viernes, enero 12

Patrimonio masónico: unas piedras, un recuerdo.

Vaya por delante que no voy a hablar de dinero; tampoco de otros bienes muebles, ni de negociaciones con el Gobierno de la Nación para obtener un edificio en el centro de Madrid, una biblioteca con gerente, un museo con guía o un dorado cascabel que nos consuele por el sufrimiento de los masones españoles durante la dictadura.

No, no pienso hablar de euros, sino de algo que frecuentemente olvidamos o, sencillamente no colocamos en el armazón de la memoria, en el espacio en el que debería estar. Para mí el patrimonio más valioso que atesora nuestra Masonería es su pasado. Sí, su pasado más reciente, el más trágico de todos los pasados que corre tantas veces el riesgo de quedar enterrado bajo escombros, apolillado en los archivos o muerto por la enfermedad incurable y definitiva del olvido.


Tengo, curiosamente, la suerte de poseer ese tesoro, intransferible en lo que a la emoción personal se refiere; tan misterioso y secreto como el aprendizaje que uno alcanza en la vida: Cuando era niño acompañaba muchas veces a mi madre a la casa de mi bisabuela. Alguna vez la he mencionado aquí. Vivía en El Llano de Arriba, barrio gijonés obrero del que recuerdo sus calles sin asfaltar y sin aceras, llenas de baches que cuando llovía se llenaban de un agua que se hacía marrón al mezclarse con la tierra. Las casas eran de planta baja, y la de mi bisabuela tenía además un patio en la parte posterior en cuyo centro había una higuera enorme y donde yo jugaba muchas veces, cavando en el suelo con un martillo de hierro, en busca de alguna reliquia olvidada, arrojada a la nada, pero que para mí era una indiscutible fuente de entretenimiento.


La casa de mi bisabuela, Benigna González LLaneza, era también el centro de reunión de vecinas; ella, que falleció cuando yo ya tenía veinte años, tenía la virtud de ser una gran conversadora y una lectora impenitente. Con un temperamento terrible, puedo decir hoy que encarnaba a la perfección a cierto tipo de mujeres que existió en nuestro país, capaz de jugarse el todo por el todo por sus ideas y por lo poco que tenían. Y la verdad es que ella, además de encajar en la descripción, lo hizo. La vida no le dió muchas posibilidades de elegir.
Entre aquellas vecinas que la visitaban recuerdo a Oliva. No sé cuáles eran sus apellidos. Sí sé que también había sido una persona marcada por el dolor y por el sufrimiento: Había sido evacuada junto con su hija en dirección a Francia por el puerto del Musel. Me acuerdo de que contaba cómo el Acorazado Almirante Cervera, que había bombardeado Gijón, había intentado interceptar el buque y cómo se habían salvado gracias a la misteriosa y sorpresiva aparición de un barco francés que había hecho las funciones de escolta hasta llegar a puerto. Oliva volvió luego a Gijón. Regresó para vivir en su casa de El Llano, sin acera, sin calle arreglada, de planta baja, húmeda y fría en el invierno... Y desde allí, tan cerca del Cementerio de Ceares, podía escuchar los disparos de fusil de los pelotones de ejecución que mataban a las órdenes de Franco. Por la noche, nos decía, se escuchaban los gritos y los lamentos de quienes, heridos, habían sido arrojados a las fosas abiertas en la tierra.


Pasó el tiempo, crecí, El Llano se convirtió en un barrio residencial de mejor calidad, de edificios nuevos, sin patios y sin higueras... Y sin abuelos. Pero conocí casualmente a otra mujer, Carmen Sastre, Carmina, que con más de ochenta años era coleccionista de sellos, también una agradable conversadora y viuda del jugador del Sporting, Domingo Sastre, que formó parte de la alineación del equipo en los años treinta, muriendo muy joven. Carmina también vivió en Gijón, en la calle de La Argandona, en el Llano del Medio. Y desde allí también me contaba cómo se oían los tiros, los gritos, los desesperados "Viva la República" lanzados como una última voluntad ...


Recuerdo a mi bisabuelo, Gil, que iba al cementerio civil y volvía a casa diciendo que había visitado la tumba de "Rosario Acuña, librepensadora, ilustre escritora"; ya de pequeño conocí aquella tumba sin nombre, escondida en el cementerio civil, sucia, abandonada. Cuando Gil y Benigna murieron los dos fueron enterrados casualmente a escasos metros de Rosario Acuña. Muy cerca también de las cuatro fosas comunes en las que reposan tres mil gijoneses, masones unos, ciudadanos y ciudadanas de a pie otros, víctimas inocentes todos. Muy cerca de la fatídica pared del Cementerio de "El Sucu", testigo frío y eterno de toda aquella atrocidad.


¿Qué hacer para que todo esto no sea una historia inútil vivida por una generación de nuestros compatriotas? No olvidar. No olvidar los hechos y tapoco la obligación que pesa sobre nosotros de seguir con convicción y firmeza el camino de libertades que abrió toda aquella generación. No olvidar que la historia reciente de esas libertades en España no se puede entender sin pasar por los cementerios. Habría sido mejor pasar por las bibliotecas, por las calles tranquilas de los pueblos, por las fiestas, por los teatros, por los poemarios de nuestros escritores, por las mentes de nuestros pensadores, por la ciencia... Pero nuestro tesoro es así de trágico, así de duro y doloroso, y no podemos dejar que el viento cubra con el polvo que arrastra el nombre de tantos hombres y mujeres, el ejemplo que dieron. Sí, desgraciadamente, en España, para hablar de Libertad y, por tanto, de Democracia en los últimos tiempos hay que pasar por los Cementerios.


El Gran Oriente de Francia, a través de la Logia Rosario Acuña, realizará un homenaje a toda esa ciudadanía mártir el próximo día 20 de enero de 2007 en el Cementerio de Ceares, en Gijón, a las once y media de la mañana. Ése es nuestro patrimonio; el más valioso de los bienes, que nos permite seguir viviendo, sin hacer daño a otros, creyendo que las cosas pueden ser de otro modo y que un día todo el sueño será una realidad.

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