lunes, enero 22

Asturias en los corazones


Durante estos pasados días, 19 y 20 de enero, Asturias ha sido el hogar de muchos hombres y mujeres, vinculados a la Masonería liberal y adogmática, que han venido a visitarnos para rendir el más hermoso de los homenajes a quienes protagonizaron nuestra historia inmediata.

Pienso, lo pienso desde hace mucho tiempo, que el compromiso de cada ciudadano con las libertades públicas no puede sostenerse si no se sabe echar la vista hacia atrás y no se es capaz de soñar con el futuro. Me vale el mismo principio y la misma conclusión a la hora de aplicarla a quienes formamos parte de la Masonería: Es necesario saber soñar para imaginar un futuro distinto; es necesario acumular valor para hacer que ese futuro se convierta en una realidad en la que la felicidad de cada ser humano sea una meta alcanzable. Pero del mismo modo es también indispensable recordar a aquellos que en otro tiempo imaginaron lo mismo que nosotros y tuvieron nuestras mismas esperanzas y ambiciones.

En estos días, Asturias ha sido testigo de esa doble mirada, de esa Cadena de Unión simbólica que viene del pasado y tiende hacia el porvenir: En Oviedo, el viernes día 19, se habló de laicismo ante una sala de conferencias abarrotada. Se habló de laicismo en una España a la que le cuesta todavía sacudirse el pesado yugo confesional; y el sábado, día 20, en el Cementerio de Gijón, participé en el recuerdo a aquella ciudadanía de bien martirizada en el Paredón del Sucu. Tres mil hombres y mujeres asesinados, y recordados por haber creído que una España diferente era posible.

Un serio cortejo entró solemne por la puerta principal del Cementerio; hacía tiempo que no se veía algo así en Gijón. Hacía tanto tiempo que a lo mejor nunca se vio algo así. Quizá han pasado ya muchos años en nuestro país para impedir que esta imagen deje de ser extraña, y se vuelva espectacular a los ojos de quienes leen los períodicos o ven los informativos de televisión. Quizá la imagen siga siendo extraña. Collares azules, amarillos, rostros petreos y a la par emocionados. A los ojos de quienes nos miraban no dejaba de asomar la sopresa. Y también cierta admiración.

Me siento orgulloso más que nunca de pertenecer al Gran Oriente de Francia. Me he sentido orgulloso como nunca de compartir tantas cosas con quienes me acompañan en la Logia Rosario Acuña; me he sentido orgulloso de los aprendices de mi Taller. Los mejores aprendices. Los mejores compañeros. Los mejores maestros. El mejor pueblo masónico, que hubiera dicho aquella ilustre librepensadora que nos da el nombre hoy y cuya sepultura visitaba mi bisabuelo. Me siento dichoso cuando escribo esto al tener la certeza de que podemos construir algo nuevo, diferente.

Creo que nunca he vivido una experiencia semejante. Fue un esfuerzo grande. Me costó decir en momentos aquello que llevo pensando tanto, tanto tiempo. Veía enfrente de mí a Hermanos y Hermanas con los ojos brillantes o ya llorando; a buenos amigos conmovidos. Sé, tengo la completa certidumbre, de que quienes estaban allí sabían muy bien qué estábamos haciendo.

No fue un acto para rememorar el odio secular que azota a los españoles y los lleva a las trincheras cada cierto número indeterminado de años. No se trata aquí de intentar ganar una guerra perdida. Ni de ahogar nuestro presente en una reivindicación republicana que no volverá nunca tal y como la conocimos en los libros de historia.

Lo que todos queríamos es que nuestra voz se escuchara de nuevo para decir aquello que constituye la columna vertebral de nuestro pensamiento y de nuestra acción: Decir, sencillamente, que no olvidamos el sacrificio que supone mantener viva una Democracia; el mismo sacrificio, el mismo dolor, ayer y hoy; en esta parte soleada del mundo o en otra más lejanas, perdidas entre el humo de las fábricas o enterradas bajo la nieve del invierno.

Da lo mismo de qué lugar estemos hablando. El problema siempre es el mismo: La ausencia de libertades públicas, anegadas en sangre o en silencio. Y la respuesta siempre es también idéntica: Una ciudadanía, un cantor, como diría la elegante voz de Mercedes Sosa, para quien es imposible callarse. De eso se trataba.

A todos los que nos acompañaron; a todos los que me estrecharon sus manos y me abrazaron. A cuantos nos han ayudado a que este momento fuera posible; a quienes han entendido nuestra palabra de pequeños cantores; a todos ellos mi cariño y mi gratitud.

2 comentarios:

jose dijo...

Orgullosos estamos algunos de que nos hayais permitido compartir con vosotros tan emotivos momentos.

Creo que ya te lo dije, pero todo un exito, y como tal mi enhorabuena por el fondo y la forma de los actos.

Gracias por vuestro esfuerzo y trabajo...

Ya sabeis donde estamos.

Sagasta

andabao dijo...

gracias por mantener viva la memmoria de los que intentaron dejarnos un mundo mejor.

Creo que es el momento de pensar o mejor de empezar a trabajar por dejar un mundo mejor a nuestros hijos.

Saludos de un optimista (quiero creer que lo soy)

Juan T.