es tener valor o saber que la ciudadanía descansa, abrumada por el bienestar y el éxito, y la tranquilidad que debe dar poder salir a la calle y saber que a pocos metros están Les Galleries Lafayette. Lástima de tanto "clochard".

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